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Hace dos días, mientras su ruta escolar la traía de vuelta a casa, me dijo que pasando por el Parque Nacional descubrió un lugar donde venden pedacitos de cielo comestibles y me pidió que la acompañara hoy porque no descansará hasta probar las nubes. Confío en mi pequeña hija de seis años y en su imaginación sin límites, así que sin preguntarle tanto decidí llevarla.
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Aprovechamos la ciclovía y el día soleado para caminar por la Séptima y justo antes de llegar al semáforo de la 39, Anita señaló a un anciano gritando que él era un ángel que vino a regalarnos el cielo en pequeñas nubes de color rosa. Sonreí y mientras abrazaba a mi hija pedí al anciano que nos vendiera dos algodones de azúcar.