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Empiece a leer “El profeta”, la nueva novela sobre Jesús de Nazaret

Dos capítulos de “El profeta. La gran novela de Jesús de Nazaret”, recién publicada en Colombia con el sello Ediciones B.

José María Zavala * / Especial para El Espectador

31 de marzo de 2026 - 10:00 a. m.
Ahora, con "El Profeta", José María Zavala retoma la figura de Jesús tras haber publicado El secreto del rey con la misma editorial en 2013.
Foto: Cortesía del autor
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Siglo I. Condenado por un crimen de sangre, el oficial romano Lucio Fedro tiene la peligrosa misión de seguir los pasos de un hombre del que todo el mundo habla pero del que poco se sabe: Jesús de Nazaret. No hay rincón del Imperio donde no se oiga su nombre. Unos dicen que es un revolucionario; otros, un simple profeta; él afirma ser “el hijo de Dios”. Lo que está claro es que ese hombre está desafiando el poder de Roma y Lucio deberá desentrañar los misterios que rodean su figura al tiempo que se enfrenta a las sombras de su propio pasado.

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Capítulo 6

MISIÓN COLUMBA

Sede de la guardia pretoriana, 31 d. C.

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Tardé varios días en recuperarme. Me puse en forma, me alimenté bien y volví a ser prácticamente el mismo que antes de mi infausto ingreso en prisión. A pesar de que Macrón era el segundo hombre más influyente de Roma, también era una persona que cuidaba las apariencias, ecuánime y justo a su modo. Así que tuve que cumplir semanas interminables de cárcel, pero me libré de la pena de muerte por asesinar a sangre fría a un oficial de Roma.

Me reincorporé a la guardia pretoriana, aunque no como soldado, el rango que tenía antes. Para mi sorpresa, entré a formar parte del cuerpo de speculatores, un grupo especial dentro de los pretorianos encargado de tareas de inteligencia. La orden vino directamente de Macrón y yo no osé contradecirle. Me había sacado de la cárcel y devuelto a la vida. Haría cualquier cosa que me ordenase.

Siempre que debía confiarme algo importante, Macrón solía citarme en su despacho de la moderna edificación fortificada donde se cobijaba el campamento pretoriano. Pero si se trataba de un asunto más íntimo y familiar, entonces él y yo nos reuníamos en otro lugar mucho más apacible y proclive a las confesiones, como sin duda era la residencia imperial, que Tiberio había puesto a disposición del prefecto del Pretorio tras retirarse a Capri.

Paradojas del destino, Sejano había promovido la construcción de toda aquella enorme ciudadela militar, donde se agrupaban las cohortes pretorianas en barracones junto a la Muralla Serviana que custodiaba Roma. Antiguamente, los ciudadanos acogían a los soldados a regañadientes en sus casas particulares hasta que Sejano, con el beneplácito de Tiberio, congregó en ese nuevo emplazamiento fuera de la metrópoli, entre las vías Nomentana y Collatina, muy cerca del perímetro amurallado, a todas las cohortes dispersas durante el reinado de Augusto. Agrupar así a las fuerzas pretorianas de Roma en un solo campamento reforzó la presión que Sejano podía ejercer a conveniencia, además de granjearle agradecimientos y lealtades ante un hipotético golpe de Estado.

—Pasa, Lucio —me indicó Macrón aquella mañana lluviosa que había enfangado las arterias principales del campamento.

A juzgar por su rostro risueño y recién afeitado, presentí su entusiasmo por lo que iba a contarme.

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—Te queda bien —advirtió complacido señalando mi barba—. Tienes un aspecto fiero.

—Me he acostumbrado a ella y ahora me sentiría desnudo si me afeitase —afirmé mientras me acariciaba el cabello y la melena.

Comentarios triviales como aquellos precedían siempre a los asuntos importantes, y la conversación se alargaba más de lo normal. Eso significaba que la información que iba a darme era trascendental. Macrón y yo nos conocíamos bien, como padre e hijo adoptivo, y temía por tanto que él pudiese arrojar en cualquier momento su pilum verbal contra mí con algún encargo comprometido, arriesgado y hasta desagradable.

—Te he llamado para una misión secreta —afirmó al fin.

—Lo suponía —ratifiqué. He ahí el motivo de mi ingreso en los speculatores—. Está bien, tú dirás.

—Viajarás a Galilea —dijo sin rodeos—. He recibido información de una posible revuelta. Hay un agitador, un revolucionario que está dando muchos problemas a los miembros del Sanedrín judío.

—¿Tan peligroso es ese hombre que no pueden ocuparse de él nuestras tropas allí? —Sentía curiosidad a la vez que me resultaba extraña la misión. La presencia romana en aquellas tierras era importante y tenían potestad para actuar sin rendir cuentas a nadie.

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—Al parecer se ha convertido también en una amenaza para Roma —afirmó Macrón—. Las autoridades judías ya eran susceptibles a las predicaciones del tal Bautista. Y ahora este profeta revolucionario encabeza una sedición que amenaza la estabilidad de nuestras provincias de Judea, Samaría y Galilea. Insiste en que el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Los judíos piden que intervengan las autoridades romanas. Por eso es una misión tan importante. Tiberio está muy preocupado y me ha pedido que envíe al mejor espía del Imperio.

—¿Y ese espía soy yo?

—Sabia deducción.

Quid pro quo?

—Así es, Lucio, tu libertad a cambio de la misión.

—¿Y por qué un espía? —pregunté intrigado.

—Los males hay que cortarlos de raíz, conocer su origen y atajarlos desde dentro —aseguró convencido—. Tu cometido será infiltrarte en el grupo de seguidores de ese revolucionario y disolverlo.

—¿Crees de verdad que alguien como yo, acostumbrado a la guerra, será capaz de introducirse entre los partidarios de ese impostor?

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—Tiberio y yo estamos seguros de ello.

—Explícame cómo…

—Déjame decirte antes que me agrada mucho que te tomes esto como una propuesta, y no como una orden.

—¿Acaso tengo otra alternativa?

Macrón sonrió divertido.

—Te embarcarás como polizón en un barco que zarpará en breve rumbo a Cesarea Marítima.

Abrió el cajón de la mesa y extrajo un medallón de latón con una paloma grabada en el centro.

—¿Qué objeto es ese? —inquirí yo atónito.

—Te proporcionará la coartada que necesitas. Ese grupo utiliza este símbolo para identificarse entre ellos.

—Venga, padre, ¿tú crees que alguien será tan ingenuo de tragarse que un tribuno del Pretorio es un seguidor confeso de ese profeta?

—Aún no he terminado.

Macrón era un maestro del desconcierto y disfrutaba sembrando la intriga para mantenerme en vilo. Ya hubiese querido Cayo Albucio Silo seducir con su retórica al auditorio, o Plauto y Terencio cautivar a los lectores con sus enredos amorosos, como Macrón sabía hacer conmigo. No exagero. Presentía que iba a decirme algo desagradable, y esta vez tampoco me equivoqué.

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—Cuando tu barco atraque en el puerto de Cesarea Marítima serás detenido y puesto a disposición judicial en Jerusalén.

Sacudí la cabeza de aturdimiento.

—¿Apresado…? ¿Juzgado…? ¡Qué estás diciendo! —exclamé.

—Embarcar como polizón en una nave está penado por las leyes. Y para que nadie sospeche, serás flagelado en la plaza pública.

Por mi expresión de asombro, Macrón intuyó enseguida el seísmo interior que me convulsionaba. Guardé silencio un instante con la esperanza vana de que no hablase en serio, pero pronto me devolvió a la cruda realidad con el talante conciliador que reservaba siempre para las situaciones difíciles y comprometidas.

—Lucio, entiendo que te cueste digerirlo, pero créeme: Tiberio y yo estamos convencidos de que no existe un plan mejor y de que tú lo ejecutarás a la perfección.

Podría haberse ahorrado la galantería. A fin de cuentas, estaba obligado a obedecer si no quería morir decapitado tras reingresar en aquella cárcel inmunda.

—Está bien —añadí resignado—. Al parecer no tengo otra salida.

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—Prestarás un servicio impagable a Roma y al César. Ese revolucionario y falso profeta empieza a causarnos serios problemas. Herodes Antipas nos ha informado sobre algunas locuras cometidas por ese agitador de masas.

—¿Locuras…? ¿Qué locuras?

—El tetrarca está indignado porque dicen que ese hombre curó al hijo de un funcionario de su corte llamado Cusa. Enterado de que el sujeto había llegado a Caná de Galilea, el intendente fue a verle allí para implorarle que sanase a su hijo.

—Solo dime que lo resucitó… —Dejé escapar una risita.

—Y hay más… «milagros». Tu misión es ir allí y desenmascarar a ese praestigiator.

—Menudo disparate.

—Pero lo grave no es que lo sea, sino que la fama de ese embaucador al que llaman «maestro» se ha extendido ya por toda la comarca ribereña.

Suspiré con resignación.

—¿Y puedo saber el nombre de ese revolucionario o también es secreto? —pregunté ya mentalizado de mi duro cometido.

—Se hace llamar Jesús de Nazaret.

En 1977 se estrenó la película Jesús de Nazaret, de Franco Zeffirelli, que narró el nacimiento, vida, muerte y resurrección de Jesús.
Foto: Getty Images - Getty Images

7

LAS TERMAS

Palacio de Tiberio, Roma, 31 d. C.

Al día siguiente, Macrón me invitó a tomar un baño relajante en la terma del palacio de Tiberio. Sabía que lo necesitaba y él jamás daba puntada sin hilo.

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Atravesamos un ancho vestíbulo decorado con hermosos frescos de vivos colores que representaban a las bacantes o sacerdotisas de Baco, el dios del vino, danzando semidesnudas con frenesí, y llegamos a un amplio vestuario. Mientras nos desvestíamos, acostumbrados al natural desparpajo en las duchas de los cuarteles, dejamos nuestras togas y túnicas en las alacenas de la pared, a la altura de nuestras cabezas, y nos sentamos en un gran banco de mampostería alineado por todo el recinto. Los sirvientes quedaron al cuidado de la ropa.

Apenas entramos en el caldario con la toalla al hombro, percibimos el calor. Allí la temperatura se mantenía elevada gracias a las bañeras y depósitos de agua calentada tres horas antes junto a los hornos de leña. Era la estancia más luminosa y adornada de todas, con mosaicos que mostraban a la rubia Tetis de argénteos pies, la diosa griega del mar, en compañía de su hijo Aquiles, el héroe de la Ilíada. A su lado, galopando sobre las olas a lomos de un caballo blanco, tridente en mano, el dios Neptuno.

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La terma contaba también con dos piscinas climatizadas para nadar y, bajando por unas escaleras de mármol, se podían tomar baños en recipientes de pórfido más reducidos. Pero nosotros nos decidimos por una sala de temperatura agradable, donde el aire caliente procedente de las calderas discurría por conductos bajo el suelo y tuberías empotradas en las paredes.

—Sentémonos aquí —indicó Macrón.

Nos acomodamos en una especie de solios con respaldo, abiertos en la zona del asiento y rodeados de agua caliente, con el vapor envolviéndonos por todas partes. Conté más de doscientos tronos como los nuestros repartidos por la inmensa sala. A Tiberio le encantaba organizar orgías en aquella estancia adornada con frescos que representaban a los dioses cohabitando con las diosas en las posturas más variadas, donde las direcciones se indicaban con dibujos de penes, al igual que en los lupanares de Pompeya.

—Te quiero como a un hijo, Lucio, y lamento haber cargado sobre tus espaldas los grandes sacrificios que conlleva la Misión Columba. —Así habían llamado a la operación encomendada en alusión a la paloma o «columba», en latín, reproducida en el medallón que Macrón me había entregado como coartada—. Pero créeme, es muy importante para el destino de Roma que tu cometido tenga éxito. No podemos correr riesgos con embaucadores tan peligrosos como ese Jesús de Nazaret, que juegan a competir con nuestros dioses y cuestionan el culto al emperador.

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—No te preocupes, padre —dije para tranquilizarle—. Roma estará siempre por encima de todo, y si tengo que soportar los peores castigos y humillaciones con tal de servirla, no dudes que lo haré.

—Lo sé, hijo. Llevas la herencia del Imperio en la sangre: tu padre derramó la suya por el mismo ideal que ahora te mueve a ti. Y tu madre, Ceres, como la diosa de los cultivos a la que debía su nombre, sembró en ti desde niño el amor a Roma y a los dioses. Y tan arraigada semilla solo podrá marchitarse con tu muerte.

Macrón sabía que yo no temía a la muerte, pues concedía a la vida muy escaso valor. Tampoco me preocupaba en exceso el tremendo dolor de los latigazos, sino más bien la vergüenza y el ultraje de ser azotado para escarnio público por algo que yo no era: un traidor a Roma. Pensar en esa falsa acusación me afligía, pero había comprendido finalmente que, si de verdad amaba al Imperio y al César, debía estar dispuesto a sacrificarme por ellos hasta el punto de perder mi propia reputación. Roma valía más que la sangre de todos los hombres, empezando por la mía.

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—¿Qué noticias tienes de Flavia? —dije cambiando de tema.

—Está en Séforis, en Galilea —afirmó Macrón de pronto.

—¿Cómo? ¿Flavia en Galilea? —inquirí, visiblemente asombrado.

No la había visto desde antes de entrar en prisión. Tampoco pregunté por ella. No quería que contemplase mi aspecto demacrado. A tenor de la actitud de Macrón, nadie le había informado de mi encarcelamiento.

—Va a casarse con Benicio Quinto Celso, jefe de la guardia de Herodes, antes de cumplir los veintitrés años.

—Le conozco. Servimos juntos en Germania —afirmé recordando mis días de batalla.

—De ella, precisamente, quería hablarte —añadió su padre.

—¿Sucede algo?

—Nada, pero tal vez mi hija suponga un obstáculo para la misión.

—Dudo que Flavia llegue a creerse que yo he traicionado a Roma —objeté.

—Tranquilo, la conozco mejor que tú y sé que la condena del magistrado y el castigo ejemplar en la plaza pública la convencerán de ello. Apuesto a que ya no querrá verte más, por muy hermano suyo que te considere.

—Me consta que es una mujer de principios y de una lealtad inquebrantable a Roma —manifesté.

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—Lo lleva en la sangre, como tú. Su madre y yo nos desvivimos para que así fuera desde que nació. Y además es bella, ¿verdad? Cada vez que Ennia pasaba por delante del templo dedicado a Venus, dirigía una oración a la diosa para que nuestra hija fuese hermosa de mayor. En cierta ocasión, incluso le hizo una promesa que nunca me reveló, pero que debió de cumplir a rajatabla viéndola crecer tan preciosa.

—Y que lo digas.

—¿Te gusta ella, Lucio? —añadió sospechando algo.

—Solo un ciego sería incapaz de apreciar sus encantos.

Su intuición era tan precisa como la de una mujer, y mucho más que la certeza de un hombre. Antes del compromiso con Benicio Quinto Celso, Macrón nos repetía a Flavia y a mí que formábamos una atractiva pareja, y yo también presentía que a él le habría gustado vernos juntos para siempre, aunque ambos supiésemos que eso era ya imposible.

—La echo de menos, si te refieres a eso —admití evasivo.

—Flavia era un primor bordando mis prendas de vestir, como su madre —evocó—. Jamás he usado más vestimentas que las hiladas y tejidas por sus finas manos.

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—Tocaba la cítara como un ángel, y danzaba con la elegancia acompasada de un cisne —agregué añorando las tardes juveniles en el escenario improvisado de nuestro hogar.

—Aún no había cumplido los catorce y ya tenía la sabiduría de la vejez y la dignidad de una mujer. Como buena romana, ha crecido acostumbrada a considerarse miembro de una familia y de un Estado, sin pensar en su propio bienestar. Y así se comportará ella contigo, Lucio, cuando crea que has traicionado a Roma.

Aquel pensamiento me helaba la sangre; era un alto precio a pagar por salvaguardar la grandeza de Roma. Macrón abordó conmigo a continuación algunos detalles de la Misión Columba.

—Cuando llegues a Jerusalén, confía solo en el centurión Casio —me previno—. Nadie más que él, aparte de Herodes y de Pilato, prefecto de Judea, están al corriente de la misión. Herodes mantiene contacto directo con Tiberio, razón por la cual está enfrentado con Pilato, sobre todo porque el tetrarca se ha tomado la libertad de informar al emperador de todo cuanto sucede en las provincias romanas de la región donde él no gobierna, incluida Judea. Y eso ha levantado recelos en Pilato.

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Acto seguido, Macrón me explicó que Herodes Antipas había recibido como herencia de su padre, Herodes el Grande, la Alta y Baja Galilea junto con la fosa del Jordán y de Genesaret en sus riberas occidentales. Y me alertó para que tuviese cuidado con su carácter débil e inconsistente pero violento y cruel, proclive a cierta religiosidad que en el fondo era mera superstición. Voluble e impresionable, Herodes se mostraba también a la vez, según Macrón, locuaz, vanidoso, fanfarrón, taimado y vengativo.

Sobre Pilato, me indicó que no era el hombre titubeante y débil que algunos pensaban, sino un sujeto inflexible, terco y cruel cuyo mandato se caracterizaba por la corrupción: desde sobornos y robos hasta atropellos y ejecuciones sin juicio previo.

—Tendré mucho cuidado con ambos —prometí.

—El éxito de la operación depende de ello —me advirtió—. Y ahora, si te parece, vamos a pedir que nos den un buen masaje. Nos lo merecemos, ¿no crees?

—Desde luego.

Condecorado en la batalla, Tiberio tenía ahora otro argumento más de peso para confiar en mí. En cierto modo yo le recordaba a mi padre, uno de los soldados más fieles que habían combatido a sus órdenes en multitud de campañas. Fue él quien sugirió que yo entrase a formar parte de los speculatores. Sin duda era una forma elegante de librarme de la cárcel.

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Macrón había llevado consigo a dos masajistas que nos aguardaban en la sala contigua. Antes de nada, los unctores nos limpiaron el cuerpo con un estrígilo y, tras abrir el oleotesium para extraer los aceites de oliva perfumados y las pomadas más exquisitas, nos hicieron tumbar sobre dos mesas de mármol para masajearnos vigorosamente. Friccionaron cada parte del cuerpo con un aceite aromatizado distinto: para el pecho y la espalda, emplearon el perfume de Fenicia, y para las piernas, el de Egipto; las friegas en los brazos las efectuaron con menta, y en las mejillas, con melisa.

Mientras saboreábamos finalmente un licor exquisito, Macrón me tenía reservada otra de sus sorpresas.

—Ahora voy a revelarte por fin mi secreto más íntimo.

* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial. José María Zavala es periodista, escritor y cineasta. Miembro de la Real Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, es Caballero Custodio de la Orden de Calatrava la Vieja y posee la Cruz de Plata con distintivo rojo al mérito profesional. Ha escrito libros como Dos infantes y un destino, La maldición de los Borbones, Bastardos y Borbones o Infantas. Algunas de sus obras de referencia como El Santo, la biografía del Padre Pío, El secreto mejor guardado de Fátima, Los últimos tiempos ya están aquí o Medjugorje también han merecido numerosas reimpresiones. Además, con Los Doce culminó la bilogía sobre el personaje del Jesús histórico y sus apóstoles que inició con Últimas noticias de Jesús. Zavala también ha dirigido y escrito siete películas estrenadas con gran éxito en más de veinte países.

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Por José María Zavala * / Especial para El Espectador

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