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Beatriz González es una mística del arte. Quizá por eso se encierra todas las mañanas en un piso 19, en el que está ubicado su estudio, y trabaja sagradamente para lograr dar forma a sus pinturas. El taller, que se encuentra frente a la plaza de toros La Santamaría, es de una sencillez absoluta y, así como en su obra, todo está donde debe estar. La artista lleva más de cincuenta años haciendo lo suyo y en esta larga trayectoria se ha ganado un sitio especial en las artes nacionales. Los entendidos aseguran que ella es la retratista de lo colombiano, pero su obra va más allá de las fronteras.
Su nuevo reto es regalar en el Salón Nacional de Artistas, que inicia el martes en Cali, 10 mil estampitas que hacen parte de su obra ‘Ondas de rancho grande’, y con ellas rescatar del olvido la muerte de la líder campesina Yolanda Izquierdo, una mujer que fue asesinada a manos del paramilitarismo en enero de 2007 por luchar a favor de los derechos de setecientas familias de Córdoba.
“Yo creo que en este país hay santos modernos y Yolanda Izquierdo es una de ellos. Ella luchó por una causa hasta entregar la vida. Es lo mismo que esas mártires que fueron asesinadas en el siglo XVI como Santa Lucía o tantos otros”, asegura la artista, quien recibió al periodista en ese estudio suyo, desde el que se puede ver una hermosa panorámica del centro de la capital.
La idea de pintar y repintar a Yolanda Izquierdo nació gracias a su fuente inspiradora: los periódicos. Esta santandereana se ha alimentado de las imágenes e historias de la prensa para plasmar su mundo estético y es por medio de este proceso creativo que ahora se ha propuesto convertir a esta campesina en una santidad. Por eso afirma que, aunque no es el Papa, sí cree que Izquierdo merece no ser olvidada, merece ser santa. Y mientras habla de su nuevo proyecto se comprende mejor el porqué de cada uno de los cuadros que, aún sin terminar, cuelgan de las paredes: obras que muestran a Yolanda Izquierdo pescando, o tirando de unos bueyes, o cosechando… o moliendo, esto último era lo que se encontraba haciendo antes de que aquellos bárbaros le quitarán la vida.
Beatriz González tiene la óptica del caricaturista, esa mirada mordaz y a la vez infantil que consigue que un niño pase por imprudente, pero al que nadie le puede discutir su franqueza. Y es así como siempre ha sabido poner el dedo en la llaga. Antes lo hacía con mucho humor, pero luego de la toma del Palacio de Justicia decidió que las cosas en Colombia eran muy serias para andarse riendo. Ella sigue alimentándose de la prensa y aunque ‘Ondas de Rancho grande’ sea su último trabajo, la artista ya tiene décadas inspirándose en el filtro mediático de la realidad que son los periódicos.
Su primer gran obra fue Los suicidas del Sisga (1965), un óleo sobre tela que obtuvo el segundo premio especial del Salón Nacional de Artistas de ese año y que se originó gracias a los periódicos.
En aquel tiempo ella ya era, de cierta forma, una artista reconocida. Los críticos le decían que su obra estaba caracteriza por ser ‘fina e inteligente’, cosa que, según recuerda, le disgustaba muchísimo porque la hacía sentir como una señora que pinta. El caso fue que en plena búsqueda de su propia identidad artística llegó a sus manos una foto publicada en El Espectador. La imagen era arrolladora: una pareja de enamorados se retrataron justo antes de tirarse a las aguas del Sisga. Pero la imagen detonó en su interior cuando la vio al día siguiente en el diario El Tiempo. Aunque era la misma todo había cambiado.
La calidad era fatal porque ese diario la había tomado prestada: tenía poca tinta y estaba toda chorreada. Y, curiosamente, eso le encantó a Beatriz porque lo que buscaba era no ser Fernando Botero ni Lucy Tejada. Entonces, inmersa en esa lucha, encontró en aquella pésima foto una idea para su obra. “La cara era muy pictórica. Se veían puras manchas y fue así que nació la idea de realizar Los suicidas”, añade González. La obra, en primera instancia, fue rechazada en el Salón Nacional y Jorge Zalamea dijo que era un Botero malo, pero Marta Traba no estaba de acuerdo con lo anterior y luchó porque fuera admitida, y en esas obtuvo un premio.
“De ahí en adelante mi vida era mirar fotos y comprar fotos, principalmente al lado de la carrera 7 con calle 21 en un sitio en el que ponían un aviso que decía ‘No nos quieren’. Entonces negociaba los retratos y rogaba para que me vendieran imágenes de niños, pero sin autorización de la familia no lo hacían. Luego pasé unos años en Holanda y al regresar recibí un maravilloso regalo. Un amigo había recortado todas las fotos de crímenes publicados en Vanguardia Liberal. Recuerdo una página con un título gigantesco que decía ‘Asesinada mujer en hospedaje’ y que estaba acompañado de unas fotos malísimas pero curiosamente eso para mí era fuente de inspiración”.
Lo cierto es que en aquellos artículos morbosos la artista veía pintura, veía arte. A partir de ahí empezó a realizar unas series basadas en la reportería y hoy en día continúa bajo esos lineamientos. Por eso la pintora exclama enfáticamente que su inspiración es la prensa. Y no solo son las fotos, también las historias que se cuentan en los periódicos.
“Hay una que recuerdo especialmente –relata la artista- y narra la historia de una indígena que estaba en un sitio llamado El paraíso, que de paraíso no tenía nada. Llegaron algunos miembros de las Farc y se quedaron en su casa. En la madrugada la señora fue a sacar agua, pero se encontró con soldados del ejército y al verlos se asustó, corrió, le dispararon y murió. El resultado de esto fueron tres niñitos huérfanos”.
Y fue inspirada en la prensa que decidió tratar de hacerle justicia a Yolanda Izquierdo. La pintora desea que todos pensemos en la campesina como en una santa. Y asegura que no se bebe entender como arte político o comprometido, porque -aclara- esto no es moralismo mexicano. Ella ya recorrió los difíciles caminos de la oposición. En el gobierno de Turbay, utilizó su pincel para decir lo que otros no eran capaces, hasta el punto de que en cada exposición que realizaba ya se sabía que estaba llena de detectives que se camuflaban entre el público para indagar, hurgar e investigar.
“Cuando Turbay llegó a la presidencia (1978) yo me dije ‘este país es de locos’. Empecé a coleccionar las noticias sobre el nuevo presidente y a pintarlo: Turbay comulgando, Turbay buscando a sus parientes árabes, Turbay borracho… pero lo que yo hacía era una crítica enmarcada en lo festivo”. Pasados los años Ramírez Villamizar, que era gran amigo de la segunda esposa de Turbay, le contó a Beatriz González que cuando el ex presidente llegó de Roma, su mujer le preguntó a Ramírez Villamizar ¿Y esta pintora qué hizo sufrir tanto a Julio César qué se hizo?
Muchos allegados a la artista le han preguntado si le gustaría plasmar con su incisivo pincel al presidente Álvaro Uribe Vélez. Pero su respuesta es negativa porque -asegura- uno no debe repetirse. “Además ya lo dije y vale tanto para Turbay como para Uribe”, concluye.
‘Ondas de rancho grande’ no es una muestra políticamente incorrecta porque huye de lo político. Su formato, de apenas 10.5 por 6 centímetros, es más personal y está diseñado para que cualquiera pueda cargarlo en la billetera. Beatriz González busca con esto crear un icono que se comience a reconocer en el imaginario colectivo, tomando el ejemplo de las figuras religiosas.
El propósito de esta iniciativa es que la gente no olvide que Yolanda Izquierdo estaba en la puerta de su casa con un pilón en el que estaba moliendo maíz cuando la asesinaron. El objeto de estas 10 mil figuritas es que a ningún colombiano se le olvide que a Yolanda Izquierdo la mataron los paramilitares.