El ocaso de las librerías en Bucaramanga

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La crisis derivada de la pandemia del coronavirus ha acelerado el cierre paulatino de las librerías en la capital santandereana, un proceso que venía de años atrás producto de las dificultades que atraviesa el sector editorial y de los cambios en los hábitos de consumo de libros.

Dos sillas plásticas rotas a la entrada, estanterías arrumadas donde antes estaba la caja, un pendón enorme con un aviso de Se arrienda, y mucho, mucho polvo. La antigua sede de Abrapalabra, vacía y cerrada con candado desde hace más de dos meses, es el último recordatorio de cómo la pandemia y sus coletazos han apresurado la desaparición de las librerías en Bucaramanga. Aunque la crisis se cuenta desde hace por lo menos cinco años, la emergencia sanitaria puso en primer plano el lento deterioro del circuito librero en la ciudad.

A finales de marzo del año pasado, Abrapalabra, una de las más conocidas de Bucaramanga, fue vendida a la librería Lerner, de Bogotá, pero el avance del coronavirus frenó el proyecto y todo, desde los muebles nuevos hasta los planes de reinaugurarla como un centro cultural, se quedaron en Bogotá. Tras meses de parálisis, tímidas reaperturas y una discreta inauguración en diciembre que buscaba tomarle el pulso a la demanda, Lerner decidió cerrar sus puertas y marcharse. “No tiene nada que ver con la actitud de los bumangueses frente a lectura, el ambiente cultural, la posibilidad de tener público en una librería. Nada de eso se puede decir en este caso. Fue una calamidad mundial y nosotros quedamos atrapados en ese proceso”, dice Juan José Gaviria, gerente general de Lerner. Se acababa, así, la penúltima de las librerías que le quedaban a la ciudad. Y empezaba a notarse el vacío.

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“Las librerías no son un negocio”, enfatiza Sergio Cely en el segundo piso de la sede de Cabecera de Profitécnicas, entre libros de ingeniería y de historia del arte. La suya es la única que queda en pie —exceptuando el circuito del libro usado del centro y la oferta de superficies como Panamericana o los supermercados— luego de una limitada tradición de librerías independientes (apenas se contaban cinco a finales de 2015) que fueron, una a una, vaciando sus anaqueles y guardando sus saldos. “El éxito de la librería es que el dueño gane dinero porque es un negocio. Hay que desvincular la parte cultural y romántica de la librería, porque al fin y al cabo es un número, un negocio que debe dar utilidades, y eso es lo difícil”, agrega. Durante el confinamiento, por ejemplo, Cely no reportó ni una sola venta en la otra sede de Profitécnicas, ubicada en el centro, pero decidió seguir sin despedir a ninguno de sus nueve empleados y volcarse de lleno a las ventas en línea para sostenerse: antes de la pandemia vendía un promedio de tres libros diarios por la página web y durante el confinamiento esta cifra se triplicó.

El panorama del negocio, tanto en Bucaramanga como en el resto del país, no tenía demasiados puntos a favor: el sector editorial es uno de los más golpeados por las nuevas dinámicas de consumo en línea y, entre 2018 y 2019 (último año registrado), según la Cámara Colombiana del Libro, los títulos editados disminuyeron un 7.3 %, se imprimió un 13 % menos de libros en el mismo periodo y se dejaron de vender casi tres millones de ejemplares. El índice de lectura de la ciudad, además, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Lectura de 2017, es de 4.7 libros leídos por año, por debajo del promedio nacional (5.1) y de otras ciudades intermedias como Neiva, San José del Guaviare y Sincelejo, que superan los 5. Y muy lejos de Bogotá o Medellín, que rozan los 7.

El declive, sin embargo, empezó hace aproximadamente cinco años. Al cierre de Abrapalabra se le sumó el fin de Tres Culturas, una emblemática librería que organizaba encuentros culturales, ferias literarias y conciertos, y que cerró en 2015 luego de 34 años de funcionamiento. Aunque intentó mantenerla a pesar de los embates del mercado, Luis Álvaro Mejía, su librero, no resistió. “El cierre de Tres Culturas se debe fundamentalmente a la situación económica por la que atravesaba. Una situación difícil con una acumulación de pérdidas que hacían imposible su funcionamiento”, recuerda. Ese mismo año, luego de más de treinta abierta en la misma casona de la calle 36 con carrera 29, Aura María Moncada desmontó la librería que llevaba su nombre, aunque por razones distintas: “Cumplí mi jubilación y era hora de descansar, de viajar y de hacer lo que no hice cuando estaba al frente de la librería”. Y un año antes, en 2014, cerró Shakespeare.Co, que dirigía Alexander Quiñones desde 2009 , para quien el sector del libro ha sido el más rezagado en la ciudad. “Bucaramanga ha venido creciendo en lo cultural, pero las librerías y la lectura se han descuidado. En este aspecto Bucaramanga está mal, muy mal”, puntualiza.

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Con las ventas caídas en un 30 %, según cifras de la Cámara Colombiana del Libro, y una fragilidad de vieja data, era cuestión de tiempo que las librerías se resintieran. Bucaramanga, como otras ciudades del país, no es una excepción, pero en su proceso hay un par de causas que lectores, libreros y antiguos libreros no dejan de señalar. Óscar Mejía, escritor y profesor de literatura de la Universidad Industrial de Santander, y quien fuera uno de los clientes predilectos de Abrapalabra, opina que la raíz del problema está en la falta de políticas públicas. “El círculo cultural en la ciudad se está extinguiendo o sobrevive gracias a unos pocos y pocas héroes y heroínas que día a día trabajan en instituciones públicas y privadas para mantener los espacios”, enfatiza. Una idea similar defiende Luis Álvaro Mejía: “Las librerías han sido más esfuerzos de Quijote. Es difícil pensar en librerías en Bucaramanga”, agrega.

Mientras tanto, al tiempo que él y tantos libreros lidian con los cambios y los desafíos del nuevo orden de las cosas en las antiguas y hoy cerradas librerías de la ciudad como Abrapalabra, se acumulan los avisos de Se arrienda, los carteles arrumados que anunciaban lanzamientos y novedades y las estanterías vacías guardando polvo. “Siempre me va a dar nostalgia pasar por ahí”, dice el profesor Mejía, y agrega “Creo que pensaremos en las librerías físicas, en la tienda de libros como yo recuerdo ahora el Telecom que quedaba en el pueblo más cercano a la vereda de mis abuelos, o algo así”.

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