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Dicen los Ticuna que el río Amazonas nació de una ceiba, un árbol que vive en las selvas tropicales, que llega a elevarse hasta 70 metros y a tener una anchura de tres. Tanto para ellos como para cientos de comunidades indígenas de América es un árbol sagrado. En su interior habitan seres mágicos, desde los duendes hasta la madremonte, y por eso todas las raíces de las ceibas se conectan entre sí. Constituyen una autopista extraordinaria. (Lea el discurso de Roberto Burgos)
Esa imagen de un ferrocarril titánico y sin fin, que avanza hacia la incertidumbre, es lo que busca retratar La ceiba de la memoria, de Roberto Burgos Cantor, al que muchos consideran su libro más célebre. La novela, que tardó cuatro años en ser escrita, es un delicado acercamiento a la esclavitud en nuestro continente, que tiene lugar en la Cartagena de Indias del siglo XVII, ciudad natal de su autor. La precisión poética de sus personajes desgarra las páginas y se presenta como un óleo finalizado y a la vez un boceto cruel de lo que fue y lo que aún es nuestra Colombia. “Estoy feliz de morirme, así los blancos no podrán comerme viva”, repite una esclava moribunda en una de sus páginas.
Francisco José de Caldas consideraba que la cultura era algo reservado para las tierras altas, y a menores alturas se encontraban seres inútiles, malos para el trabajo. En contraposición, la intención de Burgos es explorar el poder que se encuentra al rasguñar un mundo lleno de voces y sentimientos que no han sido contados, y ese deseo está presente en toda su obra.
Quizás esta es una de las razones por las cuales le tiene tanto agradecimiento a su padre, quien lo motivó a estudiar derecho y ciencias políticas en la Nacional, en un momento en que la escritura era, para el joven Roberto, como esa pequeña llama, casi azul, que tiembla en el pabilo cuando está a punto de encenderse o cuando se está apagando. “Yo había escrito, y lo que sentía en esa zona confusa de la intimidad es que yo quería ser escritor, pero me atribulaba un poco que al ingresar a la universidad menguara ese deseo”, cuenta.
Sin embargo, su padre siempre le hizo ver la importancia de estudiar algo: “El derecho no te va a destruir y tiene un entorno humanista que te va a ser útil”, le decía. Y así lo hizo; en el derecho encontró una sincronía particular, que quizás expresa muy bien Graham Greene cuando manifiesta que “en todas las artes hay una aspiración de justicia”.
Burgos aterrizó en Bogotá el 15 de febrero de 1966, en medio del alboroto por el asesinato de Camilo Torres en San Vicente de Chucurí, Santander. Años después su madre le confesaría que si el viaje hubiera sido un día después, no lo hubiera dejado ir.
Aunque sabe muy bien que una de las figuras más utilizadas para la crítica y la burla en la literatura es la del abogado, hoy está convencido de que su vida se resolvió bien de esa manera. “Vivir de la literatura no es lo mismo que comer de la literatura”, afirma. “No quería que, aquello que yo quería hacer se sujetara a las servidumbres de la necesidad”. Eso explica su doble jornada en la época en que trabajaba en la Superintendencia de Notariado y aún así escribía cinco horas diarias. “El que quiere escribir, escribe. No necesita someterse a condiciones”, afirma.
De la Nacional lo asombraron la estética, el arte, la literatura, la posibilidad de estudiar a Gógol y a Dostoyevski, de ver un cine que aún no llegaba a Cartagena y de asistir sagradamente a los cafés bogotanos más bohemios de la época. Por ese entonces, una imagen que lo impactó fue una fotografía de Kafka trabajando en una compañía de seguros, como abogado, midiendo los accidentes de trabajo y cuánto valía perder un cuarto de dedo, medio dedo o el dedo completo.
La Romana, la cafetería del Hotel Continental, un café universitario que estaba a la salida de la Nacional por la calle 26, y un café en la carrera 13 con calle 53, en Chapinero, al que iban todos los sábados Aurelio Arturo y Giovanny Quessep. Esas eran las oficinas del maestro en los años sesenta, aunque confiesa que no tomaba café porque “esa era la bebida de los abogados; se lo tomaban y empezaban a hablar paja”, dice, aunque él mismo se emperró con el café años después.
Su deambular por esos espacios le permitió conocer a mucha gente, gente que contaba cuál era la novela que iban a escribir, una y otra vez, pero nunca la escribían, pero también autores por los que tenía aprecio. “Mutis, además de generoso, siempre estaba preocupado por decirte un libro que debías leer”, cuenta. “A Aurelio Arturo lo miraba desde la distancia, con admiración, pero nunca hablé con él. Y con Roca tenemos las complicidades mutuas de una generación”.
Según él, en esos años Bogotá era menos hostil, o mejor dicho, tenía una hostilidad literaria: a base de frío y hollín, diferente a la de ahora. Alejo Carpentier afirma que una de las dificultades que enfrentan los escritores latinoamericanos para contar la ciudad es que en sus ciudades las cosas desaparecen rápidamente, lo que no ocurre tanto en las ciudades europeas. “Eso genera una contradicción porque la literatura tiene un deseo de permanencia, pero esta circunstancia hace que te enfrentes a lo transitorio”, explica Burgos.
A propósito, una pregunta frecuente que le hacen es por qué, cuando viaja a Cartagena, sus estadías son tan cortas. “Hace poco volví a pensar en eso y concluí que si me quedo más de dos días me quedo para siempre”, confiesa. “Sin embargo, Bogotá permite vivir una situación de recogimiento que resulta muy útil para la escritura, mientras el Caribe, por la solidaridad de su gente, permite menos esa situación”. El mar y la luz son lo que más ama de esa tierra.
*Periodista. Jefe de prensa de la Universidad Central.