25 Oct 2015 - 2:00 a. m.

El regreso del viajero

El martes 27 de octubre se cumplen cinco años de la muerte del escritor Fernando Garavito (1944-2010), quien fue columnista de El Espectador. Ese día se presentará “De la luna y el sol”, libro poético editado por Letra a Letra.

Redacción Cultura

La de Fernando Garavito fue siempre, incluso en sus primeros poemas, una voz dirigida hacia afuera. La voz de un periodista, de un promotor cultural, de un observador vigilante de la realidad de su país y de los incendios de su época. Aquí su voz es otra, porque viaja hacia adentro. No define las cosas sino que solamente las insinúa, las atrapa al vuelo como a un perfume, las mira como a un pájaro momentáneo que vuela borrándose. Sus palabras siempre tuvieron brío, gracia y ritmo: en estos poemas poseen una música más misteriosa y más secreta.

Es la voz de un hombre que vuelve del mundo, donde libró sus luchas y expresó sus verdades; que vuelve del combate de los conceptos y de la danza de los estilos, y ya sólo desea ser, sentir lo milagroso del instante, lo irreductible de toda presencia, los dones del silencio.

Varias veces se cruzaron nuestros caminos. Yo tenía veinte años en Cali cuando Fernando Garavito y María Mercedes Carranza me abrieron por primera vez las puertas de una publicación, y me concedieron “el arduo honor de la tipografía”. El suplemento literario Estravagario, de El Pueblo, fue la más notable publicación cultural de aquellos años, y dio testimonio de un momento magnífico de la vida artística y literaria caleña. Fue un honor muy grande haber formado parte de ese proyecto.

Dejé de verlos por años, aunque no de seguir el rastro de sus aventuras periodísticas, de sus iniciativas culturales, de ese ejercicio continuo de creatividad y de responsabilidad social. Doce años después Fernando estaba en la redacción del diario La Prensa, en Bogotá, otro de esos momentos inspirados en que la aparición de un medio de expresión hospitalario revela de pronto todo el talento que en Colombia sólo espera una oportunidad para desplegarse, y allí de nuevo compartimos aventuras.

Más tarde fui testigo de la tenacidad del trabajo investigativo de Fernando Garavito, de su actitud valerosa en tiempos difíciles, y de su exilio tremendo, siendo una de las voces más respetables del periodismo colombiano. Y aún no nos reponíamos de ese exilio cuando vino su muerte.

En los últimos tiempos tuvimos por fin un breve intercambio epistolar, y alcancé a renovar con él los lazos de afecto que nos habían unido en Cali en los años setenta. Hoy me alegra saber que no ignoró que mi sentimiento de amistad seguía idéntico a pesar de años de ausencia. Siempre me dije que la vida nos iba a deparar nuevos encuentros. Pero no: en este mundo, como dice el poeta, “para todo hay término y hay tasa / y última vez y nunca más, y olvido”. Y llegó el día en que se cerraron los cielos.

Por eso me conmueve tanto que ahora aparezcan estos poemas, tan distintos, y encontrar en ellos la música callada de alguien cuya voz pública harto conocimos; encontrar esta voz conmovida y austera de alguien que harto prodigó su elocuencia, su indignación, su ingenio y su ironía. Aquí se ven otros colores, la mirada tiene otras luces y otras sombras, y descubrimos una melancolía que corría subterránea por su conciencia, una sensibilidad de momentos y de matices, de detalles significativos, un voluntario abandono de la belleza convencional para detenerse en la penumbra de lo discreto y de lo elemental.

No es la rosa ni el árbol

ni el durazno.

Es este mundo, el otro,

hecho de tierra.

Y entendemos que este era Fernando Garavito cuando estaba solo, cuando no estaban con él ni los otros, ni las urgencias de la actualidad, ni las tensiones de la política, ni las encrucijadas de la historia, ni el deber de ironía ante la mascarada social. Este era él cuando estaba a solas con la noche, con el sol y la luna, con la tierra del jardín.

Esta voz que se nos ofrece en fragmentos, en destellos, en niebla y en perplejidad, ha de ser la voz del niño y del adolescente que fue antes de las aventuras periodísticas y las empresas culturales, pero tiene que ser también esa otra voz que no alcanzamos: la de sus duros años de exilio, cuando esperaba que el siguiente viaje fuera por fin el regreso, y antes de que la vida le dijera que el viaje que seguía era el

De lo que espera

al otro lado de la puerta.

Sentimos que el poeta ha comprendido que está viviendo lo más valioso, lo irreversible, ahora entiende que nos han dado una única vida, y que ésta, aunque parezca larga y vacía, consta de un solo instante milagroso por el que desfilan y se abisman todas las cosas. Esta voz casi sin énfasis nos habla de una vida que fue compleja, apasionada y verdadera. Nos dice que su muerte en el exilio mostró al final cuán hondo y verdadero había sido todo.

Y en unos cuantos trazos sobre el exilio sentimos todo el poder expresivo que cabe en una austeridad dolorosa, vecina ya al silencio:

Al llegar a la riba

bajan los pasajeros.

Hay banderas

y sombreros al aire.

Luego

todos regresan.

Todos,

menos uno.

 

* Escritor y columnista de El Espectador. Capítulo del libro “De la luna y el sol”.

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