Las palabras de Gianni Vattimo tienen una nueva tranquilidad, casi la aceptación de un privilegio (vivir para pensar y estudiar) poco antes de su última lección en un salón de Palazzo Nuovo, que tuvo lugar el pasado 16 de octubre. No es que el intelectual capaz de generar polémicas ásperas o el filósofo presumido, como el mismo se define, se haya retirado para siempre. No, esto no. Es que el momento parece apropiado para los balances, las reflexiones, e incluso las nostalgias. “Aunque por ahora —cuenta el creador del pensiero debole (pensamiento débil)— tengo tantos compromisos en el exterior que me da la sensación de que todo esto no me hará mucha falta…”.
“Todo esto”, es decir, 44 años de docencia, desde el primer trabajo como profesor asistente encargado, y desde los primeros pasos a la sombra de Luigi Pareyson, hasta hoy que se despide, arrinconado en su cubículo en una pequeña oficina compartida, en el segundo piso de la Facultad de Filosofía, donde el único toque personal es una foto del Himalaya y el resto son libros “que no me recibirían ni los revendedores en el mercado de las pulgas”.
Profesor, ¿qué es un “maestro” en la universidad italiana actual?
Muchas cosas. En mi caso, alguien que se obstina en pensar en la filosofía como en un estudio también general, un “todólogo” y un político. Pero es también una gran oportunidad para poder enseñar una materia muy útil para cualquiera, incluso para el que, por poner un ejemplo, será agente de turismo. Y está además el “psicoanálisis de los pobres” que cada profesor ejerce en su oficina con el estudiante que viene a preguntar por la tesis, pero que en realidad viene lleno de dudas sobre el futuro. Esta última parte, con seguridad, me hará falta…”.
Usted ha tenido alumnos jóvenes brillantes, y uno que otro famoso…
Sí, me enorgullece un hombre como Alessandro Baricco, que se convirtió en un escritor importante. Hizo una bonita tesis sobre Walter Benjamin, pero yo lo incité de todas maneras a abandonar los corredores sombríos de la universidad, donde tenía la tentación de acomodarse, y creo que hice bien. Giuseppe Culicchia hoy es un narrador notable. Y Gianni Carchia, que murió prematuramente, fue un gran filósofo. ¿Todos hombres? Sí, porque soy un poco misógino y entre las filósofas salvo sólo a Franca D’Agostino. Luego están los que me traicionaron…”.
¿Qué significa “traicionar al maestro”?
Dedicarse a contestar sus tesis con extrema dureza. Yo también lo hice con Pareyson, pero por un lado hay que decir que cada cual tiende a justificarse a sí mismo cuando mata al padre, y por el otro, yo le seguí siendo obediente académicamente. No puedo decir lo mismo de uno de mis alumnos, que me manifestaba el afecto más entrañable, y que después de haber trabajado durante mucho tiempo conmigo se convirtió en un aguerrido antivattimiano, un realista empirista que se ocupa de ontología experimental. Como dije públicamente, después de su ontología sobre el teléfono celular, no espero sino que se llegue a la del inodoro” (Aquí alude al filósofo Maurizio Ferraris).
¿Qué le aconsejaría a un muchacho que viniera hoy a decirle: “Cuando sea grande quiero se filósofo”?
Soy buenísimo para disuadirlos; mis amigos me mandan a sus hijos precisamente para tal efecto… Sin embargo, hace diez años era más pesimista: en ese entonces creía que si eras ingeniero o médico tenías un trabajo asegurado; ahora hagas lo que hagas no tienes certezas. Más vale seguir tus inclinaciones, hacer lo que te gusta. Concretamente estos jóvenes filósofos podrán ser profesores de bachillerato, gracias a la oleada de jubilaciones; ganarán poco y tendrán menos prestigio, pero no estará tan mal”.
¿Usted en cambio cuánto gana?
4.100 euros al mes, gracias a la antigüedad en la carrera. Y por esta misma razón me espero una buena jubilación. Pero la mejor parte son las invitaciones, las conferencias, una manera de vivir un poco al estilo del siglo XIX… A veces temo ser un tanto ridículo, como el protagonista de El profesor va al congreso, de David Lodge, pero luego, al llegar con tu maletín a los lugares mas recónditos del mundo, la gente se pone contenta y yo también”.
¿Sus padres lo animaron a estudiar filosofía?
Mi padre era agente de policía, mi madre cosía pantalones, mi hermana contadora… Para ellos yo era el genio de la familia y era mejor no contradecirme. Creo que al final no se arrepintieron.
¿Usted en cambio se ha arrepentido de algo?
No, soy demasiado creído para arrepentirme. Las polémicas con Viano sobre el pensamiento débil, por ejemplo, fueron muy divertidas, las repetiría de inmediato. En vez de arrepentirme, prefiero recordar los buenos momentos: los años del movimiento estudiantil, cuando era decano, pero al mismo tiempo me sentía parte de la protesta, aunque los simpáticos alumnos rebeldes me hacían pasar vergüenzas. Me acuerdo sobre todo de dos: Bruno Boveri y Ermanno Gallo.
¿Una opinión sobre los jóvenes y la política de hoy en día?
Creo que si parecen menos comprometidos, no es por culpa de ellos, es por culpa de los partidos. ¿Acaso se puede ser un fiel seguidor del Partido Democrático o un apasionado de Rifondazione Comunista?
* Traducción de Daniela Abad
El pensamiento de Vattimo
Gianni Vattimo nació en Turín en 1936. Estudió Filosofía en la Universidad de su ciudad natal. Fue discípulo de Hans-Georg Gadamer y Luigi Pareyson. Su actividad filosófica está influenciada por los planteamientos de Nietzsche y Heidegger.
Su propuesta teórica busca una interpretación del mundo tardo-moderno, en las formas de secularización, en la evolución de los regímenes democráticos, el pluralismo y la tolerancia.
Su pensamiento se centra en una revisión del papel de la filosofía en nuestra sociedad y la transformación del pensamiento, de sus funciones y efectos sociales en las prácticas cotidianas. Para Vattimo, hemos entrado en la postmodernidad, donde la comunicación y los medios adquieren un carácter central. Asistimos a una especie de “Babel informativa” que, más que aturdir y violentar, abre caminos a la libertad, a la pluralidad, y se escapa de las visiones unitarias de la racional-modernidad.