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Fue quizá Andrés de Santa María (1860-1945) el primer pintor modernista de Colombia: sus pinturas, más allá de las ambiciones de paisajistas y retratistas de su siglo, se centraban en la expresión de las figuras, en su interior, más allá de su naturaleza física. Andrés de Santa María no se limitaba a pintar un retrato fiel a la forma, sino a pintar sus sensaciones sobre dicha figura. Aquello debió aprenderlo en su breve curso por Europa, a principios del siglo XX, cuando fue allí con su familia de vacaciones. En París encontró que la pintura se movía de modo intenso: las vanguardias guardaban ciertas esperanzas para el futuro del óleo y el lienzo. Santa María trajo de Europa pigmentos y pinturas que no podían encontrarse en la Colombia de entonces: esa percepción del color hizo singulares sus trabajos más tardíos.
Allí no se detuvo esa explosión, que encontró un chispazo inicial en Europa. Las vanguardias harían en Colombia lo que ya habían hecho en otras partes del mundo: retorcer las figuras, agregar más subjetividad al cuadro, responder a la realidad con otra realidad. El arte debe competir con la naturaleza, solía decir Obregón. Fue allí que el arte colombiano sobrepasó su ostracismo. Aunque el país tenía robustos representantes pictóricos (como Francisco Antonio Cano, José Manuel Groot y Ricardo Acevedo), sus motivos no iban más allá de la exploración de una naturaleza. Algunos otros, como Ramón Torres Méndez, registraron la vida diaria en pueblos y comarcas del país, pero sus intenciones estéticas se quedaban en el mero registro.
Por ello, el arte moderno renovó la pintura colombiana: fuera de esos límites peregrinos encontró en el cubismo, el expresionismo, la instalación, el performance y la abstracción un modo de expresión que debía empatar con las realidades que rodeaban al arte colombiano. A esa transformación hace homenaje la exposición Maestros, de la galería El Museo, que estará abierta hasta el 22 de enero. La muestra recoge obras de Álvaro Barrios, Santiago Cárdenas, Guillermo Wiedemann, Eduardo Ramírez Villamizar, Édgar Negret, Beatriz González, Ana Mercedes Hoyos, Feliza Bursztyn, Noé León y Fernando Botero, entre otros.
La muestra es, pues, una mirada a las múltiples expresiones del siglo pasado. En un entorno en el que el arte era dictado por las academias (un arte apegado a las formas tradicionales y que, por ejemplo, rechazó los postulados del art decó y de las fusiones del arte occidental con el arte indígena), la obra de estos artistas abrió el espectro. Colombia, hasta principios del siglo XX, andaba en el mundo artístico como andan los caballos en los vehículos de tracción animal: con la vista restringida y la mirada puesta al frente, hacia el camino conocido.
De modo que Maestros reúne múltiples esencias plásticas: esculturas, pinturas, dibujos. Reúne los coqueteos cubistas de Obregón y también su violenta representación de la naturaleza; las arquitecturas de chatarra de Bursztyn; las búsquedas de Barrios en los cómics; la pintura esencial, plana pero profunda, de León. Reúne, en últimas, la necesidad de experimentación que embriagó al arte colombiano en la segunda mitad del siglo XX y que se formó en pinturas como Violencia, de Obregón, y Mátame a mí que yo ya viví, de González, que está incluida en la muestra.
¿Fue gratuita dicha transformación? ¿Fue sólo una cuestión de “contagio”? No. Por ese entonces, la evolución política y social influyó en el lenguaje plástico, porque el arte no se disocia del entorno que pretende expresar. “Ante un país fragmentado por su diversidad de intereses, la plástica también presentó una diversidad de lenguajes, a veces opuestos”, escribe el crítico de arte Álvaro Medina. “Hacia 1945, cuando se perfiló como un hecho la generación de Édgar Negret y Alejandro Obregón, la plástica nacional perdió su particularidad de expresarse en tendencias homogéneas, es decir, de generaciones que tendían a coincidir en puntos conceptuales básicos, para tomarse una plástica pluralista”.
La anotación de Medina se prueba con esta muestra: no es posible encerrar en un mismo lugar a todos estos artistas. Cada uno implementa, de modo muy distinto, los mismos medios: Wiedemann, atraído por el expresionismo, conversa con el paisaje del trópico; Noé León, en cambio, se aleja de todas las vanguardias y recuerda más a Henri Rousseau, aquel pintor francés alabado por Picasso y que encontró, como León, el modo de pintar como pintan los niños: figuras planas, expresivas.
El crítico Germán Rubiano Caballero destaca (en un texto incluido en Colombia Hoy, de Jorge Orlando Melo) que esta época de explosión pictórica estuvo acompañada por el nacimiento de la crítica de arte en el país y de ciertas instituciones que determinaron su efectiva distribución entre el público, como el Museo de Arte Moderno en Bogotá, fundado en 1963, y el nacimiento de bienales y colectivos artísticos para las muestras en Bogotá, Cali y Medellín. Y los nuevos artistas ganaban los premios principales en los salones de arte —Obregón con Violencia ganó en 1962— y Marta Traba apoyaba a la nueva generación. Ese movimiento en varias direcciones determinó la nueva vida del arte colombiano. Determinó ese pasado siempre tan moderno.
jtorres@elespectador.com
@acayaqui
Maestros estará en la galería El Museo (calle 81 Nº 11-41), de lunes a viernes de 9 a.m. a 7 p.m. y los sábados de 11 a.m. a 7 p.m.