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“El periodismo es una droga”

La escritora y periodista mexicana presidió el jurado del Premio Rómulo Gallegos que recibió esta semana el colombiano William Ospina. En agosto visitará Colombia.

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Pablo Correa
06 de junio de 2009 - 10:00 p. m.
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A un costado de la Parroquia de San Sebastián, una construcción del siglo XVI, en la Colonia Chimalistac, está la casa de Elena Poniatowska. Las calles estrechas y empedradas que la rodean han resultado una barrera  para el caos que reina en el resto del Distrito Federal. Parece el lugar ideal para escribir: la tranquilidad de un pueblo con los privilegios de una metrópoli.

Un vigilante me señala el portón con enredaderas. Abre una mujer joven con delantal. Mientras espero que aparezca “la Poni”, como le dice su amigo Álvaro Mutis, aprovecho para husmear en aquella casa apacible. Todas las paredes del primer piso están forradas con anaqueles repletos de libros. Las que no tienen libros, tienen espejos que la hacen ver más amplia. Minutos más tarde baja por unas escaleras con alfombra roja la descendiente del último rey de Polonia, Estanislao II Poniatowski.

¿Cómo vivió la derrota de Manuel López Obrador, a quien había apoyado tanto?

Hace como cinco meses que no veo a López Obrador porque estoy trabajando. Escribí Amanecer en el Zócalo, que es la historia de los 50 días que permaneció la gente en el Zócalo protestando. La gente aguantó y a mí me dio muchas lecciones de vida.

¿Y las antipatías que se ganó por apoyarlo?

Como lo dijo Rosana Fuentes, el que se mete a la cocina sale chamuscado. Recibimos muchos insultos, pero también muchas cartas de apoyo.

¿Le gustan los actuales gobiernos de izquierda de Latinoamérica?

Yo admiro a Evo Morales. Es un gran logro que un indígena boliviano haya llegado al poder, la manera como se enfrenta a las divisiones, a las antipatías y al rechazo de los grandes capitalistas.

¿Qué tanto ha cambiado la Elena que escribió sobre la crisis de ferroviarios a la de hoy?

No ha cambiado. Lo único es que quiero ejercer cada vez menos periodismo y quiero escribir novela, porque siento que me quedan muchos menos años de vida. Ya cumplí 77 en mayo.

¿Cuántas horas escribe cada día?

No puedo decir el número de horas, lo que digo es que es un ritmo totalmente distinto. Puedo estar todo el día sin escribir nada. Pero lo que trato es de vaciar mi cabeza de la trepidación interior que te da el periodismo y adquirir cierta distancia.

¿Qué es lo más difícil de pasar del periodismo al oficio de escritor?

El ritmo del trabajo. El ritmo del periodismo es muy acelerado, de satisfacción inmediata, porque al día siguiente ves tu artículo publicado, luego hay una reacción de los lectores, llamadas telefónicas o emails, y en la novela no hay nada, estás a solas contigo misma. Es una gran aventura frente a la mesa de trabajo. No sabes si lo que estás haciendo vale la pena.

¿De todos los libros que ha escrito cuál es el más logrado?

Absolutamente ninguno, porque si considero que uno está logrado, no seguiría escribiendo.

¿Cómo le va con los computadores a la hora de escribir?

Aprendí muy tarde. En 1986,  en Estados Unidos. Recuerdo que el maestro que me enseñó me dijo que él en su larga vida había enseñado a mucha gente y que de todas yo era la considerablemente más inepta para aprender, que porque trataba a la computadora con un respeto infinito, apenas si la rozaba.

¿Qué tanto ha cambiado el oficio con tantas herramientas?

Yo tengo páginas y páginas de cuando corregía capítulos, o cuando los cambiaba de lugar. Yo tecleaba durante horas. Y ahora es muy fácil y ayuda muchísimo. Yo uso papel reciclado que está escrito por detrás.

¿Piensa que ha tenido una vida privilegiada?

Tuve el privilegio de ver varios movimientos sociales sobre los cuales escribí, por ejemplo, el movimiento ferrocarrilero que aparece en El tren pasa primero, luego el movimiento estudiantil de 1968 y varios otros movimientos. Sí ha sido un gran gusto poder ver todos estos acontecimientos, que han sido claves en la vida de México y no se diga en mi propia vida.

Si no hubiera sido periodista al salir del convento, ¿qué profesión habría escogido?

Bueno, yo hubiera sido lo que se llama en México una “niña bien”, me hubiera casado, hubiera tenido muchos hijitos, una mesa muy bonita, una casa muy bonita.

¿Cuándo se truncó ese destino?

Creo que fue en 1955, cuando nació mi primer hijo, que es físico, científico, se llama Mane, Emmanuel.


Cuénteme bien qué fue lo que le dijo Diego Rivera cuando usted lo entrevistó...

Vi que tenía dientes muy chiquitos y le dije que si sus dientes eran de leche, y me dijo que sí, y que con esos se comía a las polaquitas preguntonas.

‘La Piel en el Cielo’ es un homenaje a los científicos, como su hijo y esposo. ¿Por qué decidió asomarse a ese mundo?

En México se habla siempre de los escritores, reciben toda la atención en los periódicos, hagan lo que hagan. Aquí hay mucha enfermedad de opinionitis. A los escritores les piden su opinión sobre todo y en general se ignora mucho a los científicos. Entonces decidí rendirles un homenaje.

¿Cuál fue la parte más difícil de escribir esa novela?

La parte más difícil de cualquier novela es tener fe en lo que estás haciendo. Yo siempre me desespero, porque creo que todo lo que estoy haciendo es una porquería. Tener fe te hace seguir adelante.

¿Es cierto que cuando trabajaba como periodista fue a entrevistar a su esposo y la regañó?

Sí, porque él odiaba a los periodistas. Decía que eran destripados de todas las carreras, que no habían podido seguir una carrera verdadera.

¿Qué le respondió?

Nada, porque él tenía toda la razón. Yo no llevaba ni papel ni lápiz. Había perdido todo antes de llegar a su oficina.Pero luego yo me vengué casándome con él.

Alguna vez dijo de usted misma que en la vida real era conformista, pero en la escritura inconformista...

Me hubiera gustado tener más seguridad en mí misma, tener una carrera universitaria, no echarme para atrás. Me hubiera gustado ser una mujer que se echa más para adelante.

¿Hubiera querido escribir más ficción?

Me hubiera dedicado más a la ficción. Porque finalmente escribir a partir de lo que dicen los demás ya lo considero un lastre. Cada vez que siento la necesidad de volverme a meter al periodismo, me echo para atrás, me la sepulto. Porque además el periodismo es una droga. Es de veras una droga y ya no quiero tomar esa droga.

¿Cómo vive la vejez?

Siento que hay una enorme soledad, que es real, y además tiene uno que caminar en la calle mirando dónde pone los pies porque se puede caer en una alcantarilla.

¿Qué tanto lee en esta etapa?

Leo muchísimo. Y cada vez que leo muchos de los libros que concursan al Premio Rómulo Gallegos, pienso que no quiero escribir una palabra porque no quiero aumentar en una sola palabra todo este aluvión de palabras que me tengo que tragar al leer todos estos libros. Muchos de los libros que leo no me aportan nada.

La Poniatowska y Colombia

Elena Poniatowska es una de las principales invitadas a la próxima Feria del Libro de Bogotá. Su relación con Colombia se ha tejido gracias a su cercanía y amistad con Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis y más recientemente con Fernando Vallejo. Elena recordó que una de las veces que visitó el país, para asistir a una feria del libro, ya en el avión le habían robado todo. “Mi pasaporte, mi dinero, me quedé sin un centavo. Así que de los tres días que estuve allí uno me lo pasé en la Embajada de México en Colombia”.

Otra de las anécdotas que rememoró fue cuando conoció a Fernando Vallejo. “Me acuerdo que en el avión iba sentada junto a un señor al que pensaba darle la mano si el avión se tambaleaba, porque parecía un sacerdote, iba con las manos cruzadas, tieso, mirando al frente. Era Fernando Vallejo. Recuerdo que una vez dijo que las mujeres para él eran todas unas vacas. Y yo le dije que lo sentía, que yo era una vaca. Hablaba muy mal de Colombia, decía que ojalá desapareciera del mapa, y a mí se me hacía muy chistoso todo lo que él decía. Después nos hicimos amigos”.

Por Pablo Correa

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