A la artista plástica bogotana Feliza Bursztyn (1933-1982) le gustaba la política, decía que en su época (en plena vigencia del estatuto de seguridad de Turbay) “no se podía pensar en vivir sin tener política. La posición política era absolutamente necesaria”. Sin embargo, sus esculturas hechas todas de chatarras oxidadas y pedazos metálicos no profesaban arengas, estaban vaciadas de discursos y más bien transgredían a través de la forma y del uso de materiales no convencionales que el mundo había resignado al desperdicio y que ella osaba poner en los museos. Fue su pertenencia al Partido Comunista, sus exposiciones que iban y venían de La Habana y su confesa simpatía por la izquierda la que la hizo víctima de un penoso episodio que la condenó al exilio en 1981.
Justo cuando Feliza Bursztyn, esa de la que Martha Traba había dicho “meticulosamente instalada en el desorden, su equivalente visual es la anarquía y las permanentes contradicciones de la estructura”, se encontraba en el momento culmen de su carrera, cuando había encontrado el color en las puertas de carros estrellados y las había doblado casi haciéndolas parecer blandas la artista tuvo que exiliarse primero en México luego en París. Un año después sufrió de un paro cardíaco y su chatarra, sus Histéricas y Minimáquinas quedaron huérfanas.
Esa abrupta interrupción y el hecho de que muriera lejos de la patria son algunas de las razones que encuentran Camilo Leyva, Manuela Ochoa y Juan Carlos Osorio, tres jóvenes curadores, para que la obra de esta importante artista no se hubiera reunido hasta ahora en una exposición individual y hubiera permanecido casi en el silencio durante algo más de 27 años. Pero por estos días, el Museo Nacional, gracias al trabajo de estos tres sesudos investigadores y al trabajo de compilación de Pablo Leyva, esposo de la escultora, y la historiadora Carmen María Jaramillo, hace un elogio de su chatarra y reúne en una sala blanca obras de las diferentes décadas de trabajo de la artista. En la muestra se percibe cómo Bursztyn fue jugando con la soldadura, materia en la que nunca se consideró una experta, descubriendo los tornillos y el movimiento. “La obra de Feliza, muchas veces cuestionada por la experimentación con los materiales y el cambio de sentido en la representación, abrió la puerta en el ámbito escultórico colombiano”, asegura Camilo Leyva.
Su obra expuesta y reunida aparece pasmosamente contemporánea, y devela cómo Feliza hizo los primeros esfuerzos por crear instalaciones y por darles al espacio y al espectador otros protagonismos todavía desconocidos en su época. “La consecución de esta muestra fue complicada, muchas de sus obras por su misma naturaleza habían desaparecido, se habían despedazado, otras no sabíamos si habían existido o no todo a causa de la forma como Feliza se burló una y otra vez de los periodistas que la entrevistaban y a los que nunca les dio información exacta”, comenta por su parte Manuela Ochoa.
Después de ver las Histéricas —esas máquinas que provista de un motor chillan y se sacuden—, de pasar por sus camas, unos catres sobre los que se acuestan unas estructuras metálicas que luego Feliza cubrió con telas brillantes, y de ver sus minimáquinas, se siente que algo de su risa estrambótica, de su particularidad carácter, de su desorden alocado, de su política anárquica ha quedado plasmado en la sala.