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El nuevo libro de Alma Guillermoprieto y la historia sobre Colombia que no había publicado

Un capítulo de “Esta improbable tierra prometida. Historias de una vida dedicada al periodismo en Latinoamérica", la más reciente obra periodística de crónicas de la reconocida escritora mexicana. Sello editorial Debate.

Alma Guillermoprieto * / Especial para El Espectador

09 de julio de 2026 - 10:00 a. m.
Durante más de cuarenta años, Alma Guillermoprieto ha recorrido incansablemente Latinoamérica, entrevistando a asesinos y a las familias de sus víctimas. Eso le ha valido premios como el Maria Moors Cabot y el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.
Foto: EFE - Instituto Tecnológico Autónomo de México
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Introducción

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Una vida de reportera en América Latina

Vivía yo en Bogotá, Colombia, en noviembre de 1988, cuando se difundió la noticia de una terrible masacre en Segovia, un pequeño pueblo minero a kilómetros de cualquier parte, pero al que se podía llegar en avión desde Medellín. El reporte de la matanza tardó horas en viajar hasta la capital, pero luego estalló en todos los noticieros del país. Nos enteramos de que, en tan solo hora y media de carnicería, decenas de personas habían sido asesinadas ese largo fin de semana. Después de la matanza, los diarios publicaron durante días planas enteras de fotografías de los deudos frente a los ataúdes llorando bajo la lluvia torrencial. Sin embargo, a pesar del escándalo y la conmoción que hubo esa semana, no logré encontrar en la prensa de Bogotá un solo recuento que me ayudara a entender cómo había podido ocurrir semejante atrocidad.

Me sentí horrorizada y a la vez fascinada por la noticia: el pueblito oculto en algún rincón perdido entre las montañas y los valles de la rugosa geografía colombiana; el hecho de que la capital permaneciera impasible frente a crímenes brutales cometidos en distintos pueblos e indiferente a las historias de dolor de sus habitantes; la incapacidad de ministros y de presidentes tan refinados para tomar el control de su país; la naturaleza mítica de la historia de Colombia, empapada en sangre. Y luego estaba el horror de la masacre en sí, perpetrada, según se reportó, por un par de docenas de hombres, ninguno de los cuales pudo ser identificado por las fuerzas de seguridad.

Obviamente, me tocaba ir. Hice mi primer viaje a Segovia en marzo del año siguiente, e incluso entonces, meses después del hecho, desde el momento en que dejé el aeropuerto, una claustrofóbica atmósfera de terror me cayó encima como si fuera la manta de un secuestrador. Sentí que faltaba el oxígeno en ese aire abrasador, y aunque el pretexto de mi visita era escribir sobre una mina de oro británica que había en la zona, y a pesar de que me recibió el gerente para conocerla, durante cada minuto que duró ese viaje me invadió una aprehensión que me recorría la espalda y me ponía el pelo de punta.

En la mina hice algunas entrevistas para un reportaje que finalmente publiqué en The Guardian, y enseguida fui hasta el pueblo: un territorio sin ley, como del viejo Oeste. La gente me murmuraba que quien había organizado la masacre era un hombre llamado Fidel Castaño: ganadero, traficante de drogas de poca monta y dueño de la cantina local, con un negocito extra de contrabando de esmeraldas colombianas a Brasil y de diamantes brasileños a Colombia. La gente decía que diez años antes a su padre lo había secuestrado una de las múltiples organizaciones guerrilleras que plagaban Colombia. La familia Castaño pagó un rescate considerable que los guerrilleros aceptaron, aun cuando el padre había muerto en cautiverio de un ataque cardíaco, de modo que lo único que Fidel Castaño y su familia recibieron a cambio de su dinero fue un cadáver. De ahí la masacre.

La noche del 11 de noviembre, mientras el comandante del batallón local del ejército y sus tropas dormían tranquilamente —o al menos eso fue lo que declararon después—, unos asesinos enmascarados recorrieron la calle principal de Segovia de arriba abajo, tachando nombres de una lista, y cuando por fin terminaron su labor, habían dejado atrás cuarenta y seis cadáveres. Supongo que la mayoría de las víctimas eran personas de quienes Fidel Castaño y sus hermanos sospechaban que colaboraban con los guerrilleros que secuestraron a su padre. En el pueblo la gente murmuraba que entre los asesinos había voluntarios del batallón del ejército y resultó que tenían razón.

Una de las versiones que escuché acerca de por qué la masacre ocurrió tanto tiempo después del secuestro del patriarca de los Castaño sostenía que en realidad fue consecuencia de la elección de una joven alcaldesa cuyo partido político estaba aliado con la guerrilla, y que también había influido el reciente robo de un camión de reses de la familia Castaño por parte de esa misma guerrilla. Hablé con la alcaldesa que, comprensiblemente, se mostró taciturna, y después conversé más detalladamente con su guardaespaldas, locuaz y mucho más simpático. Me fui del pueblo a la mañana siguiente. Unas semanas más tarde, volví. La visita resultó aún más alarmante, y tuve que marcharme de allí a toda prisa.

Al poco tiempo, dos colegas de uno de los principales diarios de Bogotá, El Espectador, fueron a cubrir la misma historia. De camino al pueblo desde el aeropuerto los obligaron a salir del taxi y arrodillarse en la carretera, donde los ejecutaron. Nunca volví a Segovia, pero nueve meses después de los asesinatos averigüé que la justicia detuvo a un puñado de hombres, y los acusó de la masacre. Investigué el nombre de uno de los prisioneros y fui a visitarlo a una cárcel no particularmente segura en las afueras de Medellín, donde estaba recluido.

No mencionaré aquí su nombre. Quizá ya esté libre y trate de llevar una vida normal. Quizá no estuvo involucrado en los crímenes de los cuales se le acusó. Tal vez esté muerto, o haya salido de la cárcel y aún trabaje de vez en cuando como sicario. Le dije quién era yo y qué hacía, pero no estoy segura de cuánto entendió. Su vocabulario era limitado, y parecía un poco simple, pero tenía los nervios de punta. Estaba alterado, no como alguien que está a punto de disparar un arma en un repentino ataque de ira, sino como alguien que espera recibir una paliza en cualquier momento. Esa angustia le daba ganas de hablar, no acerca de los asesinatos, sobre los que negó cualquier participación, sino acerca de su vida. Tenía veintiséis años, cabello cobrizo, y según recuerdo, era musculoso pero menudo, y sudó y no dejó de hacer vibrar una rodilla a lo largo de nuestra conversación.

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Llamémosle Néstor. Trabajaba como minero independiente buscando oro, lo cual consistía, según me dijo, en subir cualquier colina cercana que él juzgara prometedora y, con un compañero, escarbar la tierra con un pico. Si encontraban una veta, se turnaban entre ambos para cuidar el sitio. En una jornada decente, la veta podía producir un puñado de pepitas de oro, intercambiables, quizá, por provisiones y comida suficiente para una semana. En su caso, el compañero de Néstor era uno de sus hermanos. Un día hallaron oro, y seis hombres subieron por la colina y asesinaron a su hermano, mientras Néstor se ocultaba detrás de una roca, rezando para que no lo mataran.

“Esta improbable tierra prometida” es el tercer volumen de crónicas con el que Alma Guillermoprieto completa su retrato de la Latinoamérica de nuestro tiempo.
Foto: Cortesía sello Debate

Había otro hermano menor al que Néstor siempre se refería como «mi hermanito». Ese hermanito era drogadicto y vendía pequeñas cantidades de basuco, un subproducto de la cocaína, para pagar su adicción. En ese momento yo trataba de hallarle sentido al recuento circular de Néstor, y ahora intento hacer lo mismo con mis notas de esa entrevista ocurrida hace tanto tiempo —el hermanito quedó ciego cuando sus rivales le sacaron los ojos con un machete—. Néstor creía que su hermanito pudo haber comenzado a vender drogas sin darse cuenta de que estaba invadiendo una zona controlada por un grupo guerrillero distinto al que mató al papá de Fidel Castaño. En todo caso, esos dos grupos se financiaban, sobre todo, patrullando cultivos de coca, que se vendía a traficantes para su exportación. El basuco, el residuo que queda después del proceso de manufactura, se vendía de manera local a una nueva generación de adictos. Ya sea que el motivo fuera o no vender basuco más allá de su terruño, un día los guerrilleros bajaron a rastras al hermanito de Néstor de un autobús suburbano y lo acribillaron frente al resto de los pasajeros. O quizá se tratara de dos hermanitos distintos, uno cegado y el otro acribillado, además del que fue asesinado en la mina…, quién sabe. Cuando mi hora asignada terminó y cerré el cuaderno de notas, estaba tan saturada de la balbuceante desesperación de Néstor que ya no lograba pensar.

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Pero ahora puedo ver cómo Néstor, en caso de que alguien se le hubiera acercado, le hubiera entregado una ametralladora y le hubiera dicho: «Vamos a matar terroristas. Aquí tienes un dinerito», hubiera podido responder: «Claro, ¿cuándo empezamos?». Y puedo conjeturar también algo acerca del hombre que probablemente lo contrató, Fidel Castaño, el traficante de poca monta, quien fundó un grupo paramilitar en ese tiempo, que —coludido con gran parte del ejército y la policía, y financiado por los ganaderos y los traficantes de cocaína— aterrorizó el campo y fue responsable de buena parte de los cientos de miles de asesinatos que se llevaron a cabo en Colombia entre 1988 y 2001. Lo que entendí fue esto: históricamente, Colombia ha sido un país aislado, pobre y tremendamente elitista. A diferencia de muchos otros países latinoamericanos, Colombia nunca tuvo una revolución o reforma social significativa, y hasta hace poco su economía era demasiado pequeña como para lanzarse a un auténtico capitalismo moderno, con sus consiguientes beneficios de oportunidad y movilidad social.

Así que el crimen se convirtió en un medio principal, quizá el medio principal, de ascenso en la sociedad. Fidel Castaño era tahúr, propietario de cantinas y contrabandista, lo que le proporcionó un capital inicial. Después se convirtió en asesino y eso le dio poder, así que tomó esa pequeña asignación —su herencia y el capital inicial, por así decirlo— y se jugó la suerte en busca de más poder. Primero, coludido con ganaderos locales, fundó un grupo paramilitar para el departamento de Antioquia y estableció una relación de trabajo pionera con la guarnición local del ejército. Luego replicó ese modelo por todo el noreste de Colombia, hasta que, bajo el mando de su hermano Carlos, el movimiento paramilitar se convirtió en un ejército tan poderoso como las fuerzas guerrilleras a las que combatía.

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La masacre de Segovia fue la primera y la más grande de las docenas de masacres paramilitares que se dieron a lo largo del siguiente cuarto de siglo en Colombia. Y aunque entendí su importancia, mi reportaje sobre el tema —un primer esfuerzo para The New Yorker— nunca se publicó. Ahora pienso que no logré comunicar lo que me motivó para escribir esa historia: el hecho de que la política exterior prohibicionista de Estados Unidos con respecto a las drogas creó un voraz mercado ilegal y llevó a la muerte violenta a un millón o más de latinoamericanos —sobre todo hombres, la mayoría de ellos jóvenes— en el último medio siglo. Todo comenzó a principios de los años setenta: las encuestas del presidente Nixon colapsaban; el enojo popular al ver las condiciones en las que volvían los combatientes de la aventura estadounidense en el sudeste asiático; el propio disgusto de Nixon con la cultura fiestera de las drogas de los jóvenes estadounidenses desató una furia caótica que terminaría por hacerlo caer; y el resultado de esa mezcla ha sido una guerra puritana, represiva y descaradamente racista, nominalmente en contra de las drogas. Quienes la diseñaron pensaron que sería una guerra vía interposita persona: extranjeros en tierras extranjeras exterminarían a otros extranjeros para proteger a la ciudadanía estadounidense, no de los comunistas esta vez, sino de los vampirescos traficantes de drogas. Sabemos cuál fue el resultado de la guerra en las comunidades minoritarias dentro de Estados Unidos: la devastación que causó en las comunidades negras; la transformación de las pandillas de jóvenes en los vecindarios latinos; las crecientes cifras de adicción en comunidades blancas pobres y ricas, pero ese no es mi tema aquí.

Ya hace años que América Latina tiene el índice de homicidios más alto del mundo. Las cifras fluctúan según tiempo y lugar, pero en distintos momentos en Honduras, El Salvador, Venezuela, partes de México, ciertas ciudades de Brasil, algunas regiones de Colombia y, a últimas fechas, incluso en Ecuador —ese otrora tranquilo país— se han llegado a dar hasta ochenta y tres homicidios por cada cien mil habitantes. Según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática de México (INEGI), en los dieciocho años desde que el presidente Felipe Calderón involucró fatídicamente al ejército en la guerra contra las drogas de su país, han muerto más de medio millón de sus conciudadanos de manera no solo violenta, sino frecuentemente atroz. Y esta cifra no refleja el daño total; los desaparecidos, los mutilados, los traumatizados, los huérfanos, el creciente número de familias en las que mujeres pobres, y a menudo sin capacitación laboral alguna, luchan solas para criar hijos esforzados y obedientes, y hasta lo arriesgan todo para enviarlos a un lugar seguro: Estados Unidos.

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Una yo más joven habría imaginado que Segovia era una historia sobre asesinos malvados que se enfrentan a civiles inocentes, y vaya que si había muchos hombres malvados involucrados: el ejército y los comandantes de la policía, Fidel Castaño, los líderes de la guerrilla, los capos de la droga. Pero la parte más interesante y difícil de la historia es la forma en que el destino de las víctimas y sus asesinos parecía entrelazarse —el padre asesinado por guerrilleros, el hijo del padre asesinando a otros padres de otros hijos— hasta que los protagonistas de esta historia infinita se volvían como aquellas figuras talladas dentro de las esferas chinas de marfil que ruedan en una lucha sin fin, sin escape y sin ganadores. Aun así, las raíces de Segovia se encuentran en lo que con el tiempo podrá entenderse como el ejercicio más temerario que ha hecho Estados Unidos de su inmenso poder en América Latina. Sigo profundamente agradecida con Néstor, quien me ayudó a entender esto, pero en su momento nunca logré desentrañar la historia y lo que significaba para mí, de forma que pudiera hacerla entendible para otros también.

La gente me pregunta con frecuencia por qué me gusta escribir historias que suelen ser terriblemente violentas y crueles. La respuesta es que, desde luego, no me gusta. Esto no es a lo que esperaba dedicar una buena parte de mi vida. Cuando me inicié en el periodismo en 1978, como reportera en Nicaragua informando acerca de un levantamiento popular dirigido por el Frente Sandinista de Liberación Nacional contra Anastasio Somoza, era evidente que el país estaba a punto de deshacerse de un terrible dictador. Mis colegas y yo presenciamos el triunfo de los sandinistas y jamás imaginamos que cuarenta años después escribiríamos acerca de cómo Daniel Ortega, el sandinista que fue presidente de 1985 a 1990, y de nuevo a partir de 2007, ha superado a Somoza en pura maldad arbitraria. O en cómo la vicepresidenta y esposa de Ortega, Rosario Murillo, ha adquirido, además de gran poder, todas las excentricidades propias de las esposas de los dictadores: el maquillaje estrafalario, las sesiones espiritistas, las lecturas públicas de poemas de su propia autoría, la ofrenda de su propia hija para el lecho de su marido. No podríamos haber previsto que el tratado de paz que terminó con la prolongada guerra interna de El Salvador en 1992 no detendría la violencia. Más bien llevaría al surgimiento, dos generaciones después, de bandas criminales, en gran medida conformadas por los diez mil jóvenes nacidos en El Salvador cuyos padres huyeron de la violencia hacia Estados Unidos y fueron deportados por la Administración Obama, quien los envió de regreso a un país que apenas recordaban. Pero no podía dejar de escribir solo porque las historias que surgían no eran las que me habría gustado narrar. Recogí el hilo de lo que ocurrió en Segovia, empecé a entender algo al respecto y, aunque en definitiva no era mi intención pasar los siguientes veinticinco años observando a grupos de adolescentes asesinarse entre sí, y viendo cómo el narcotráfico causaba no solo ese desastre sino también la erosión de estructuras cívicas a lo largo de todo el hemisferio, difícilmente podía evadir esta tarea: acabé siendo reportera, e intentaba entender mi camino en medio de una lóbrega neblina.

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OVIEDO (ESPAÑA), 06/05/2026.- La periodista mexicana y miembro del jurado del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026, Alma Guillermoprieto tras dar a conocer el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026 que ha recaído en el estudio de cine de animación japonés Ghibli.
Foto: EFE - Eloy Alonso

Una tierra sembrada con los dientes de dragón de las drogas no es terreno fértil para la democracia. En los años ochenta y noventa, una buena parte de los que entonces observábamos el acontecer de la región hallamos motivos para la esperanza a medida que colapsaban las dictaduras y las elecciones se convertían en una parte rutinaria de la vida política. Pero pronto se nos recordó que las elecciones no son sino apenas un producto final de una vida democrática. La democracia no solo necesita un campo de juego nivelado y elecciones libres de sobornos y miedo, sino, sobre todo, igualdad entre sus ciudadanos. Así que no es de sorprender que en la región menos igualitaria del mundo los pueblos, sistemáticamente engañados por sus gobiernos —sujetos a fuerzas de seguridad que solo mantienen a salvo a los criminales, privados del derecho a una educación decente, respeto, transporte adecuado, y una vida tranquila—, sientan cinismo y amargura cuando se les llama a ejercer el voto. En una reciente encuesta de Latinobarómetro, la organización que estudia las actitudes ciudadanas sobre el mundo en el que viven y la democracia, resultó que menos del 50 por ciento de los latinoamericanos piensa que la democracia sea la mejor forma de gobierno. En México, «algo más de un tercio [del electorado] apoya la democracia, mientras que otro tercio apoya la opción autoritaria». Más aún, «si las cosas se ponen muy difíciles», el 42 por ciento apoyaría un gobierno militar en vez de uno democrático. En algunos países los ciudadanos ya han votado así: en Brasil por Jair Messias Bolsonaro; por Hugo Chávez en Venezuela y, de manera infinita, por Nicolás Maduro, su bufonesco sucesor; y, desde luego, Nayib Bukele en El Salvador, que tiene muchos, muchos adeptos en el continente, quienes desearían poder votar por alguien como él.

Las historias de esta colección fueron escritas desde América Latina y publicadas en este primer cuarto del siglo XXI en tres revistas, con lectores sobre todo en Estados Unidos. Casi todas han sido luego traducidas al español. Esta es mi tercera recopilación de historias desde 1995, pero, como es natural, sus preocupaciones son distintas, conforme los malestares de la época han evolucionado más aprisa de lo que habría sido posible imaginar hace treinta años. La primera colección, The Heart that Bleeds (publicada en español bajo el título Al pie de un volcán te escribo), editada por mi añorado amigo y mentor, el legendario Robert Gottlieb, reunió historias que aparecieron en The New Yorker en su forma pulida y bajo la amorosa guía del irreemplazable John Bennet. La violencia fue el tema de algunas de ellas —sobre todo, las relativas a Colombia y una sobre Perú, que entonces se encontraba cautivo bajo el terror generado por el movimiento armado de Sendero Luminoso—. Sin embargo, había en general un espíritu celebratorio que recorría el libro: en Centroamérica y Sudamérica se había levantado recientemente la mano férrea de la dictadura; el precio de nuestras materias primas era alto, y se cumplía con los rituales de la democracia electoral con orgullo y esperanza. En México, fue el tiempo del primer Tratado de Libre Comercio, firmado entre México y Estados Unidos, y la gran pregunta que atormentaba el alma de mis compatriotas era si resultaba posible ser mexicano y moderno a la vez.

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La segunda colección, Looking for History («Buscando la historia»), recopila historias escritas tanto para The New Yorker como para The New York Review of Books. La generosa bienvenida que me extendió Robert Silvers, el imponente editor y fundador del Review, me dio libertad para escribir de una manera más meditativa acerca de los problemas de la democracia en América Latina, donde la fiesta de las elecciones libres del siglo XX se había acabado y, al parecer, quedaban solo unos cuantos países que bebían los sobrantes del champán antes de que llegara la resaca. La violencia de las drogas se institucionalizaba, los ruinosos sistemas educativos colapsaban, y el principal producto de la democracia parecía ser la corrupción. También había, desde luego, progreso: las economías de América Latina han avanzado y se han modernizado, el sistema de salud es casi adecuado en muchos centros urbanos, y una clase media emergente ha logrado echar raíces. Pero la industria ha florecido a expensas de sus trabajadores, que no siempre reciben un salario capaz de permitir la movilidad social. Estadísticamente, si se nace en la pobreza, lo más probable es quedarse así, tanto uno mismo como los hijos, de modo que el enorme glaciar de la injusticia ha seguido moviendo a nuestras sociedades hacia la corrupción y la violencia.

Looking for History estaba lleno de preguntas cuyas respuestas muchos de nosotros no lográbamos encontrar. La principal era: ¿cómo cambiar? Tras el fracaso de los movimientos revolucionarios armados; después de la ley de hierro de las dictaduras decididas a lograr el progreso mediante el orden (Ordem e Progresso, reza la bandera brasileña aún); a raíz del fracaso a trompicones de la democracia electoral formal; luego de haber intentado todo lo que estaba en nuestra mano, y estancados todavía en los mismos lodos del ayer, ¿cómo cambiar por fin?

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Algunas de las historias de esta nueva recopilación surgieron a partir de la fe perdida de algunos de los que nacimos a mediados del siglo XX. Recordamos los sueños de cambio que fallamos tan rotundamente en alcanzar y nos preguntamos: ¿qué estábamos pensando? El texto sobre Daniel Ortega y Rosario Murillo no ofrece respuestas, pero busca describir, al menos, la fisionomía de esa tierra ahora devastada.

Por otro lado, los relatos sobre Venezuela y Bolivia tratan de eventos en lugares que alguna vez llenaron de esperanza a muchos y que ahora son, en distintos grados, desastres. Cuando se firmó un acuerdo de paz en El Salvador en 1992, después de largos años de guerra entre un Estado asesino y un movimiento guerrillero utópico y severo, no fue fácil sentir gran entusiasmo —el país estaba física, financiera y emocionalmente devastado—, pero al igual que muchos observadores, creí entonces que por lo menos, y por fin, habría un final para décadas de una violencia espeluznante. Después de una ausencia de casi treinta años, escribí un texto surgido del estupor ante lo que encontré cuando volví a El Salvador en 2010. Esperanzas más modestas rodearon el ascenso de Evo Morales, quien no llegó al poder en Bolivia mediante un utópico levantamiento armado, sino que se sentó en la silla presidencial después de una elección justa en 2005. Su caída fue notable porque, aunque tuvo logros significativos, padeció el sempiterno vicio presidencial: no quería despegarse de esa silla.

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En gran medida, este libro es, entonces, la historia de la desilusión y de un futuro resquebrajado; un intento por fijar la imagen de este momento en la historia de un continente para que, quizá, los lectores encuentren similitudes con su propia experiencia de nuestro tiempo y busquen caminos que los alejen de nuestro dilema actual. Pero si la vida siempre fuera tan sombría, no valdría la pena vivir, y en todas partes la gente encuentra motivos para celebrar, amar y contemplar la belleza. Estoy infinitamente agradecida a mi profesión por la oportunidad de dedicarle tiempo a historias que no tratan sobre la muerte, sino sobre la descomunal, desbordante, profusa y desafiante vida de América Latina. Pongo como ejemplo el desbordado amor de los mexicanos por la comida sabrosa, empezando por los tamales.

Hubiera querido incluir muchas más historias como esa en esta recopilación. Quisiera que este libro no llevara este título. Quisiera que el humor que pueda haber aquí no fuera tan mordaz. Pero he sentido la obligación de observar y describir, para que quede registro, el triunfo de la violencia como forma política de expresión y el declive de la democracia como aspiración en este siglo XXI. Espero que, en un futuro no muy lejano, una escritora mucho más joven sea capaz de narrar e informar cómo la paz se consolidó a lo largo y ancho de estas tierras.

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* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Alma Guillermoprieto nació en México, pero en su adolescencia se mudó a Nueva York, donde estudió danza moderna. En 1970 fue contratada para impartir clases de danza en la Escuela Nacional de Arte en Cuba. Sus recuerdos de esa época componen La Habana en un espejo (Literatura Mondadori, 2005). Inició su carrera periodística en 1978 como reportera en América Central para el diario The Guardian, y después para The Washington Post, del que fue redactora de planta en los años ochenta. También fue jefa de la corresponsalía para América del Sur del semanario Newsweek. Desde 1989 escribe sobre América Latina para The New Yorker y The New York Review of Books. Ha recibido, entre otras, las siguientes distinciones: Premio a los Medios de la Latin American Studies Association (1992), MacArthur Foundation Fellowship (1995), miembro de la American Academy of Arts and Sciences (2001), Doctorado Honoris Causa por la Baruch University (2008), Cátedra Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara (2008) y el Overseas Press Club Award (2009). Es miembro del consejo ejecutivo de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es autora, entre otros libros, de Samba (1990), Al pie de un volcán te escribo (1995), Los años en que no fuimos felices (1998) y Las guerras en Colombia (2000).

Por Alma Guillermoprieto * / Especial para El Espectador

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