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El oráculo de Delfos como origen de la democracia (Rumbos de democracia II)

Construido por los atenienses en las laderas del monte Parnaso para venerar a su dios, Apolo, hacia el siglo VIII antes de Cristo, el oráculo de Delfos fue utilizado por los políticos de la época una y otra vez para torcer a su favor el rumbo del destino. Por interpretaciones interesadas de los sacerdotes del templo, los únicos que podían traducir lo que emanaba de la boca de la sacerdotisa Pitia, comenzó a formarse la democracia. 

Fernando Araújo Vélez

11 de mayo de 2026 - 01:59 p. m.
El oráculo de Delfos se mantuvo activo desde el siglo XIV a.C. hasta el año 391 d.C.
Foto: Agencia EFE
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Como había ocurrido antes en varios lugares y en distintas comunidades, y como ocurriría después, y por los siglos de los siglos, los dioses tenían y tuvieron la última palabra en la Grecia de los siglos V y VI antes de Cristo, y los sacerdotes que hablaban por ellos, que mediaban y transmitían sus mensajes, también, como sería costumbre una y otra y otra vez, tuvieron mucho que ver. Entre vapores alucinógenos que salían de la cueva de Delfos, una sacerdotisa a la que llamaron Pitia, y que luego las lenguas comunes denominarían como pitonisa, y que difundiría en lejanas y extrañas palabras lo que Apolo pretendía decirles a sus creyentes, y los sacerdotes que traducirían sus gritos y sonidos en palabras e ideas, se fue forjando la democracia. 

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Fue el oráculo de Delfos el que determinó que el padre de Clístenes de Atenas, Megacles, tuviera que irse de la ciudad por haber participado en el asesinato de algunos seguidores de Cilón, y fue también el oráculo de Delfos el que influyó para que los espartanos apoyaran a la familia de Clístenes en sus pretensiones de derrocar al tirano Hipias. Aquella historia se inició cuando los sacerdotes del oráculo alzaron sus voces por el deterioro de su templo, sometido una y otra vez a distintas querellas entre viejas y nuevas familias que luchaban por obtener sus favores y a esporádicos saqueos. Algunos años después del asesinato de Hiparco, que dejó en el trono a Hipias, el pueblo se reunió para conseguir fondos y reformar el templo.

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Entre mensajes que iban y volvían a Delfos, en las laderas del monte Parnaso, la familia de Clístenes, los Alcmeónidas, supo del estado en que se hallaba el oráculo y de la colecta liderada por los sacerdotes, y de inmediato se ofrecieron para realizar los trabajos que se necesitaran al precio más bajo posible, con la mayor cantidad de obreros y con los mármoles más preciados de Grecia. El oráculo había sido construido en el siglo VIII antes de Cristo, y a lo largo de los tres siglos que habían transcurrido desde entonces, era el lugar obligado para reverenciar al dios Apolo, y de paso, para dejarles a los sacerdotes las preguntas que cada quien tuviera. De alguna manera, entre las piedras, caminos, pasadizos, altares, columnas y el aire de Delfos se decidía el futuro de Atenas. 

Más allá de lo que opinaran los ciudadanos, los aristócratas, filósofos, tiranos, los caminantes, o la gran mayoría de ellos, los sacerdotes que se pronunciaban sobre los interrogantes de los atenienses eran humanos, “demasiado humanos”, para tomar una frase que escribió Friedrich Nietzsche dos mil y tantos años más tarde. Como humanos, eran identificables, tratables, conversables, y más allá de eso, también eran comprables. La oferta de los Alcmeónidas les pareció absolutamente necesaria y conveniente. A cambio, comenzaron a decir lo que los Alcmeónidas deseaban que dijeran, y a generar un mal ambiente para el tirano Hipias. A fin de cuentas, y pese a que al santuario acudían decenas de peregrinos que buscaban algún tipo de consejo, su función no era adivinar el futuro.  

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Apolo mediante, por decirlo así, el oráculo ratificaba o derogaba leyes, imponía sanciones a ciertas decisiones gubernamentales, ofrecía luces sobre distintas ideas bélicas y aprobaba la fundación de ciudades o de poblados, entre cientos de diferentes labores. Las consultas debían hacerse el séptimo día de cada mes del calendario de los atenienses, y eran presididas por la pitonisa de turno, una mujer mayor de 50 años, elegida según los griegos por Apolo, y que se purificaba en las fuentes de Castalia. Ante cada sesión, masticaba un puñado de hojas de laurel y se sentaba en una especie de trípode. Entonces entraba en un profundo estado de trance, temblaba, jadeaba, y pasados unos minutos,  arrojaba sus respuestas en lenguas, que a la postre eran interpretadas por los sacerdotes. 

En un principio, y según Diodoro de Sicilia y Estrabón, el lugar sagrado de los griegos era un campo más, lleno de grietas, llanuras, elevaciones, ríos, lagunas y fuentes, adonde iban a pastar las ovejas de los campesinos y ellos mismos. Con el tiempo, un pastor notó que sus animales se comportaban de manera extraña luego de pasar por la boca de una especie de túnel. Fue a mirar qué había allí, y se sintió algo mareado, salido de sí. Entonces empezó a hablar en un idioma que nadie conocía, y a imaginar escenas con figuras que nunca había visto y de las que jamás había oído hablar. Se sintió dios, en tierra de dioses, e invitó a sus familiares y amigos al lugar, que a su vez, llevaron a otros familiares y a otros amigos. Quienes los escuchaban, empezaron a hablar de predicciones y dedujeron que era la voz de Apolo. 

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Todos experimentaban cambios en sus estados de ánimo. Todos hablaban en lenguas y eran respetados. Algunos, contaría la leyenda por los siglos de los siglos, se arrojaron por la boca de la grieta y perecieron. Los campesinos se reunieron para debatir sobre posibles soluciones, y acordaron designar a una sola persona para que interpretara las ideas que surgían de la cueva. Sacralizaron el lugar, decidieron que fuera una mujer la que recibiera los mensajes de Apolo y le entregaron un trípode para que se sostuviera de él y no cayera en la tentación de lanzarse por la grieta. Pasados los siglos, los cristianos que huían de las persecuciones de las autoridades del Imperio Romano dirían que la sacerdotisa, o la Pitia, como la llamaron, era una loca que babeaba y se emborrachaba con los vapores de azufre que había llevado el demonio a Delfos. 

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Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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