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El sexo sentido de Marilyn Monroe

Hoy se cumplen 50 años de su muerte. Todavía misteriosa, la actriz y cantante fue una de las estrellas más celebradas de Hollywood.

Hugo Chaparro Valderrama

04 de agosto de 2012 - 04:00 p. m.
Monroe posando en 1959 en el aeropuerto de La Guardia, antes de volar a Chicago para la presentación de su película ‘Some like it hot’. / AFP
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Cuando Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir visitaron Cuba en los años 60, el filósofo y su amiga disfrutaron de una ilusión pasajera: ser más famosos en la isla que Marilyn Monroe. ¡Vano espejismo! ¡Sobre todo cuando en Cuba una rubia natural era artificial! ¡Causaba curiosidad! La campaña de alfabetización no se había iniciado aún y el rostro de Sartre se repitió en los diarios para que todos supieran a quién darle la bienvenida.

Marilyn Monroe, el sexo sin teorías, fue en el Caribe mulato una explosión de belleza platinada. El exotismo sensual que inspiró en otra isla, Japón, al público que la llamó “la honorable dama de las nalgas bamboleantes”. Una cadera de vaivén arquitectónico, descrita por Arthur Miller con el lirismo sensual que recordaba su forma de caminar en la playa. Como si fuera un venado más leve que el aire. Dejando un rastro en la arena que avanzaba en línea recta. “El talón habría caído exactamente delante de la última huella de los dedos y la pelvis habría tenido que acometer un movimiento oscilatorio”, escribió Miller, haciendo de Marilyn una variación de la gracia que puede tener la euritmia, la sabia disposición de las partes de una obra de arte.

Cincuenta años después de su muerte, todavía misteriosa, en la madrugada del 4 al 5 de agosto de 1962, la biografía de Marilyn parece cifrada por dos libros de Beauvoir: El segundo sexo y La mujer rota. El primero por la forma como encarnó la pasión, sin que el sexo fueran en absoluto secundario para ella, y el segundo por el transcurso de una historia que estuvo quebrantada emocionalmente y la convirtió en una víctima del sexo.

El fuego de sus palabras nutría la voracidad masculina y al personaje que inventaron para ella los productores de Hollywood: “El sexo forma parte de la naturaleza, y yo me llevo de maravilla con la naturaleza”; “Me gusta estar totalmente vestida o totalmente desnuda”; “Los maridos no son nunca amantes tan maravillosos como cuando están traicionando a su mujer”.

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Tras su angustia por la esquizofrenia de un espectáculo que determinó la suerte de tantas estrellas en Hollywood –complacer al público y soñar con escapar del tropiezo que significa la fama-, existía un ser humano con el vigor de titanio que tiene un colibrí. Una mujer de autoestima precaria, que se definía a sí misma como “una mezcla de sencillez y complejos”.

Su historia ya ha sido contada hasta la náusea. Y no deja de sorprender la energía que tuvo Marilyn para sobreponerse a una infancia humillante y solitaria, a la escalera sexual que la llevó hasta el cine, al talento que define el coraje de una artista que siempre dudó de sí misma, para caer al final en la bruma del suicidio –la última explicación de una vida insostenible, que a los 36 años de edad mezcló demasiadas pastillas, cansada del fetichismo que erotizaba a los hombres.

Filmó casi treinta películas –Something’s Got to Give (Cukor, 1962) fue un desastre que no pudo terminar-. Combatió con los estudios que le ofrecieron papeles de vampiresa malvada –pocos- o de estúpida inconsciente ante su vigor sexual –muchos-. Exhaló sus parlamentos con erotismo de asmática. Hizo de su cuerpo una fruta que recreó el pecado de Eva. Una mujer más que hecha, confundida y deshecha como una niña extraviada al frente y detrás de la cámara.

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Quiso que en su lápida escribieran: “Marilyn Monroe, rubia”. Pudo agregar: “Siempre estorbé”. No fue cierto, pero así comenzó su vida. Como una ilusión frustrada por la ausencia del cariño. El padre fue un fantasma. Gladys, su madre, la entrega dos semanas después de nacer a una pareja que se encarga temporalmente de ella. Cuando tiene siete años, un vecino mata su perro a balazos. Tiene una crisis nerviosa. Regresa junto a su madre. Pero Gladys está loca –o simula que está loca-. Aún así, se casa de nuevo con un hombre que trata de violar a Marilyn. Vive con un soldado del que se divorciará después de estar juntos cuatro años. Continúa la historia donde el amor tendrá la armonía de un accidente: con Hollywood –un romance de tensiones permanentes-; con sus maridos –Joe DiMaggio, un beisbolista celoso capaz de romperle un bate al que mirara a su esposa: ¡un millón de espectadores!, y Arthur Miller, el autor que vivió con ella un drama de la vida real cuando el cerebro y la carne se aguantaron durante cinco años-; con sus profesores de arte dramático –Natasha Lytess; Lee Strasberg-; con sus terapistas –Marianne Kris y Ralph Greenson-, que la aconsejaron mal, la internaron en manicomios o, simplemente, no tuvieron el talento suficiente para comprender su vida, dopada por los somníferos.

Una mujer incompleta, que quiso, pero no pudo, ser madre. Tres embarazos fallidos ayudaron a destruir su esperanza en salvarse de algún modo. “Probablemente fui un error”, dijo vencida y hastiada. “Mi madre no me quería. Seguramente me interpuse en su camino y debí ser una desgracia para ella”.
El peor enemigo de Marilyn fue Marilyn. Adoraba castigarse. Hacer de la culpa una profesión moral. Cultivar sus pesadillas. Desconfiar de su talento. Sufrir cuando sus amantes se marchaban de su lado. ¿Podía esperar de Kennedy, el presidente al que le cantó el feliz cumpleaños en el Madison Square Garden, algo distinto a que la considerara una simple entretención después que le susurrara, con voz de terciopelo y alcohol, el happy birthday más lujurioso que se haya escuchado nunca, al menos frente a una multitud, como si estuvieran solos en una habitación a oscuras?

Quizás pudiera ver su reflejo al fondo de la botella y preguntarse: “¿Hay más?”. ¿Otro esposo? ¿Otro amante? ¿Otra película? ¿Cuándo la leyenda de su indisciplina puso a prueba la paciencia de George Cukor, el director de las mujeres en Hollywood, que rasgaba páginas del guión y se las comía durante el rodaje de Let’s Make Love, furioso porque Marilyn no llegaba?

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El miedo era más grande que la pantalla de cine. Aunque Marilyn dijera con un tono esperanzado: “Tengo treinta y seis años. La edad no me preocupa. Me gusta ver la visión que se tiene desde aquí”. Fue entonces cuando murió. Perdida en el sueño eterno que le dieron los somníferos. “No la mató Hollywood”, dijo el director John Huston. “Fueron los malditos médicos los que la mataron. Si era adicta a las pastillas, fue porque ellos la hicieron adicta”. Nada puede ser tajante cuando una muerte revela tantas contradicciones. Ni siquiera el testimonio de su ama de llaves, la señora Eunice Murray, que la encontró sosteniendo el auricular del teléfono en una mano y los frascos de pastillas que la intoxicaron, revela una verdad que siempre será esquiva para entender su tragedia.
La imagen de Joe DiMaggio, entrelazando sus manos con las manos muertas de Marilyn mientras que la maquillaban para el funeral, es conmovedora.

Descubre la lealtad de un amor que no la pudo salvar. La impotencia que sufrió poco antes de cerrarse el ataúd, reclinándose y diciéndole: “Te amo, te amo, te amo”. Una insistencia que entonces fue vana y desolada. El adiós definitivo a la estrella que regresa cuando vemos en el cine su resplandor de otro tiempo. Una actriz que siempre estuvo persiguiendo la excelencia. Ser maravillosa. Tal vez no lo consiguió en muchas de sus películas. Pero jamás claudicó. Hizo un trabajo decente. Sin permitir que el vacío fuera el destino final.

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Por Hugo Chaparro Valderrama

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