21 May 2018 - 8:24 p. m.

Emilio Alberto Restrepo: "Es posible que el verdadero yo, sea el otro"

Entrevista con el ginecólogo y escritor, Emilio Alberto Restrepo, autor del libro "Joaquín Tornado, detective"

Óscar Jairo González Hernández

El escritor Emilio Alberto Restrepo es antioqueño y sus publicaciones se dividen entre libros de cuentos, novelas y poemas.  / Cortesía
El escritor Emilio Alberto Restrepo es antioqueño y sus publicaciones se dividen entre libros de cuentos, novelas y poemas. / Cortesía

¿Cómo, desde dónde y porque siente necesidad de escribir y que hace para realizarlo, qué realidad y sentido tiene para usted?

Siempre quería contar historias, pues crecí en medio de una tradición oral muy fuerte por la familia, por el barrio, por la gallada de amigotes, todo el día jugando e inventando aventuras en las calles, en las mangas, porque no había tampoco muchas otras opciones, pues fui niño en los años 60 y 70s. La palabra me embrujaba, me obnubilaba el poder seductor de las anécdotas, la fuerza de las narraciones. No me quería mover de donde hubiera un buen palabrero. Más tarde llegaron las lecturas y mi universo se expandió y quise ser como esos escritores que me hipnotizaban a través de un relato. Desde entonces quise escribir. Lo intenté mucho tiempo, sin encontrar las herramientas adecuadas, hasta que los talleres literarios me encausaron y pude encontrar la manera de expresarme: ya no era solo la oralidad. La escritura había entrado en mi vida y, hasta ahora, me acompaña

¿En sus relatos la relación con la forma ciudad y usted mismo, desde su insaciable e incansable observación instintiva y metódica, como se da y que busca en ella?

Uno habla de lo que más conoce, de lo que ha vivido. Y la Ciudad, y particularmente el barrio, han sido el entorno natural que ha alimentado mis vivencias. Entonces de ellos hablo, de eso que he vivido, padecido, amado y sufrido. La Ciudad, siempre la Ciudad. Y, por supuesto, la medicina. Son los dos grandes filones temáticos que alimentan mi literatura.

¿Los personajes de sus relatos son construidos desde dónde y por qué, qué carácter les quiere y desea dar y para qué?

En el mismo sentido, surgen de las calles, las esquinas, las tiendas...mi personaje es el hombre común, al cual le ocurren situaciones fuera de lo normal. Lo mismo, los pacientes. Muchas historias surgen de los hospitales. Me he dado cuenta que el sufrimiento, el dolor, el abandono, el miedo, la muerte son una fuente inagotable de literatura. De ahí parten mis personajes: de la ciudad, de la medicina. Hablo mucho de personas abandonadas de la esperanza o de la fortuna. Del marginal, del solitario, del desesperado, del que no tiene salida, del que se quedó sin ilusiones.

¿Desde qué consideraciones o lecturas de formación, se da en usted la necesidad de hacer novela llamada policíaca (negra) y cómo creó a Joaquín Tornado?

Muchas de mis lecturas de infancia fueron policiales y literatura de bolsillo (pulp). Desde que recuerdo leía a Sherlock, a Agatha, al agente X-9, a Rip Kirby. Y en televisión, Dimensión Desconocida y la serie de Alfred Hithcock presenta. Siempre me ha gustado el enigma, los giros de tuerca, los falsos culpables, las salidas sorpresivas. Siempre quise tener un personaje que resolviera casos y se planteara problemas e indagara sobre la naturaleza humana. Y estando ahí, en una búsqueda, una noche de tormenta sentí que estaba alguien respirándome en la nuca y mirando por detrás de mi hombro. Era Joaquín Tornado, que había recogido todo ese  bagaje, todas esas lecturas, toda esa formación, esos miedos, esos monstruos interiores, y desde entonces habita mis libros, saca lo mejor y lo peor de mí, enfrenta el bajo mundo, patonea las calles y los recovecos de la ciudad tratando de poner un poco de orden entre la miseria y el olor del pecado y la podredumbre humanas.

 ¿Cómo y desde dónde se da en usted (narrador) las construcciones y deconstrucciones del yo, como lo hace evidente o no, cómo lo oculta, en qué dimensión?

Alguien decía que uno siempre escribe sobre los mismos temas, sobre su propio yo o lo que más le impacta y le importa a ese yo, sobre su propia visión de la existencia, sacando lo mas puro y lo más abyecto del ser que uno es. Uno se disfraza de los personajes, pone las palabras de uno en boca de ellos, mal-disimula sus propias opiniones y sus taras y sus defectos en el carácter de ellos. Cada texto es un+ladrillo más en la pared del edificio de su propia obra. Cada personaje es una proyección, atenuada o exagerada, de la personalidad de uno. Uno escribe de lo que conoce, de lo que es, de lo que ha vivido, sentido y sufrido. Escribir es hacer catarsis de uno mismo, es mirarse en un espejo distorsionado, en donde es posible que la imagen verdadera sea la que se refleja y la falsa, la que sale desde dentro de uno. Es posible que el verdadero yo, sea el otro y que uno ha estado engañado todo el tiempo. Siempre es peligroso pero fascinante ahondar esos laberintos de la creación. No sabe uno que se va a encontrar; puede que a  uno mismo, encadenado y prisionero de sus propias limitaciones y neurosis, en lo mas profundo de una mazmorra. Es un juego aterrador, pero no hay marcha atrás.

¿Usted ha dicho que para un escritor es esencial saber escuchar: ¿Qué es lo que usted escucha y como se desarrolla y realiza esa escucha en sus relatos?

Toda  inspiración-creación entra por los sentidos. Es difícil inventar algo puro, que no sea impactado por un estímulo externo. Algo captado por los órganos de los sentidos genera en la mente una idea digna de ser contada; algo visto, algo olido, algo escuchado, algo leído, se traduce en una imagen mental, en un mapa conceptual. El escritor debe estar preparado, con sus sentidos dispuestos, para tener la sensibilidad de dejarse permear por esto que entra a su cerebro a través de lo sensorial. Pero sobre todo, debe tener agudo el oído: debe saber oír y escuchar, debe saber reconocer la música de las palabras, la cadencia de las voces. Esto le da el estilo propio a cada autor, una armonía que caracteriza sus textos. Por eso, lo de escuchar, se toma de varias formas: escuchar  hacia afuera (prójimo, personas, medios, historias, chismes, sonidos, ruidos, música) para alimentarse de los estímulos externos que le alimenten la inspiración y escuchar hacia adentro, el sonido del texto, la lectura en voz alta, las disonancias, la musicalidad de lo escrito, la repelencia o la cadencia, la consonancia o la estridencia, dependiendo de la voz que queramos darle

¿Cómo se dan en usted los títulos de sus libros, por decir: "Gamberros", "Después de Isabel", "El infierno", "El pabellón de la mandrágora"o "El abrazo de la viuda negra" y que intenta con ellos?

Para mí, titular es una obligación penosa pero estimulante, que demanda estrujarse mucho el cerebro, pues tiene que marcar una diferencia, tiene que darle una impronta, no caer en el lugar común y dar una idea del texto narrado. Para mí, merece toda la atención, toda la concentración. Debe ser contundente, tener recordación, tener carácter y tratar de no parecerse a nadie. Para mí, le insisto, es de la mayor importancia. Y le recuerdo otros: "Qué me queda de ti sino el olvido", "¿Alguien ha visto el entierro de un chino", "Una llamada por cobrar desde el infierno", "Música de buitres", etc.

En su lenguaje interviene mucho, el lenguaje cotidiano, si podemos llamarlo así: ¿En qué basa usted la búsqueda de su lenguaje, que lo lleve a otro manera de narrar?

En mi concepto, el escritor debe llegar al lector o sino está perdido. Hay varias formas de espantarlo: o con lenguaje rebuscado, artificioso, afectado, falsamente erudito, o con lenguaje ordinario, obsceno, procaz. Hay que buscar un equilibrio sano. En ocasiones hay que recurrir a lo escatológico, sin abusar del recurso, cuando sea necesario para el texto. A veces hay que usar un término erudito (casi nunca), cuando se amerite. Por ejemplo, si un personaje se tropieza o se asusta, nada peor que ponerlo a decir ¡¡¡Pamplinas!!!, ¡casi me fragmento mi artejo mayor, oh... el dolor me embarga!.” Esto se soluciona fácil con un buen ¡HP!, casi me parto el dedo! Un poco más brusco, pero más simple, mas real y, por tanto, mas eficaz. No genera rechazo en el lector y lo invita a acompañarlo en su dolor, no a rechazarlo por filipichín y pretencioso. Las lecturas, el tiempo y la revisión juiciosa, van dando las pautas para ir logrando el equilibrio y dejar de ser empalagoso o extremadamente campechano y chabacano. Si el adjetivo no es necesario o la metáfora no está bien hecha, sobran y chillan, y vuelven repelente el párrafo. Es por eso que debemos tratar de dominar el significado de las palabras, la ortografía, la puntuación, la gramática, la estructura, etc.

¿En qué resoluciones o no, del carácter de su escritura, le interesa o no lo estético y como se da en esa su inmersión escritural? 

El párrafo tiene su ritmo, su música, van pidiendo cuerda de acuerdo a la necesidad de la frase, del personaje, de la situación planteada. Por épocas, uno se preocupa más del lenguaje. En otras, por la caracterización, fuerza y veracidad del personaje. En otras, por la estructura. En otras, simplemente por la belleza, por la forma pura, por lo que usted denomina “lo estético”. En otras, por la coherencia y el valor de la historia relatada. Cuando usted logra armonía y equilibrio y solvencia en todos estos aspectos, usted tiene en sus manos una obra maestra. Aplique esto a Cien años de soledad, al Quijote, a las grandes obras y se dará cuenta. Por eso es tan difícil tener en la misma cuadra un García Márquez o un Borges. Lograr esas cumbres sin perecer en el intento, es un atributo de los grandes maestros. El resto nos partimos el lomo tratando de sacar el texto lo mejor posible, sufriendo en carne propia las obvias, y en ocasiones insalvables,  limitaciones.

¿Le interesa establecer los hechos que narra, su verdad, su realidad, su historia o no, y por qué sí o por qué no?

Lo importante no es la realidad de la historia con respecto a un referente de “la vida real”, sino la veracidad de la historia en sí misma. Que se logre una efectiva “supresión de la incredulidad” porque el texto en sí mismo es tan fuerte, tan sólido, que establece sus propias normas de realidad, independiente del resto. Es por eso que Cortazar es tan veraz cuando nos cuenta, con toda la naturalidad del mundo, que su personaje está “vomitando conejitos”, lo mismo Asimov o Bradbury, o el mismo Borges reescribiendo el Quijote o Gabo elevando a su personaje en cuerpo y alma hacia el cielo,  como si nada, todo tan normal. Soy poco dado a la fantasía o a la ciencia-ficción, me matriculo más en el realismo sucio que en realismo mágico y estoy fuertemente presionado por que mis escritos anden sintonizados en clave de vida real. Escribo sobre personajes comunes a los cuales les suceden, por asuntos del azar o el infortunio, cosas extraordinarias, pero no exentas de verosimilitud. Si yo no me las creo, no funcionarán tampoco en el lector y echará el libro a la basura. Es todo un reto.

¿Cómo se dio en usted (inicial escritor) su formación y cómo alcanza a tener estructurales elementos narrativos y sí ellos se deben a una formación en un Taller Literario?

Primero fui lector, voraz y desordenado, sin más método que la compulsión sin filtro alguno. Luego, fui temático, por géneros y autores. Luego traté de escribir, pero el texto no cuajaba, no daba punto. Podían ser historias y personajes poderosos, pero faltaba algo, el resultado no era bueno, estaba lleno de vicios e inconsistencias, estaba inmaduro, me faltaba método y escuela. Sin rubor digo que el Taller literario me ha dado, de a poco, y no sin avaricia, o será cuestión de simple brutalidad, todos esos elementos. Día a día, libro a libro, yo mismo y muchos de mis lectores hemos visto la evolución, sin dejar de reconocer que a muchos les gustaba más el salvajismo y el desafore de "Textos para pervertir a la juventud" , de "Los Círculos perpetuos"   o del "Pabellón de la mandrágora", mis primeros libros.

Usted ha obtenido varios premios literarios y becas para realizar su tarea y continuar desarrollándola como ha deseado: ¿Qué son ellos para usted y el desarrollo o no de lo que hace, como se transforma o no?

Le confieso, sin pudor intelectualoide, que me gustan los concursos, me gusta participar en ellos, me he ganado algunos, he perdido la mayoría y en muchos, he quedado de finalista, (de “primera princesa”, como se burlan de mí algunos de los colegas). Lo importante es escribir, gozársela, tener método, disciplina y rigor. Si en el camino se atraviesa un premio, bienvenido, es estimulante, le trae a uno nuevos lectores, mucha gente se interesa por la obra anterior, le da un poco de más visibilidad para ser un poco más leído. Mire usted: ahora me está entrevistando, por haberme ganado la beca del Municipio con "Gamberros S.A".; de lo contrario, no nos hubiéramos conocido, ni usted como periodista o crítico se hubiera interesado por lo que pienso sobre el arte de la creación literaria. Eso está muy bien y lo agradezco, pues con seguridad gracias a ello, los lectores de su periódico se podrían potencialmente interesar por leer mis libros. Lo importante es el rigor, tratar de escribir bien y cada vez mejor. No obsesionarse con el concurso ni amargarse por no ganarlo. Los concursos no son matemáticos ni justos. Los jurados no siempre premian al mejor. Si la obra es buena, y no gana esta vez, hay que revisarla y mejorarla, que con seguridad tarde o temprano encontrará su espacio, le llegará su tiempo.

Starobinski habla de la ciencia química en Balzac, la química de las relaciones: ¿Hay química en sus textos y es consciente o no de ella?

Eso no lo debo decir yo. Eso lo dicen lectores y críticos. Por supuesto, hay gente que no los disfruta, que no les gusta o mi estilo o mis temas o mi lenguaje. Pero por otro lado, tengo un grupo de lectores fieles, constantes, comprometidos, que me siguen, me recomiendan, me escriben, compran los libros, me preguntan cosas de los personajes y no falta la loquita que me declare su amor platónico. Esto me permite inferir que, con ellos, sí tengo la química que usted llama. Cuando se pierda esefeeling -no lo permitan las musas- se pierden afinidades, adeptos y me imagino que se queda uno muy solo en el mundo literario.

¿Considera y observa en usted la literatura como una enfermedad o como una liberación de la enfermedad y por qué?

En mi caso, es catártica, sanatoria, terapéutica. Es mi siquiatra particular y me permite exorcizar muchos demonios que de otra manera me tornarían en un asesino en serie. Le cuento con ejemplos. En una ocasión me demandaron por una complicación grave en mi oficio como médico. La demanda me la inició un colega con el cual había tenido un altercado, a manera de retaliación. Cuando me enteré, tuve la convicción de que lo que tenía que hacer era mandarlo asesinar, de manera lenta y dolorosa,  a como una forma de reparación, de venganza necesaria para el espíritu. Afortunadamente no ocurrió así: la literatura vino a salvarnos a los dos, a mí de la cárcel, a él del empalamiento. Escribí una novela corta, "Crónica de un proceso", en donde cuento pormenorizadamente el caso. Fue publicada por la Universidad CES. Hoy se estudia en la cátedra de ética y de derecho médico y he dictado decenas de conferencias de cuenta de esa publicación. Lo mismo con un primo hermano, amigo entrañable, que  por la vía del corazón se me metió al bolsillo, con la idea de quitarme todo el patrimonio. Casi me deja en la ruina. La literatura me permitió sanar el sentimiento de traición, de odio y de resentimiento, mientras me recuperaba. Le quedó, como homenaje y testimonio, un cuento y una novela de mi amigo Joaquín Tornado llamado "El primo y el timo". Mientras uno escribe, no piensa en dañar a nadie, no comete pecados ni incurre en delitos. O por lo menos, si lo hace, es inofensivo. Todo queda en el papel.

¿Cuál es su método para decidir y determinar, que historias de lo que ve, de lo que escucha y de lo que siente, es la que escribirá o no, cómo hace?

No se sabe. Hay una especie de afinidad, inmediata o tardía, que hace que un tema le dé vueltas en la cabeza a uno durante un tiempo. Repito, primero entra por los sentidos, luego se asoma una y otra vez, como reclamando su espacio. Luego produce una especie de regocijo, o un malestar, o una idea recurrente, que hasta que no se lleva al texto,  no se resuelve. Luego llega otra y otra. Otras veces no es tan simple. Uno la anota en una agenda o en un archivo, “por lo que pueda ocurrir”, porque en otro momento pueda tener algún interés. Entonces, cuando encuentra su espacio, viene a la memoria, o por esos azares no tan gratuitos, ese día uno abre el computador y la idea asoma sus narices, para ocupar el espacio que tenía destinado desde siempre. Es algo un tanto mágico, pero que sabemos que existe. A veces son fuertes y determinadas desde el principio, uno sabe que tienen tanta fuerza, que terminan en una novela, completas, redondas, tal y como se la contaron a uno. Eso me pasó en "La milonga del bandido", en "El tren de los malditos" o en "Que me queda de ti sino el olvido".  Solo tuve que escribir, pulir, organizar: la estructura estaba completa, me fue dictada de principio a fin.

 

 

 

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