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Elocuencia corporal (El Cajón de Santaora)

Más que Nietzsche, Niche es uno de los máximos representantes del nihilismo caleño. Esta particular forma de existencialismo no afirma que Dios ha muerto, sino que todo carece de sentido hasta que un dios baila, Cali Pachanguero. Palabras y pasos para procesar el duelo que deja el final de la Feria de Cali.

Julia Díaz Santa
14 de enero de 2024 - 09:47 p. m.
El Grupo Niche, fundado en 1979, sigue vigente entre el público salsero. Aquí con su fallecido director, maestro Jairo Varela.
El Grupo Niche, fundado en 1979, sigue vigente entre el público salsero. Aquí con su fallecido director, maestro Jairo Varela.
Foto: Cortesía

Después de la pasada feria de Cali, resurge esta conclusión: hay más razón en el cuerpo que en la mejor sabiduría. Parafraseando a Nietzsche, lo corpóreo es parte indispensable de la filosofía, como antagónico de la metafísica.

El filósofo, poeta, músico y filólogo alemán revisó este y otros temas a la luz de uno de los hitos más importantes de su filosofía: el nihilismo. Una corriente filosófica que tiene sus propias mutaciones en una cultura tan variopinta como la caleña.

Aquí los Nicheanos, no digamos Nietzscheanos, han ejercido desde siempre una intención crítica de ciertos valores, a través del cuerpo. En contraposición a la actitud pesimista de la existencia, que conduce la vida a la nada, los bailadores consumados podrían ser una suerte de idealistas pragmáticos. Mientras bailan señalan el punto de partida de una nueva valoración.

Ahora bien, puede que el tema central de los bailadores de salsa no sea el nihilismo caleño, pero sí son ellos, con sus zapatos puntiagudos, quienes lo convirtieron en un asunto filosófico. Pensar y bailar, como hablar y bailar o vivir y bailar, son prácticas hermanadas por obra y gracia de la metáfora.

El ritmo de la conversación o el compás del pensamiento, así como la consonancia de las ideas nos confirman que hay muchos términos en común entre las palabras y los pasos. Qué decir de la candencia, vocablo favorito que alude tanto al efecto del verso como al del cuerpo.

Viene del italiano cadenza (caída) “y este de un supuesto latín vulgar, cadentia (cualidad del que cae) compuesta con el verbo cadere”, del que se derivan caer, cascada y caducidad, según un diccionario etimológico. En el texto, como en la danza, lo mejor es el placer de sucumbir.

De eso y otras cosas hablé con una mujer octogenaria, en la pasada feria de Cali. La conocí en los intermedios de las audiciones del Encuentro de Melómanos, cuando fui a buscar asiento. Acto necesario pues, entre chance y baile, ese día llevaba cinco horas de pie. Gracias a la pausa, encontré a esa bailadora de la vieja guardia, que llegó a las canchas Panamericanas desde el barrio Guayaquil. Contextura media, pelo canoso, jeans ajustados y zapatos de tacón.

La vi brillar mientras seguía con los ojos el movimiento de una pareja que bailaba como si sus integrantes estuvieran oyendo la salsa con todo el cuerpo. La elocuencia corporal era fluidez en el subtexto. Sin alarde semántico, con un vocabulario sencillo, concentraban toda la atención del momento.

Un solo paso básico, de manera cadenciosa, los condujo hasta el último estribillo. Con la punta’el palo, con el medio palo, con el palo entero. Habían revelado por contraste, a otras parejas que sacaban todo su léxico en una sola frase, sin comunicar nada. O quizás sí, transmitían el miedo a un posible desastre. (No hay cifras de cuán maltrechos quedan los cuerpos de las bailarinas que lanzan por los aires en el Salsódromo. Pero deben ser alarmantes).

Viéndolos mecerse, nos aventuramos a decir que las parejas de baile se dividen en dos categorías, las cadenciosas y las remilgosas. No importa cuáles sean los pasos: el básico, la patineta, el títere o los dinos. Más allá de la destreza, hay cierta manera de ser y estar en la pista que permite esa clasificación.

Ahora, hay quienes manejan todos los recursos lingüísticos y aun así logran mantener una absoluta consonancia. A esos he aplaudido de pie en el Barrio Obrero, por ejemplo. Lastimosamente, el afán por impresionar, ha hecho que, en muchas escuelas de salsa en Cali, los jóvenes sacrifiquen esa célula vital, mencionada hasta el cansancio en estos párrafos: la de sucumbir, la de caer rendidos ante la música.

“Lo importante es disfrutar, no hacer malabares. Ahora que me duelen las rodillas, con mayor razón”, dijo la mujer rechazando la afectación y excesiva compostura de otra pareja. Luego me preguntó que en cuál grupo me ubicaba yo. Le dije que juzgara ella, pero le dejé claro que, por ningún motivo, quisiera estar en el de los remilgosos. Remilgo: 1. m. Pulidez o delicadeza exagerada o afectada, mostrada con gestos expresivos.

En todo caso, estábamos de acuerdo en los fundamental: la importancia de la gracia de deslizarse, derribarse como una roca suelta hacia la nada, por los acentos, los cortes y las pausas que nos brindan los ritmos afrocaribeños. Entrar en esa conformidad de pasos sencillos de quien danza en comunión con la medida indicada por los instrumentos es lo que hace del baile una experiencia divina. Nietzsche decía que solo creería en un dios que supiera bailar. Yo he visto muchos de esos bailando a Niche en una noche de feria. Ah, el extraño nihilismo caleño…

Ya lo había dicho Carlos Mayolo en su autobiografía: “En el cielo se debe bailar todo el tiempo”. Mi viejo profesor conocía y escogía la gente en el baile. “Bailar es hablar con todo el cuerpo. Por eso cuando se baila no se habla”.

Dime cómo bailas y te diré quién eres. “Bailar en la casa, solos, es lo más elocuente de quiénes son los dos. Jubilosos que, sin fiesta, de todos modos, bailan”, decía también Mayolo. Todo volverlo baile, el amor es baile.

“La salsa estaba interfiriendo con mi matrimonio, entonces dejé el matrimonio”, me dijo mi contertulia con una risa pícara de quien ha aprendido a zapatear sus penas. Por más amor que haya, es difícil sostenerse en dupla cuando no se logra mantener una conversación corporal. De nuevo, la cuestión no es de acrobacia.

“Hay gente que dice amar la salsa, pero uno los ve bailar y parece que la odiaran”, añadió con aires de faraona, mientras señalaba con los ojos a unos jóvenes alharacosos. Recordé la vieja frase de Moliere: “Si esta es vuestra forma de amar, os ruego que me odiéis”.

Tuve que despedirme del parloteo, porque iba a empezar el concierto de Mayito. Le agradecí el diálogo y le pregunté su nombre. Me dijo que se llamaba Rubiela. Quise tomarle una foto, pero no accedió. Le advertí que quizás escribiría sobre lo que hablamos. Me dijo que podía citarla, pero sin el apellido.

Mientras me alejaba de ella, la voz del cubano inundó el recinto. Era un sonido potente y cadencioso. Todos coreamos ese viejo éxito de los Van Van: Y ahora ya no hay control/ y en el baile siempre es ella la primera en el salón. / Nadie sabe cuánto sufrimiento guarda en su interior, / baila libre como el viento, /a nadie da explicación” …

Por Julia Díaz Santa

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