Todo el tiempo nos decía: “Admiración sin estilo es pésima admiración”. En consecuencia, se tomaba trabajos increíbles con los artículos que escribíamos para su clase. Sospecho que mi vocación de editor nació al ver que Eduardo corregía con inteligencia y finura las torpezas que uno le presentaba. Te hacía sentir que mejorar un texto era, en esencia, una forma de clarificar el propio entendimiento.
Después de ser profesor y alumno nos volvimos amiguísimos, una amistad que se mantuvo incluso cuando él ya vivía en Estados Unidos y venía de vez en cuando a Colombia.
Tiempo después, siendo yo editor profesional, publiqué en Tercer Mundo su primer libro, una magnífica colección de ensayos sobre novela colombiana llamada El deseo y el decoro. Todas las virtudes que pregonaba en clase están contenidas allí: erudición, agudeza, escritura fluida y cristalina. Supongo que los lectores del Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República pueden corroborar lo que digo. Revisen alguna de las notas y artículos que publicó allí y verán que está muy bien expresada su idea de que la reseña bibliográfica es uno de los más exigentes géneros de la literatura.
Eduardo también era un maravilloso escritor de cartas, un apasionado de la tecnología (en 1989 ya tenía un computador portátil y lo sabía todo sobre hardware y software), un cocinero a quien la necesidad volvió muy diestro, un fisiculturista tardío, un diarista secreto, un genial recreador del acento costeño (su mamá es de Barranquilla) y el protagonista de una de las más tristes y apasionadas historias de amor que conozca. Yo me he prometido contarla algún día.
Mario Jursich, director de la revista El Malpensante.