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El salto al vacío de Pablo Trapero

El director de cine argentino, reconocido por películas como “Carancho”, “Leonera” y “El bonaerense”, fue homenajeado en la sección Tributo, con la exhibición de sus filmes. Habla de la importancia de hacer cine, de sus razones, de la Argentina actual, de sus personajes y de sus propias inseguridades

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Fernando Araújo Vélez
16 de marzo de 2015 - 02:53 a. m.
Cortesía: Black Velvet /  El director de cine argentino Pablo Trapero.
Cortesía: Black Velvet / El director de cine argentino Pablo Trapero.
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Dice que después de que se ha estrenado una de sus películas, ya no la vuelve a ver. Hace gesto de que no tiene sentido y aclara que hay mucho cine por ver como para volver a mirar lo suyo. Con otro gesto murmura que, además, no se le puede cambiar ya nada. Dice que cada nueva película es un desafío diferente que lo llena de inseguridades, pues pese a todo, no hay manuales generales ni perfectos para hacer cine y cada nuevo proyecto es un empezar de nuevo, un realizar algo que no se ha realizado. “Cada película es una vida, y vivir te va llenando de certezas, pero también de inseguridades”.

Dice que su barrio lo marcó, sí o sí, y definitivamente, para hacer un cine al que los críticos han calificado como social, y sonríe cuando explica que La Matanza es un tercio de Buenos Aires, que allí se deciden las elecciones de la provincia, las más importantes del país, y que allí campean las injusticias, el horror, los contrastes, el miedo. Luego aclara que él nació y creció en un subbarrio de La Matanza llamado San Justo, “el nombre más irónico de todos los nombres de la Argentina”. Dice que uno de sus filmes, El bonaerense, se grabó en La Matanza y es un retrato, su retrato, de esa Buenos Aires que por fuera no se conoce.

Dice que el cine es una permanente exploración y, a la vez, un salto al vacío, y que luego, las etiquetas que les ponen a sus películas él no las puede controlar, pero tampoco le molestan. Habla de Carancho, El bonaerense, Leonera; habla de sus personajes y sonríe, recordando que la noche anterior ha recibido un tributo por su filmografía. “A veces da la sensación de que ya está, de que con un tributo hiciste todo lo que tenías que hacer, pero más allá de eso, es gratificante recibirlo y, sobre todo, ver que la gente, los espectadores, se identifican más que nada con los personajes que están en la pantalla, y los ama o los odia, pero los siente”.

Dice que las películas son del público y deja rondando en el ambiente aquella sentencia de Jorge Luis Borges según la cual las obras finalizadas no son ya del autor, sino de la gente, y cada quien tiene su interpretación, y las interpretaciones a veces distan mucho de las intenciones del autor. Mueve sus manos, grandes, pesadas. Se acomoda sus gafas oscuras para el sol, o para disimular el cansancio de horas y horas de vuelos, hoteles, trabajos, cambios de horario, presentaciones. Se quita del brazo una hormiga que pasea entre tatuajes. Mira a lo lejos. Toma café. Fuma. Se le nota un poco de afán, pues luego de una entrevista tendrá que ofrecer una rueda de prensa y después una charla.

Es el precio de la fama. Lo sabe. Le preguntan por qué Leonera fue una película y no un documental, y dice que hizo un documental sobre el tema también, y se explaya en la explicación del mundo de las cárceles de mujeres. Habla de Julia, la protagonista del filme, que encuentra en la prisión una razón para vivir. Mira a lo lejos. Cruza los dedos de las manos. Comenta que su próxima película será sobre el secuestro, sobre el terror de convivir con el terror, y dice como al pasar que esa es la vida de la Argentina de los últimos años. Terror, secuestro, la muerte acechante, la vida hipotecada, la cultura de lo inmediato, el tener, el corromper y dejarse corromper. Y en medio de todo, el arte.

Por Fernando Araújo Vélez

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