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“El objetivo del escritor es traicionar a su propio yo”: Andrés Felipe Solano

Luego de pasar casi diez años trabajando como editor de crónicas, Andrés Felipe Solano buscó un cambio: el trabajo en salas de redacción y Bogotá lo asfixiaban.

Juana Restrepo / Camila Pinzón

06 de enero de 2016 - 09:40 p. m.
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Luego de pasar casi diez años trabajando como editor de crónicas, Andrés Felipe Solano buscó un cambio: el trabajo en salas de redacción y Bogotá lo asfixiaban. La oportunidad fue escribir una crónica sobre cómo vivir durante seis meses con el salario mínimo en Colombia (en esa época, 484.500 pesos colombianos). Empacó una pequeña maleta y se fue a vivir a Medellín, ciudad donde trabajaría como operario de una empresa de confección infantil textil: Tutto Colore. “Repito el nombre en voz alta y con un falso acento italiano: Tu-tto Co-lo-re. Una ironía si pienso en la monocromática vida que me espera como operario de fábrica”, anunciaba Andrés Felipe en los inicios de esta crónica.

Esos seis meses en Medellín en los que los “días eran monótonos, pero tan diferentes de su realidad”, pasaron pronto, pero él nunca volvió a ser el mismo. Esa noción se intuía ya en el final de aquel relato: “pienso que tal vez buscaba esto cuando vine a Medellín. No escribir una crónica. No regresar a casa con una buena historia. No una mujer, ni una iluminación, sino apenas esto: dar vueltas y vueltas y cantar con los ojos cerrados para no olvidar que la vida es una montaña rusa que sube y que baja, como las olas del mar, como la marea. Que todo el tiempo algo viene, que todo el tiempo algo se va”.

Al regresar a Bogotá se preguntaba quién era él: el mismo periodista de siempre, el operario de una fábrica textil o simplemente otro. Se resignó; encontró un buen trabajo en otro medio de comunicación, y terminó la crónica Salario mínimo. Vivir con nada (finalista del premio que otorga la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano). Sin embargo, ya no cabía en ese mismo rol y la crisis comenzaba a anunciarse. Pronto llegó una nueva oportunidad: una residencia literaria de seis meses en Corea del Sur, lugar en el que conocería a Soojeong Yi, su futura esposa.

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Cuando regresó a Colombia, le pidió a Cecilia (nombre de Soojeong Yi en español) que se fuera a vivir con él. Al llegar, Andrés Felipe enfermó de hepatitis y Cecilia también. Después de un tiempo encerrados bajo las vicisitudes de la enfermedad, decidieron casarse tanto en Colombia como en Corea. De ahí, saltaron a Salamanca, España, y luego a Corea del Sur, donde tienen su casa permanente. En medio de todos estos cambios publicó su primera novela, Sálvame, Joe Louis (2007), y unos años después Los hermanos Cuervo (2012).

El primer año en Corea del Sur fue una gran prueba para Andrés Felipe y uno de los resultados es su libro Corea: apuntes desde la cuerda floja. El libro recopila una serie de agudas reflexiones sobre la vida en ese país, la vida en pareja y el enigma que representa Corea del Norte. A la vez, Solano removió sus recuerdos de la Medellín del pasado en una reedición de su crónica Salario mínimo. Vivir con nada, publicado esta vez por la colección Mirada Crónica de Tusquets Editores, bajo la dirección de la cronista Leila Guerriero.

Para esta entrevista nos encontramos en un café en el centro de Madrid, ciudad a la que viene por unos meses para acompañar a su esposa Cecilia, quien vino a trabajar en el Centro Cultural Coreano. “Esta vez me trajeron, pero a cuidar la casa (risas)”, dice. Lo anterior no pasa de un chiste, Andrés Felipe no para: continúa trabajando con el Instituto de Literatura y Traducción Coreana y está escribiendo su tercera novela.

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En pocos años pasó de vivir de Bogotá a España y de ahí a Corea del Sur. ¿Cómo afecta su escritura esa condición de estar entre distintos lugares? ¿Necesitó una distancia geográfica y temporal con Colombia para dedicarse a la literatura? (en Corea escribe el primer cuento).

No me moví pensando en que necesitaba irme de Colombia para poder escribir, pero sí reconozco que el deseo de salir de mi entorno era muy fuerte. Lo he tenido desde muy joven. Es como si necesitara descentrarme cada cierto tiempo. Por ejemplo, en la universidad estaba seco, así que aplacé un semestre, cuando tenía 20 años, y me fui a Nueva Jersey a estudiar inglés y a trabajar de mesero. Ahora, ¿cómo ha afectado mi escritura? No lo sé muy bien.

Los escritores en general no son los mejores a la hora de evaluar su propio trabajo. Lo único cierto es que el viaje en general ayuda a remover prejuicios y a desencadenar nuevas formas de habitar el mundo, supongo que eso se verá reflejado en lo que escribo. Geográficamente, pues por lo menos tengo dos cuentos que suceden fuera de Colombia, pero con personajes colombianos en su mayoría. Ahora que lo pienso, nunca he escrito una novela o libro completo en Bogotá. Siempre he necesitado aislarme una temporada para escribir, en una casa en el campo o en un pueblo pequeño. Incluso en España y Corea he buscado ese aislamiento extremo.

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Hablemos de periodismo y literatura. ¿Qué pasa ahí?, ¿se puede ser escritor de narrativa y periodista a la vez?

Esta cuestión jamás me ha generado ningún dilema grande porque puedo hacer las dos cosas a la vez. Es sencillo para mí: soy escritor y a veces escribo ficción y otras no ficción. Hace poco en una entrevista, la periodista con la que hablé no podía entender que yo no me decidiera por alguno de los dos caminos. Creo que los dos son posibles, por lo menos, en mi caso.

Han pasado algunos años desde que publicó su primera novela. ¿Se siente un escritor distinto al de “Sálvame, Joe Louis” y “Los hermanos Cuervo”?

Me siento distinto en la medida en que la primera novela era mucho más autobiográfica y revelaba lo que yo había vivido en las salas de redacción. La segunda tiene un poco de este reflejo de mi vida en la primera parte de Los hermanos Cuervo, mientras que la tercera novela, que estoy escribiendo actualmente, es la historia de un personaje ajeno a mí, con vida propia, en donde yo ya no estoy tan presente. Con los años creo que eso se va decantando.

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Hace poco la escritora Leila Guerriero participó en la reedición de su crónica Salario Mínimo. Vivir con nada y también en el libro Corea: apuntes desde la cuerda floja. ¿Cómo ha sido trabajar con ella?Háblenos un poco sobre su libro “Corea: apuntes desde la cuerda floja”. Al leerlo se siente como si la posibilidad de ser un observador externo de su propia vida le ayudara a emprender cada día una búsqueda. ¿De alguna manera lo salvó del aburrimiento?

Sí, fue una especie de salvavidas porque ocupó mi cabeza en ese momento crítico en que llegué a Seúl con dos maletas y sin trabajo. Pero más que salvarme del aburrimiento, creo que fue un laboratorio intenso para entender y ahondar en muchas cosas de mi vida: mi relación con la escritura, con la nueva ciudad donde estaba, con Colombia, con mi esposa.

¿Tiene una rutina de escritura? En el caso de la creación de estos apuntes, ¿cómo fue el proceso?

En el caso de estos apuntes no hubo una rutina muy definida cuando los escribí; los podía ir haciendo en el momento o cuando tenía algún pensamiento o emoción inmediata. Sin embargo, la edición sí la realizaba de 9 a.m. a 12:30 p.m. y volvía otras tres horas en las tardes. Recorté todos los apuntes para tenerlos a la vista y decidí darles una estructura: invierno, primavera, verano y otoño. Fui organizándolos para darles cierto orden narrativo.

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En el caso de la novela en la que trabajo actualmente, escribo también en la mañana, paro para prepararme un almuerzo ligero y comienzo de nuevo a escribir en la tarde.

Su libro nos recuerda un poco a la figura del judío errante; se debate entre ese lugar al que extraña y al que, tal vez, no quiere volver, como si no encontrara su lugar en el mundo o no lo quisiera encontrar… ¿Cómo logra esa agudeza a la hora de narrar la cotidianidad?

Esas razones las podría dar quien me lea. Lo que creo es que el periodismo me ayudó a desarrollar una mayor destreza para observar, porque por lo general los personajes a quien uno entrevista hablan poco. Lo que más me interesa de ellos es su manera de moverse, los gestos o los objetos en sus casas. De ahí logro extraer lo que quiero contar. Por eso creo que observar es una destreza que se ejercita en el periodismo. También puede que sea algo mío, intrínseco, con lo que nací.

Dentro del libro de apuntes usted relata la anécdota del tendero paquistaní al que va a reclamarle por devolverle mal el cambio y él le entrega el dinero con una sonrisa. Eso de alguna manera lo desconcierta; usted buscaba acción, discusión. ¿Es muy frecuente en usted esa necesidad de desaburrirse?¿Cree que la literatura es un tipo de autodestrucción, como afirma en su referencia a “Los anillos de Saturno” de W.G. Sebald?

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Creo que sí, hay momentos en que la escritura es como un gran buda gordo y grande que te pide más y más. Nunca es suficiente. Yo creo que eso te puede destruir. Sin embargo, en este momento todo está tranquilo, creo que estoy contento con lo que hago. Bueno, es que acabo de terminar la reedición de Salario mínimo. Vivir con nada, escribí una crónica sobre la frontera de las dos Coreas y estoy con mi tercera novela, así que escribiendo ese buda no me asusta. Sin embargo, uno nunca sabe cuándo vuelva y lo arrastre.

Creo que escribir también es, aunque no quisiera usar una palabra tan católica, una especie de apostolado, un llamado. Un llamado de ultratumba.

En el libro usted narra el momento en que ante un grupo de personas afirma que su escritura es de tinte autobiográfico, pero podríamos decir que también tiende hacia la autoficción. ¿Cómo define su escritura?

No me gustan las etiquetas. No sé qué libros quiero escribir por ahora. Lo que sí he visto es que en algunos de mis libros hay rasgos de novela negra y también algunos elementos autobiográficos. Hace poco publicaron un cuento mío en la revista Granta en Japón y un crítico norteamericano hizo una reseña. Me dio mucha risa porque este crítico decía que lo que yo escribía era “noir existencialista” y a mí y a mi esposa nos causó mucha gracia. No lo sé, pero, claro, ese nombre me dejó pensando. Algo de novela negra sí tengo, hay mucho del escritor Rubem Fonseca en mi escritura.

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En estos apuntes narra la historia de un escritor que fue muy pobre en su infancia y a quien la pobreza persigue aún ahora que ha conseguido éxito y dinero, lo llama su perro flaco. ¿Cuál considera que es su perro flaco?

Curiosamente ese escritor ha tenido muchísimo éxito con su libro. Y sí, la pobreza era el tema que lo perseguía. En mi caso es muy difícil decirles cuál es mi perro flaco, aunque en el fondo lo sé. Es la pregunta de mi vida, de la de todos. Un tema que por supuesto se llega a cruzar en mi literatura.

Cecilia es un personaje que también nos emociona durante el libro, nos quedamos con las ganas de saber cuál fue su reacción al tener este libro entre sus manos.

Cecilia lee todas mis novelas; le gusta ese género y siempre está muy pendiente de lo que le cuento sobre mis avances en cada una de ellas. De este libro de apuntes leyó unos pocos, pero no todo el libro, porque no le interesaba. Ella vive conmigo y seguramente ya sabe todo lo que está escrito ahí, no creo que quiera leer más de lo mismo (risas).

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Pensando en su relación con Cecilia, en la que hay una distancia cultural y de idioma, ¿cree que, a pesar de los años juntos, esta distancia siempre existirá? Hagamos la analogía con las traducciones: a pesar de que se traduzca una obra tantas veces, ¿habrá siempre algo que se pierde?

Seguramente sí, siempre habrá algo que se pierda, como en las traducciones, pero también algo que se gana. En nuestro caso, las peleas pueden ser muchas, menos por esa razón. Y eso está muy bien. Hemos ganado algo precioso que es el silencio.

Una pregunta ineludible, ahora que está temporalmente en España, ¿cuál es su perspectiva sobre las dos Coreas?

Justo publiqué hace poco una crónica sobre mi visita a tres puntos de la frontera entre las dos Coreas, que da cuenta de la tensión entre ambas, pero así como les pasa a los propios surcoreanos, yo también solo puedo leer las especulaciones sobre lo que sucede en Corea del Norte. No hay certeza de nada. En esa medida es un país sobre el que se vuelca la imaginación enrevesada de mucha gente. Es de verdad una incógnita, un hoyo negro.

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En el libro habla del escritor como traductor, una persona que planea vivir ciertas situaciones para luego plasmarlas. ¿Podría ampliarnos más esta idea?

En realidad apunta a algo que he pensado: el escritor como traductor de las experiencias de sí mismo. El escritor como doble que interpreta lo que otro, él mismo, ha vivido. En ese proceso, como pasa cuando se traduce un texto de una lengua a otra, muchas cosas se pierden, otras se alteran, otras tantas no tienen sentido y hay que buscarles uno nuevo. Pero, finalmente, creo que todo esto apunta a esa famosa frase: “el traductor como traidor”. Así, el objetivo final del escritor es traicionar a su propio yo.

El escritor egipcio Albert Cossery es un autor que lo marcó. ¿Podría nombrarnos a otros?

Cossery me marcó, sobre todo, por lo que pasó cuando visité el pequeño hotel en París donde vivió muchos años y ese autoexilio tan radical que se impuso, pero aparte de él, en los últimos tiempos han ido entrando a mi vida con mucha fuerza los libros de Denis Johnson, un escritor norteamericano que debe estar en sus sesenta y pico de años. Quizás también Robert Stone a través de un libro que se titula Dog soldiers. Y bueno, la vieja presencia de Onetti y Rubem Fonseca sigue intacta.

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¿Sobre qué trata su tercera novela? En “Corea: apuntes desde la cuerda floja” habla mucho del personaje que tiene en mente…

Sí, es sobre un surcoreano que llega a Colombia como profesor de taekwondo y también sobre un colombiano veterano de la guerra de Corea que se va a Corea del Sur a buscar a una persona. Por ahora no puedo adelantarles mucho más…

Por último, ¿aún piensa en Medellín?, ¿en su familia de allí?

Sí, claro. Va a sonar cursi, pero hace tres meses fue la última vez que estuve allí y siempre que voy, algo se me remueve. Son muchas cosas, pensé que con los años esa sensación cambiaría, pero no. A mi familia, con la que conviví durante esos seis meses, la visito cada vez que puedo, aunque voy por pocos días. Es muy difícil de explicar, pero allá revivo todo, a veces pienso en volver a ver a algunos de los compañeros de la fábrica donde trabajé, pero no lo hago porque sería muy extraño.

La verdad, no volví a ser el mismo después de esa crónica: cuando volví a Bogotá no sentí que engranara ya en la ciudad. Me salió un trabajo bueno en una revista, pero no cabía en ese papel de periodista de escritorio. Me estaba comenzando a deprimir cuando me salió una residencia literaria en Corea del Sur y fue la oportunidad perfecta para irme.

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Por Juana Restrepo / Camila Pinzón

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