¿Qué lleva a un militar a vender su honor al mejor postor y terminar asesinando a tiros a un presidente en una isla pobre y lejana, en una operación que parece haber sido la fuente real de inspiración de decenas de redadas “hollywoodescas”? Quizá ya nunca lo sabremos, pero “Querido muerto mío” (2025) nos acerca a una cruda respuesta desde la literatura, en 226 páginas que no se leen: se devoran.
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Esta primera novela de Felipe Núñez Mestre (finalista del premio Clarín) atrapa al lector y no lo suelta. En una época en que los libros compiten con series, aplicaciones, notificaciones inacabables y algoritmos que dictan nuestros gustos para capturar cualquier resquicio de tiempo libre, su lectura logra un hito: abrirse paso con la urgencia de una serie que hay que bingewatchear antes de que lleguen los spoilers.
Acá no hay juegos de estilo ni fuegos de artificio literario. Nada de eso, la técnica es el golpe seco. Idea y acción. Párrafos cortantes como cuchillas. Personajes que al principio parecen ajenos —una tipa, un tipo, otro más creciendo en un universo de sueños caducados— pero que, sin darte cuenta, terminarán formando una especie de familia disfuncional atravesada por el peso brutal de la vida militar.
Las piezas se muestran rudas en los capítulos introductorios, agrestes en sus formas y cortes; se presentan solo como otras fichas más en el Caribe podrido e indefinido donde todo transcurre, con mucha violencia y pobreza enquistada en las vidas, como siempre. Hasta que empiezan a encajarse, a converger en los pelotones de un ejército.
La narración se acelera. Van quedando al descubierto otras capas de significado: cómo la disciplina de la subordinación termina impactando y moldeando la psiquis de individuos perdidos para darles un propósito, que puede llevarlos a estar dispuestos a morir en una patria ajena. Las historias de los orígenes familiares de los personajes cumplen el cometido de despertar una seductora empatía; nos arrastra por las páginas la ansiedad de conocer sus destinos. Sus relatos se entrelazan en un gran comentario sobre la máquina militar que consume a individuos como leña, abordando temas fuertes y latentes como la orfandad, las drogas o el matrimonio homosexual.
“Querido muerto mío” se aleja de cualquier tinte ideológico y va a la raíz: lo que la guerra le hace al alma de las personas.
Pocas veces se ha explorado, como en esta novela, la experiencia traumática de ese servicio militar sobre el sujeto y el cuerpo. Algo que nos habla a todos no solo como caribeños, sino como latinoamericanos. Cada familia tiene o ha tenido a alguien en el ejército; todos conocemos, o vivimos, anécdotas de fugas, de escapes a la obligación de prestar el servicio. La novela dialoga con esa experiencia que compartimos muchos de los países de este lado del mundo, y que está ligada a una lucha por la supervivencia.
Los mercenarios asesinos de la historia han podido tratarse de tu primo o tu tío. Ese que sabía karate y estaba entrenado para hacer caso como un berraco, pero que luego de colgar el uniforme no supo ubicarse en el mundo laboral civil. O nunca quiso.
Tarantino se imaginó un escuadrón de judíos dándole caza a Hitler. En un mecanismo similar al de “Bastardos sin gloria”, Núñez se vale de la literatura para darles carne a los mercenarios que cobraron la vida de Jovenele Moïse, y hacerlos sangrar. ¿Quiénes fueron, qué los motivaba? ¿Qué lleva a un hombre a estar dispuesto a morir por una patria ajena? Una imaginación lúcida y minuciosa, a niveles espeluznantes, sirve de instrumento para darle explicación a un suceso aún sombrío de nuestra historia violenta, que dio cuenta de nuestra capacidad para exportar el mal. Ficciona con verosimilitud aterradora lo que nunca se nos ha explicado del todo.
Lo paradójico es que logra soplarte un aire de optimismo, cuando menos lo esperas.
No estamos ante una obra perfecta. Aún no entiendo a qué le debe su título. Pero es un primer paso fuerte para un nuevo narrador, que trae consigo la promesa de muchas más letras e historias para el deleite de aquellos lectores compulsivos que miden las lecturas en sentadas – o jornadas (este me lo leí en tres y me sorprendí sacándole tiempo en la hora del post almuerzo, en la silla del taxi, a la salida de la ducha…).
Este es el segundo libro de Felipe Núñez. Antes publicó “Todos somos islas” (2024), una colección de cuentos con la que ganó el premio Casa de las Américas, editada también por la editorial independiente Rey Naranjo, y cargada igualmente de personajes sórdidos y terriblemente reales, que les dan cara a nuestros miedos y vicios.
Cuando las piezas de esta novela caen en su lugar, puede verse con claridad que también es el retrato de una familia imposible, que no pudo ser. ¿Qué habría sido de este sargento, de estos huérfanos, si sus voluntades no hubieran sido trituradas en nombre de una disciplina rancia, fundada en una bandera? Si estos mercenarios hubieran tenido una oportunidad habrían sido ciudadanos funcionales, compradores de carros, pagadores de suscripciones; pero quedaron del lado equivocado de la moneda, condenados a darle piel y forma a las profundidades de la guerra. Eso sí, a un ritmo devastador, con párrafos de acción concentrada que harían palidecer a cualquier serie del top 10 de su servicio de streaming de confianza.
Hay otra dimensión que lo hace especial. “Querido muerto mío” se aleja de cualquier tinte ideológico y va a la raíz: lo que la guerra le hace al alma de las personas. No habla de conflicto ni de bandos políticos, ni de nuestras víctimas y victimarios, que de eso ya hay bastante. El lente se abre, apunta a un registro más universal. Deja que la imaginación entre en reemplazo de la memoria.