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En algunas de las últimas fotografías que le tomaron se le veía sonriente, sin posturas, rodeado de aquellos viejos compañeros de los años 60 con quienes tantas veces habló, cantó y hasta discutió: Vicky, Cristopher, Billy Pontoni. Óscar Golden estaba en el centro, con su eterna sonrisa y su pelo al mejor estilo de James Dean. Observaba un afiche emblemático de Dean, precisamente, en Rebelde sin causa, encuadrado en el medio de una pared repleta de otros viejos ídolos rebeldes como él. Elvis Presley, por supuesto; Sandro, Nancy Sinatra, los Beatles, Martin Luther King, Bob Dylan, Cassius Clay antes de llamarse Mohamed Alí, Hárold, Claudia de Colombia y unos cuantos más.
Parecía recordar los viejos tiempos, cuando con un puñado de soñadores decidió implantar en Colombia una nueva ola de lo que en México y Argentina llamaban ye-yé y go-gó. Él fue protagonista de excepción de aquellas épocas, una de las figuras de un tiempo en el que la gente transitaba por veredas opuestas.
Por un lado, los tradicionales, los de paños oscuros, los que oían a Agustín Lara y a Gardel; por el otro, los innovadores que se habían cansado de la rigidez y apostaban por los nuevos ritmos, el peace and love, las letras comunes de episodios cotidianos. Golden cantó a sus zapatos pom-pom con una letra que le pidió exclusivamente a Pablus Gallinazus. Bailó twist con pasos que les robó a Elvis y a Sandro. Y se entregó sobre escenarios de clubes, estadios y teatros como si ya nunca más fuera a volver a cantar.
“Su sonrisa, su forma tan linda de ser, sus bromas, el cariño que les transmitía a los niños y su alegría antes que nada, eso es lo que me dejó Óscar”, decía ayer en la mañana su esposa, Andrea Luna. Golden jamás dejó de sonreír, ni siquiera durante sus últimos días, cuando luchaba contra un cáncer que acabó por derrotarlo.
“Tal vez fue mejor así, su llegada al reino de los inmortales se anticipó”, comentaba un antiguo compositor de baladas, compañero ignorado e intrascendente de algún viejo recital. Tenía razón el viejo. Golden fue el precursor de aquel grupo de la Nueva Ola, que con programas como El Club del Clan y el Patico Discotequero revolcaron la música popular en Colombia.
Por aquel entonces eran tachados de “locas” porque usaban el pelo dos centímetros más largo de lo habitual, porque no le rendían tributo a don Pedro Vargas o porque decían con sus letras cosas tan irreverentes como “con tu boca de chicle” o “que sea tu cuerpo alegre carrilera”. Eran y se creían seductores, siempre y en todos los lugares. Caminaban para llamar la atención, se vestían para conquistar, se peinaban para transgredir y cantaban para que los mayores se taparan los oídos en gesto de protesta.
“Lo que ocurría es que luego terminaban por escucharnos y hasta por tararear nuestras canciones”, decía Golden (cuyo verdadero nombra era Óscar Goldenberg) mucho tiempo atrás. Los años y las costumbres y las décadas pasaron. Los antiguos tradicionalistas sentenciaron que la Nueva Ola no dejó nada y que los hippies de los 60 fueron un rotundo fracaso. Ellos seguían cantando, o jugando fútbol, como Golden, eterno delantero de “su” imaginario Deportivo Cali. La realidad fue demostrando otras cosas: aquellos rebeldes “con la cara sucia y el cabello largo” fueron determinantes para que el amor fuera más amor y menos firmas, para que hubiera más derechos humanos y menos reaccionarios. Para que, en fin, fueran más los zapatos pom-pom que los de charol.