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El Rocío: la aldea que encontró su historia en una Virgen

Cada siete años en agosto en el pueblo de El Rocío, en España, se realiza una procesión en honor a la Virgen que le dio el nombre a esta población. Así comenzó esta tradición.

Alejandro González

21 de agosto de 2026 - 02:45 p. m.
El ROCÍO, ALMONTE (HUELVA), 20/05/2024.- La Virgen del Rocío procesiona por la aldea almonteña de El Rocío (Huelva) tras saltar la reja los almonteños a las 2:57 horas haciéndose con el paso de la Virgen. EFE/Julián Pérez
Foto: EFE - Julián Pérez
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Hay en las arenas de Andalucía, España, una pequeña aldea hundida en amor por su Virgen. Una aldea que vivió un milenio en soledad, abandonada ante los caprichos del destino. Un pueblo de fe que encontró en la Virgen el horizonte de su historia.

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Todavía cuentan en El Rocío que fue una noche en el Bosque de las Rocinas cuando un pastor descubrió la talla de la Virgen, vestida de blanco y verde. A ella se le construyó un humilde templo; y, alrededor de aquella ermita de diez varas, floreció en el siglo XV la aldea que lleva su nombre. Era su territorio la orilla de una marisma luminosa a la que llegaban antes las nubes de flamencos que el rumor de las personas, una marisma transformadora que traía en cada estación paisajes nuevos.

Así comenzó su historia: perdida entre caminos de arena, perdida entre leyendas. Solo iluminado por la fe en su protectora. Pasaron los tiempos; siglos y siglos y la ermita permaneció allí, erguida frente a la inclemente marisma y sus aguas incontenibles. Tanto creció la leyenda de su Virgen que los almonteños comenzaron, desde 1607, a llevarla al pueblo en tiempos de necesidad. Por sequía o por cólera, por guerra o por plagas, cargaba su pueblo a la Virgen hundiéndose en la tierra nocturna. Nunca, por mucho que dolieran los pies, dejó su rebaño de cantarle lo bella que es.

Aún vive, entre todos sus milagros, el recuerdo de aquel obrado en 1810, cuando El Rocío era todavía una aldea de treinta casas olvidadas en las profundidades de Huelva. Los vientos de guerra amenazaban con destruir Almonte: cientos de soldados napoleónicos se dirigían al pueblo a vengar a uno de sus capitanes, trayendo consigo el fin. El pueblo se encomendó a su Virgen. Rezaron día y noche, confiados a su patrona. La historia no lo olvida: cuando los soldados se acercaban a Almonte, algo les hizo detenerse. La muerte, que tanto había caminado hacia ellos, nunca entró en el pueblo.

El pueblo se prometió entonces que cada 19 de agosto agradecería a Rocío su milagro. Y es en esa fecha, cada siete años, cuando se la traslada a Almonte por la noche para que el pueblo la reciba y adore.

Este año, Rocío ha vuelto a repetir tan bello viaje. En cada traslado, la aldea se llena de flores de papel y de claveles escarlatas. En las terrazas juegan los niños y cantan las familias con el fondo de las yeguas marismeñas. Entonces comienza el traslado, y Rocío vuelve a ser la más adorada de las Vírgenes: los caminos del bosque reviven con fieles que dan palmas y los hombres luchan por llevar a su patrona.

En estas noches, un rumor antiguo recorre la aldea. El traslado de la Virgen es el recuerdo de la amarga historia de su pueblo: el recuerdo de sentirse apartados del mundo, de la guerra que arrasó la Iglesia, de cuando por el hambre de sus cuerpos raquíticos les llamaban panzurrinos y las nubes de mosquitos traían la enfermedad.

El mundo, que tantos siglos pareció desconocer la aldea, terminó por encontrar el camino y agradecerle su fuerza. En 1993, un hombre de sotana blanca y faja de seda aterrizó en el Rocío, con el planeta atento a sus pies. Juan Pablo II, asomado al balcón de la Hermandad Matriz, regaló a la aldea imborrables palabras. «¡Que todo el mundo sea rociero! » De tanto estar perdido, El Rocío se había encontrado para nunca perderse otra vez.

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Cae la noche, y en El Rocío suenan alegres las guitarras. Todas las estrellas brillarán en los caminos, mientras el pueblo acompaña a la Madre de Dios. La Virgen del Rocío recorre los senderos cubierta con capote marismeño y paño de encaje fino mientras las abuelas almonteñas protegen sus abalorios.

Todo termina con un nuevo día. Al despertar el alba, la Virgen entra en Almonte entre sonidos de escopetas y con la primera luz se descubre el rostro que traía velado. Así lo dicen unos versos del camino.

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Llega la Virgen a Almonte

restallan las escopetas.

El Sacerdote descubre

entre salves su belleza

y el Sol agosteño arrolla

al alba por querer verla"

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Por Alejandro González

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