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El servicio público de Dios

Se exhibe en Colombia la cinta uruguaya ‘El baño del Papa’, con   actores naturales que le dan un toque documental.

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Hugo Chaparro
11 de diciembre de 2008 - 11:00 p. m.
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El título del primer largometraje dirigido por Enrique Fernández y César Charlone puede leerse en dos sentidos: El baño del Papa, como un baño de esperanza –frustrada– para una región que sobrevive tercamente a la pobreza, y el baño donde los fieles descargarán sus entrañas después de llenarse el alma de fe y devoción durante la visita de Juan Pablo II a Melo, un pueblo uruguayo cercano a la frontera con Brasil.

Recuerda otra historia tragicómica, situada en la geografía española: Bienvenido Míster Marshall (Berlanga, 1953). Una película que se burla de los arribismos parroquiales, aprovechando a los “personajes notables” que visitan un lugar provinciano para describir las ilusiones –y pretensiones– de sus habitantes.

Acostados en la cama y cuando ya conocemos las circunstancias que atraviesa la familia compuesta por Beto (César Troncoso), Carmen (Virginia Méndez) y su hija Silvia (Virginia Ruiz), Beto le asegura a Carmen que Dios los ayudará con su empresa. “¿Y si no ayuda a los pobres a quién va a ayudar?”, dice Carmen.

La conclusión de la película es que Dios puede ser amnésico ante los desposeídos o que puede ser más fácil que un rico, y no un camello, menos un pobre, pase por el ojo de una aguja y se salve.

Para demostrar su argumento, Fernández y Charlone escribieron un guión en el que se destaca la amistad entre los personajes entrañables del filme vs. la sordidez del poder militar y su corrupción; lo que significa sobrevivir en Melo, en una circunstancia excepcional, teniendo en la religión una promesa incumplida –o cumplida únicamente para que los reporteros vendan el espectáculo de la miseria a sus televidentes.


La película fue cuidada por sus directores tanto en el guión como en sus aspectos visuales –debidos al ojo de Charlone, director de fotografía en Ciudad de Dios (Meirelles, 2002) y The Constant Gardener (Meirelles, 2005)–, alternando el tono intimista y el paisajístico de la región donde transcurre la película. A la forma visual del filme se agrega su forma emocional, según la edición de Gustavo Giani, que guía el ojo para conducir el interés por la historia, enriquecida por la reunión de actores naturales y profesionales que le brinda un tono documental al relato.

¿Por qué construir un baño? Para hacer negocio con las urgencias, “parciales o completas”, de los fieles interesados en ver al Papa. Una idea higiénica para que la rentabilidad de la fe no se la quede únicamente la Iglesia.

El final es irónico. Las imágenes de las toneladas de chorizos, panes y tortas que devoran los perros y los cerdos antes de que sean enterrados, sugieren el paso del tumulto que no fue y sólo dejó decepciones –es decir, deudas.

Si el cine en Latinoamérica se ha encargado de testimoniar la historia de los jodidos de siempre y continúa observando su impotencia ante la arrogancia que los vulnera, El baño del Papa es una herencia de su tradición temática, con un valor agregado: no hay alegatos explícitos. Se trata simplemente de contar una historia y de comprometer al público con las emociones que sugiera su trama; de registrar el esfuerzo y la frustración a los que están sometidos los personajes para sobrevivir; de comprender lo que se vive en un continente con diferentes matices. No en vano el epígrafe de la película: “Los hechos de esta historia son en esencia reales y sólo el azar impidió que sucedieran como aquí se cuenta”. ¿Ficción o realidad? Una ficción que parece real en la pantalla.

Por Hugo Chaparro

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