La capital del mundo, esa que declaró el 5 de junio como el Día Gabriel García Márquez, y que el cataquero describió como ciudad abrumadora y gran fenómeno del siglo XX, “siempre tan desigual y siempre tan originalmente americana”, es la protagonista de Macondo York (con el apoyo de la Fundación Gabo) un libro de fotografías con el que Iván Onatra recorre entre carteles, avisos, letreros, grafitis y anuncios, esa metrópoli que aturdió, deslumbró, aterró y emocionó a nuestro nobel.
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Para el periodista y escritor cubano Leonardo Padura, “Macondo York nos permite asistir a una fiesta de la imaginación y las relaciones culturales, humanas y sociales que hacen que este mundo nuestro sea el dichoso pañuelo donde habitamos todos... Iván Onatra la retrata, se apropia de la ciudad, la conquista”. El colombiano Juan Gabriel Vásquez lo secundó cuando afirmó que Nueva York es territorio garciamarquiano: “En cierto sentido, ese encuentro curioso estaba allí desde antes, pero hacía falta que nos lo mostrara Iván Onatra”. Con este libro podemos entonces entender por qué, para Gabo, la Gran Manzana “no es de los Estados Unidos, sino de todos nosotros y de todo el mundo (…), una ciudad de toda la humanidad”.
¿En qué momento nació la idea de este libro?
Durante más de dos décadas he diseñado libros y contenido editorial para terceros, pero siempre mantuve vivo el deseo de un proyecto personal. La feliz coincidencia es que este anhelo encontró su cauce en 2024, tras mi paso por Nueva York por el taller “Narrar Nueva York desde la mirada de Gabo” de la Fundación Gabo y la Feria del Libro de Nueva York (FIL-NYC). Allí, el concepto que habitaba en mi cabeza tomó forma definitiva. Hoy, este libro y su exhibición son mi proyecto de vida; una obra que se ha presentado en doce países y cinco ferias literarias.
¿Qué es lo primero que recuerda de su relación con la literatura de Gabriel García Márquez?
Sucedió en un gélido invierno en Canadá. El único libro en mi equipaje era “El amor en los tiempos del cólera”. Hasta ese día, jamás había leído a Gabo. Aquellas páginas me trasladaron a un Caribe luminoso en mitad de la oscuridad y la nieve. Fue mi refugio.
México fue esencial para la escritura de Cien años de soledad; ¿de qué manera cree que lo fue Nueva York?
Es una urbe que agudiza los sentidos de cualquier ser humano. La sensibilidad del Nobel no fue ajena a ello durante su estancia de seis meses en 1961. Tras ese periodo, Gabo, Mercedes y su primogénito iniciaron un viaje en bus hacia el sur. Esa travesía de un mes desde Nueva York pasando la frontera hasta Ciudad de México ocurrió apenas cinco años antes de que surgiera su obra cumbre.
¿Cómo dialoga Nueva York con la literatura de Gabo?
En Nueva York el realismo mágico deja de ser un concepto literario para transformarse en una presencia tangible. Esa atmósfera se potencia en cada metro cuadrado de la ciudad y resuena con fuerza en su diversidad actual.
¿Cómo describiría el diálogo que creó con este libro entre lo gráfico y lo literario?
Busqué capturar la visión de Gabo sobre la Gran Manzana a través del caos del realismo mágico neoyorquino. El objetivo fue construir una historia propia, un diálogo visual que se expande ahora a gran formato en exhibiciones como el Hay Festival Cartagena el pasado enero, la FILBo, la Feria del libro de Bucaramanga (ULibro), el Festival LEA de Atenas y la FIL de Nueva York.
Este libro es la representación de un ser y un sentir universal que es Comala, Bogotá, Ciudad de México, Latinoamérica y el mundo. ¿De qué manera dialoga la condición humana de una ciudad real, cosmopolita y universal como Nueva York, con una pequeña ciudad imaginada (pero también universal a su manera) como Macondo?
La humanidad escribe desde siempre en las paredes para expresar sus emociones bajo un anonimato colectivo. La universalidad del realismo mágico habita en todas las naciones, pero en Nueva York alcanza una concentración única. Es el escenario perfecto para proponer una narrativa distinta sobre la visión urbana de los grandes artistas que han vivido o viven allí.
Aunque usted se refiere al libro como un viaje tipográfico por Nueva York desde la mirada de Gabo, uno se encuentra, además, con un viaje visual y hasta emotivo. ¿Cómo logra llevarnos a eso a partir de las imágenes?
Una imagen bella sin concepto es solo estética. Mi reto consistió en rescatar palabras del escritor, validar su relevancia actual y conectar con el lector de hoy. La acogida es tan positiva que el proyecto ya es una saga neoyorquina. Como primicia, adelanto que presentaremos un segundo volumen dedicado a un autor español en el mes de mayo en la Feria del libro de Madrid y el lanzamiento oficial será en la FIL-NYC en octubre.
Entre tantos y tantos carteles, avisos, letreros, grafitis, etc., ¿con qué criterio escogió aquellos que finalmente quedaron incluidos en Macondo York?
Diseñar es como cocinar: requiere tener los ingredientes listos sobre la mesa. Con los textos seleccionados y un archivo de diez mil capturas, agrupé las fotos por temas: el dinero, el peligro o la ciudad abrumadora. Fue un rompecabezas que armé y desarmé cinco veces hasta lograr una estructura sólida.
¿Cuál es su imagen favorita? ¿Cuál es la foto que le resultó más difícil tomar?
Mi favorita es la que dice: “You’re not too old & It’s not too late” (“No eres demasiado viejo & no es demasiado tarde”). Cuando la vi, supe que el proyecto debía ir a la imprenta. Más allá de la técnica, lo más complejo fue crear un sistema de selección que otorgara una voz visual coherente con los textos de Gabo.
¿Cómo ha sido la experiencia de exponer las fotos del libro? ¿Cómo dialoga el público con la exposición?
Unir a dos íconos como Gabo y Nueva York genera una respuesta emocional profunda. En el pasado Hay Festival en Cartagena un diseñador brasileño se me acercó conmovido para decirme que, gracias a la muestra, descubrió su verdadera vocación por el diseño; terminamos en un abrazo de llanto compartido. Esos encuentros le dan sentido a todo el esfuerzo. Por otro lado, estoy más que agradecido con los mensajes positivos en redes del público y los comentarios de autores como Leonardo Padura, Juan Gabriel Vásquez y Ricardo Romero Silva, quienes ven en la obra una nueva narrativa que preserva la memoria de un autor frente a públicos existentes y nuevos públicos.
Desde su mirada como fotógrafo, ¿cómo “lee” ese momento de la superposición de fotos? (las que se toman quienes recorren la exposición, sobre las imágenes que usted registró).
La “foto de la foto de la foto” es el mayor galardón para un cazador de imágenes. Es un juego de espejos donde la obra deja de pertenecerme para cobrar vida propia. Esa conexión es la que invita al público a regresar a las imágenes una y otra vez.
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