Álvaro Diego Gómez es arquitecto de formación y en sus épocas de estudiante se interesó por la cerámica y el piano. Su aproximación al textil tiene origen en su entorno cercano: Carlos Laserna lo introdujo a este universo con los telares, donde pudo experimentar con la materia y la fibra. Sus primeras obras, Aéreos —telas tensadas que evocaban las velas de un barco—, se presentaron en el IX Salón Atenas del Museo de Arte Moderno de Bogotá, en 1984. Desde entonces, su investigación ha abarcado la complejidad técnica y la cosmovisión de los tejidos prehispánicos de la cultura Paracas en el Perú, el rigor simbólico de los textiles muiscas y el sistema de contabilidad y memoria de los quipus incas, que el artista reinterpreta mediante nudos de hilo y tierra.
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En la exposición encontramos un penetrable con muchas trenzas que cuelgan del techo. Al verlas, es fácil pensar en las obras del artista brasileño Tunga, que se conectan directamente con la tradición de los pueblos afro, cuyos peinados funcionaban como mapas secretos para escapar de sus captores. Asimismo, el artista explora un lado lúdico y libre al jugar con el concepto de las cometas. Su fundamentación histórica y conceptual asimila la indagación del taller de telar de la Bauhaus, liderado por Anni Albers. Gracias a este rigor fue invitado en 1987 a la emblemática Bienal Internacional de Lausana, un hecho que contribuyó a que representara a Colombia en la Bienal Internacional de la Tapicería en Łódź, Polonia. Allí compartió escenario con referentes universales del arte de la fibra como Magdalena Abakanowicz y Jagoda Buić, y desde ese momento su obra ha estado presente en casi todas las Bienales donde los textiles han sido los protagonistas.
En la exhibición en la Tadeo hay una reactualización de la instalación que el artista concibió en 1986 para el Museo Alejandro Otero en Caracas: una pieza que, a pesar de mimetizarse con las paredes, sobresale de manera imponente, un entramado de hilos en tensión que genera una vibración óptica de marcado carácter cinético.
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En contraste con las tramas de hilo, la exposición presenta ensambles que son verdaderos tejidos en metal. A partir de pequeñas argollas de acero entrelazadas —que evocan cotas de malla medievales—, el artista construye columnas y mallas flexibles que quiebran la rigidez del material. Estas piezas conviven con una instalación inspirada en las lagunas y los frailejones de nuestros páramos, la cual plantea una advertencia dolorosa: si nos quedamos sin agua, al final solo nos quedarán estas obras de arte para recordarnos la riqueza perdida de nuestro paisaje.
Además, el recorrido evidencia la incansable búsqueda del artista con la experimentación orgánico-química. Se recupera la huella de sus investigaciones con improntas e impresiones de piedra presentadas en el Salón Nacional de Artistas, junto a sus indagaciones iniciadas en los años noventa donde sustituye los medios tradicionales por la corrosión de óxidos ferrosos y por extractos de frutas y hortalizas, como la zanahoria y diversos ácidos, permitiendo que la descomposición orgánica y el moho actúen con el paso del tiempo como pigmentos vivos sobre la superficie.
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A través de esta trayectoria, la trama no opera simplemente como un soporte físico, sino como un contenedor del tiempo y una verdadera arquitectura expandida. Al articular el vacío y la materia, la fibra tensada y el nudo se transforman en una escritura poética donde cada línea trazada en el espacio resuena como una metáfora sobre la fragilidad, el tránsito y la persistencia de la memoria.
Como señalaba el recordado crítico venezolano Roberto Guevara, en Colombia durante mucho tiempo no supimos ver la verdadera dimensión de este artista ni la fuerza de su lenguaje plástico.
Gran parte de la potencia de esta antología radica en la labor de Henrique Faria Fine Art, quien con una mirada atenta ha promovido de manera decidida su obra, rescatando y sacando a la luz piezas fundamentales que permanecían guardadas en el taller del artista. “Trama espacial” confirma que para Álvaro Diego Gómez Campuzano el tejido es una red infinita donde convergen la arquitectura, la naturaleza en riesgo y el pensamiento.