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Empiece a leer “La Diabla del Clan”, novela del escritor colombiano Jacobo Solano

“La Diabla del Clan” es una novela sobre el llamado Clan del Golfo, surgida de la masacre de una familia cristiana en Aguachica, Cesar. Está disponible en Amazon. Fragmento.

Jacobo Solano * / Especial para El Espectador

15 de abril de 2026 - 03:00 p. m.
“La Diabla del Clan” es el relato sobre un personaje que surgió tras la masacre de una familia cristiana (una pareja de pastores y sus dos hijos), en Aguachica, Cesar, crimen que impactó a Colombia en 2024. La novela está basada en una investigación del escritor y periodista Jacobo Solano, quien habló con fuentes oficiales y no oficiales, miembros de bandas, amigos y familiares de los implicados, además de un testigo ocular del múltiple asesinato. La protagonista pasa de madre adolescente a sicaria, de víctima de acceso carnal violento a verduga, participando en todo tipo de actos delictivos para convertirse en una líder del Clan del Golfo.
Foto: Archipo particular
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Paula Gómez Meza no nació mala. La violencia la parió en un rincón olvidado del sur del Cesar al norte de Colombia, donde ser pobre ya es una sentencia y ser mujer, un castigo adicional, creció entre el abandono, el hambre y la violencia. (…) Una mujer que construyó su poder con sangre y astucia, y que se ganó el respeto de muchos cuando la apodaron La Diabla por su belleza letal y su mirada implacable.

Capítulo 1

Los sueños rotos de una niña

El sol apenas asomaba su fuego tímido sobre el horizonte del río Magdalena, tiñendo de oro pálido las aguas turbias y eternas del norte de Colombia. En medio de ese paisaje húmedo y ancestral, una pequeña lancha cortaba la calma matutina. A bordo, Jaiber —un hombre de rostro curtido por el viento y los años, de manos ásperas como la corteza del árbol de algarrobillo— regresaba con su hija Paula tras una larga faena de pesca. Era época de subienda, y el río parecía generoso esa mañana: aún se oía el aleteo moribundo de los peces atrapados en la atarraya, que yacía enredada en el fondo de la embarcación, junto a un machete oxidado, un galón de gasolina y una cava blanca de icopor que transpiraba sal y sudor.

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—Papá, ¡qué bien nos fue esta mañana! —dijo Paula, con una sonrisa que se abría como flor de mayo. Era una muchacha de mirada clara y cabello liso, casi del color de la miel de abeja del campo. Tenía la frescura de quien apenas empieza a mirar el mundo, y en su voz vibraba una mezcla de ternura y esperanza: esa esperanza ingenua que crece, incluso, en los rincones más olvidados por el país.

—Sí, hija… Hoy es un gran día. Vamos a comprar todo para celebrar tus quince años —respondió Jaiber, mientras giraba el timón y empujaba la lancha río abajo, rumbo al puerto de Gamarra, en el sur del Cesar.

Paula le tomó la mano con cariño. La apretó fuerte, como si con ese gesto pudiera guardar ese momento para siempre. Estaba feliz. Sus padres habían prometido hacerle una pequeña reunión con sus amigas del colegio, en su humilde casa del barrio El Carmen, una zona pobre, de calles polvorientas, donde la gente resistía al olvido con trabajo y dignidad.

En el improvisado puerto, solo cuatro botes descargaban sus cargas. Jaiber amarró su lancha a uno de los postes de madera vieja, recogió la atarraya aún húmeda y guardó, con cuidado casi ritual, los frutos de la pesca: doce bagres robustos, ocho bocachicos y unas cuantas sardinas, que depositó sobre hielo en la cava. Luego, empujó su carreta por un sendero polvoriento que conducía al mercado donde solía vender. De pronto, una camioneta oscura apareció en el camino, avanzando como una sombra en medio del sol. Sus vidrios polarizados ocultaban rostros, intenciones, silencios. El vehículo se detuvo a su lado. El vidrio de una ventanilla descendió con lentitud, y desde el interior lo llamó una voz gruesa, seca:

—¡Jaiber!

—Sí… a la orden —respondió él, desconcertado, sujetando con firmeza su cava.

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Entonces, como surgidos de la nada, descendieron cuatro hombres armados hasta los dientes. Lo tomaron sin previo aviso. Jaiber intentó resistirse, más por instinto de conservación, que por valentía.

—¡Un momento, un momento! ¿A dónde me llevan? ¿Qué pasa? —preguntó, con el rostro descompuesto.

—¡Cállese y camine! —gruñó uno de los hombres, encajándole el cañón de una pistola en la sien, mientras otro lo sujetaba por la nuca como a un animal.

—Papá, ¿quiénes son estos hombres? —preguntó Paula, con voz temblorosa, paralizada por el miedo, los ojos abiertos como dos faroles encendidos en plena oscuridad.

—Tranquila, hija… esto es un malentendido. Ya regreso. Anda a casa y avísale a tu mamá.

Sus palabras fueron un susurro de valor en medio del caos. En ese instante, le colocaron una capucha negra en la cabeza y lo empujaron al platón de la camioneta. La escena quedó suspendida, flotando en el aire caliente del mercado. Algunos testigos miraron de reojo, otros bajaron la cabeza. Nadie dijo una sola palabra. Todos sabían: eran los paramilitares. La guerra invisible que se libraba en esa región del país tenía reglas silenciosas, y una de ellas era el miedo. Paula, al ver la camioneta alejarse, soltó un grito que desgarró la mañana: —

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¡Papáaaaaaaaaaaaaaaa! ¡No me dejes!

Se arrodilló sobre la arena caliente, como si el cuerpo no le respondiera más, y se cubrió la cabeza con las manos, rota en llanto, mientras la lancha —su lancha— seguía meciéndose en el río, como si el agua también estuviera llorando.

Una mujer que vendía arepas de huevo en un improvisado puesto frente al mercado soltó, sobresaltada, el trinche en el caldero de aceite hirviendo. El vapor le empañó el rostro mientras se limpiaba las manos con el delantal manchado de masa. Sin dudarlo, se acercó a la adolescente que, apenas al día siguiente, cumpliría quince años. La tomó suavemente del brazo, como quien recoge una flor caída, y le dijo con voz firme pero compasiva:

—Levántate, hija… Vamos a tu casa. Paula, todavía en estado de shock, caminaba como arrastrada por el viento. Durante el trayecto, le preguntaba una y otra vez a aquella mujer por qué se habían llevado a su padre. No obtuvo respuesta, solo el apretón silencioso de una mano que temblaba. Al llegar a casa, vio a su madre en la puerta. No necesitó decir nada. Rompió en llanto como si se le rompiera el alma.

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—¿Paula? ¿Qué te pasó, hija? —preguntó Gloria, la madre, con el rostro demudado.

Paula no podía hablar. El cuerpo no le respondía. Fue la señora del puesto de arepas quien se atrevió a dar la noticia. Madre e hija se fundieron en un abrazo inconsolable, una sola fuerza de dolor apretado por la ausencia del hombre de la casa.

A Jaiber lo sacaron del pueblo por trochas que parecían heridas abiertas en la tierra. Después de más de una hora de recorrido entre saltos, polvo y silencio, llegaron a un campamento paramilitar en las laderas ocultas de la Serranía del Perijá. Allí, en una tienda improvisada entre la maleza y los árboles, lo esperaba un hombre conocido en la zona como “Comandante Jhon 45”, quien, al tenerlo enfrente, le arrancó la capucha negra con un gesto de desdén.

—¿Usted sabe por qué está aquí?

Jaiber tragó saliva, tenía el corazón desbocado. Los ojos se le salían de las órbitas y su mente estaba nublada por los sucesos. Con voz temblorosa respondió:

—No… no sé qué está pasando.

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—Ah, ¿no sabe? Pues le recuerdo: usted transportó en el último mes a enemigos nuestros. Y tenemos información de que trabaja para ellos. Además, mucha gente en el pueblo dice que usted le pasa datos a la guerrilla para que extorsionen. ¿Entonces?

—No, señor… Yo solo transporto gente en el río para ganarme la vida. No paso información a nadie.

—¿Usted cree que yo tengo los dientes de leche? —expresó Jhon 45 con ironía—.

Llévenselo y le dan una lección. —¡Por favor, señor! ¡Le juro que digo la verdad! Tengo familia… ¿Qué me van a hacer?

Dos paramilitares, vestidos de camuflado y con los fusiles terciados a la espalda, lo sujetaron sin mirarlo a los ojos. Lo subieron a una camioneta blanca con platón, rumbo a un destino desconocido. Al día siguiente, Paula despertó sin haber dormido. Tenía los ojos enrojecidos, los pensamientos revueltos. Su madre entró temprano a la habitación con una sonrisa forzada.

—Feliz cumpleaños, mi amor… Pero Paula ni siquiera respondió. Se incorporó como empujada por una urgencia invisible, se bañó, se vistió y salió al comedor donde su madre asaba arepas sobre una paila caliente.

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—¿A dónde vas, hija? —preguntó Gloria.

—Mamá… necesito buscar ayuda. Tengo que saber dónde está papá. —Pero, hija, cálmate… No podemos hacer nada. Ayer ya buscamos por todas partes.

—Lo sé, pero tengo que volver. ¡Algo tiene que saberse! ¡Adiós!

—¡Paula, no te vayas a meter en más líos! ¡Por lo menos desayuna!

Paula tiró la puerta tras de sí. Su vínculo más profundo siempre había sido con su padre. Su madre, endurecida por los años y los maltratos, rara vez mostraba ternura. Paula se dirigió a la estación de Policía. Le dijeron que estaban “investigando”, pero el desinterés era evidente. En el pueblo no había oficina de la Defensoría del Pueblo ni de la Procuraduría. Denunciar era casi imposible. Las horas pasaban. El sol caía a pedazos sobre las calles desoladas. La zozobra la consumía. Al salir de la estación, con el alma hecha polvo, se le acercó un joven que trabajaba como mototaxista, un viejo amigo del colegio.

—Oiga, Paula… supo que por allá en la curva del Oso, bien arriba, apareció un hombre muerto. Paula se le quedó mirando, petrificada.

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—¿Cómo así? ¿Es mi papá?

—¡No, no! Yo no he dicho eso. Solo que… allá arriba en la trocha hay un muerto. No sé si quiera ir a ver…

—¿Sabe qué? Llévame a la Fiscalía. Quiero saber si ellos van a hacer el levantamiento.

Montada en la moto, llegaron hasta la sede local de la Fiscalía. Tuvieron que esperar. Los funcionarios estaban almorzando. Cuando por fin una fiscal la atendió, Paula entró a una oficina sofocante, sin ventilación, donde el aire acondicionado llevaba meses dañado. La funcionaria, abrumada por una montaña de carpetas, apenas levantó la vista mientras escuchaba su súplica. —Mire, niña… en esa zona no podemos subir. Hay enfrentamientos muy fuertes. Cuando la situación esté bajo control, iremos.

—Señora, por favor… ¡Ayúdeme! ¡Se lo pido por Dios!

La fiscal la miró con fastidio, mientras organizaba las carpetas en un viejo estante que parecía desarmarse.

—Le digo que no. Cuando sea posible, se hará. Mientras tanto, retírese de mi despacho.

—¡Usted no está cumpliendo con su trabajo! ¡La voy a denunciar! Dijo Paula y alzó la voz:

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—Haga lo que quiera. Y me hace el favor… ¡salga ya!

Paula salió con las lágrimas brotando, como si la vida se le derramara por los ojos. Estaba desesperada. El presentimiento de que aquel cuerpo en la trocha era el de su padre se volvía más fuerte. Corrió hacia su amigo mototaxista.

—¡Llévame a la curva del Oso! ¡Por favor! ¡Los del CTI no quieren hacer el levantamiento y yo… yo necesito saber si ese cadáver es mi papá!

—Hasta la curva del Oso no entro. Eso está caliente. Mucho plomo por allá. Pero te dejo en el Cañón de la Llorona… De ahí caminas media hora.

—¡Hágale, vamos! —dijo Paula, y se montó en la moto con el corazón latiéndole como una locomotora a vapor.

Subieron por las laderas que serpenteaban entre la Serranía, donde la guerra entre paramilitares y guerrilleros seguía brotando como una herida abierta en el monte.

(…) “Al llegar al Cañón de la Llorona, Paula descendió de la moto (…) Empezó a caminar monte adentro, con los nervios crispados y el corazón latiendo con más fuerza. No había un alma en el lugar, solo el canto lejano de los pájaros y los sonidos profundos del monte la acompañaban en ese ascenso a lo desconocido. Rezaba en silencio, suplicando que el cadáver del que hablaban no fuera el de su padre”.
Foto: Archivo Particular

Al llegar al Cañón de la Llorona, Paula descendió de la moto y se despidió con un gesto de su amigo mototaxista. Empezó a caminar monte adentro, con los nervios crispados y el corazón latiendo con más fuerza. No había un alma en el lugar, solo el canto lejano de los pájaros y los sonidos profundos del monte la acompañaban en ese ascenso a lo desconocido. Rezaba en silencio, suplicando que el cadáver del que hablaban no fuera el de su padre. Cada paso era una punzada de angustia.

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De pronto, un campesino apareció montado en una mula. Se detuvo al verla. —Señorita, ¿qué hace por aquí? Esta zona es muy peligrosa —le advirtió con preocupación. Paula, sin contener las lágrimas, le explicó la razón de su presencia. El campesino la miró con compasión y le dijo que subiera a la mula, que la arrimaría un poco más. Ella, con dificultad, aceptó la ayuda. El trayecto se acortó gracias al trote lento del animal.

A lo lejos, comenzaron a divisar una bandada de gallinazos revoloteando en círculo. El campesino se detuvo y Paula bajó de un salto. Echó a correr, desesperada por ver el rostro del cuerpo que yacía boca abajo sobre la tierra reseca. Los gallinazos alzaron vuelo al percibir su presencia. Paula volteó el cadáver con manos temblorosas. Sobre una mancha seca de sangre, reconoció la camisa amarilla, el pantalón marrón… y el rostro hinchado de su padre.

—¡Papá noooooo! ¡No me dejes sola! —gritó con un dolor tan profundo que pareció partir el silencio del monte en mil pedazos.

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Era Jaiber. Tenía un ojo abierto, el otro cerrado; su cabello mezclado con sangre y tierra. Le habían disparado dos veces en la cabeza y tres en el pecho. No hubo misericordia. El campesino, con el sombrero en la mano, se acercó con cautela.

—Tranquila, joven… son los designios de Dios.

—¡No! ¡Esto no fue Dios! ¡Fueron unos malditos asesinos! ¡Mi papá era un hombre bueno!

—Lo sé, señorita. Pero lo mejor es que regrese al pueblo para que hagan el levantamiento del cadáver.

—La Fiscalía no quiere subir… por favor, ayúdeme a enterrarlo, se lo imploro. Mire cómo ya los gallinazos se lo quieren comer…

—Señorita, entiéndame, no puedo. Aquí el monte tiene ojos. Si me ven enterrando ese cuerpo, vienen por mí. Esta zona está muy caliente —dijo con voz temblorosa, atrapado entre la compasión y el miedo.

—¡Por favor, se lo ruego! —Paula se arrodilló ante él.

—Levántese… yo no soy Dios. Ya le dije, no quiero meterme en problemas —respondió el hombre, endurecido por años de sobrevivir en tierra de nadie.

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—Entonces présteme el pico y la pala que lleva ahí. Yo misma cubriré a mi papá —dijo con la voz rota.

El campesino, vencido por la conciencia, le entregó las herramientas y una soga. Luego se alejó en silencio, sin mirar atrás para no conmoverse. Paula, con el alma desgarrada, comenzó a arrastrar el cuerpo entre los matorrales. Sabía que no podía dejarlo a merced de las aves de rapiña porqué seguro le sacarían los ojos. Caminó unos cien metros hasta encontrar una hondonada. Allí, con manos débiles y el corazón roto, comenzó a cavar. Cada palada era un lamento. Cada golpe del pico, una herida más en su espíritu.

—Papá… sé que querías celebrar mis quince… se fueron todos nuestros planes… pero aquí estoy, contigo, dándote sepultura… porque te amo. Te amaré siempre —le decía entre sollozos mientras echaba tierra sobre su cuerpo.

Estaba terminando de cubrir el cadáver cuando escuchó pasos. Al voltear, vio al campesino que regresaba.

—Señorita… déjeme ayudarla —dijo, conmovido por el valor de la joven. No alcanzó a dar más de tres pasos cuando la tierra bajo sus pies estalló. Una mina antipersona lo lanzó por el aire. Paula gritó, paralizada. El campesino yacía en el suelo, su pierna derecha arrancada de tajo, la otra colgando de un hilo de carne.

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—¡Ayúdeme! ¡No me deje morir! —gritaba él, ahogado en dolor.

Paula, temblando, comprendió que estaba en un campo minado. No podía moverse con libertad. El campesino comenzó a desangrarse, su voz se apagaba. No había nada que hacer. Ella debía salir de allí antes de convertirse en la siguiente víctima. Con lágrimas en los ojos, le dio la última palada a la tumba improvisada, hizo una cruz con dos palos que ató con la soga, la clavó sobre la tierra y comenzó a caminar con extremo cuidado. Al llegar de nuevo a la trocha, miró atrás. Se detuvo un momento, talló una marca en un árbol para recordar dónde había enterrado a su padre y siguió su camino hacia el pueblo.

Nadie quiso ayudarla. Nadie se atrevía a subir hasta la zona. Volvió a casa, deshecha.

—Paula, ¡usted es muy inconsciente! —le reclamó su madre al escuchar la historia.

—¡Pero mamá, era el cadáver de mi papá!

—Deje que las autoridades resuelvan eso —respondió Gloria, con una frialdad que heló el alma de su hija.

—Usted es una desalmada —dijo Paula, y corrió a encerrarse en su cuarto. En el fondo, Gloria se había quitado un peso de encima.

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Jaiber, cada vez que bebía, la golpeaba. Le guardaba un rencor silencioso, como una espina enterrada en la carne. Tres días después, cuando cesaron los enfrentamientos y el Ejército aseguró el paso, la Fiscalía entró al monte. Paula los acompañó y guió a los funcionarios. Ya no había un solo cadáver, sino dos: el de su padre y el del campesino. Un equipo especializado en explosivos los desenterró con sumo cuidado.

El cuerpo de Jaiber fue depositado en una bandeja metálica y llevado en una camioneta rumbo al pueblo. Allí lo esperaban sus compañeros pescadores, que le hicieron una calle de honor con atarrayas y cañas. Fue sepultado con honores humildes, en el cementerio del pueblo.

Durante el sepelio, Paula solo tenía una palabra repitiéndosele en la mente: venganza. Aunque sabía, muy en el fondo, que enfrentarse a un ejército armado era una utopía… por ahora. Pasaron los días, y Paula volvió a la escuela. Estaba cursando undécimo grado, con el sueño de graduarse de bachiller, un logro que siempre quiso celebrar con su padre. Pero él ya no estaba. Su ausencia se había convertido en una herida que no cerraba, una sombra constante en su andar.

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Recordaba sus palabras: “Haré todo lo posible para que seas profesional, para que salgas adelante, hija”. Pero el destino se lo arrebató justo en la edad más vulnerable, cuando una mujer apenas empieza a entender el mundo y más necesita el cobijo de su padre. Paula pasaba largas horas en la casa de su abuela Irasema, una mujer enigmática que se dedicaba a las ciencias ocultas: leía las cartas, el tabaco, hacía trabajos esotéricos y era temida y respetada en el pueblo. Pero ni los conjuros de la vieja podían aplacar el odio que Paula llevaba en el pecho. La idea de vengarse no dejaba de rondar su cabeza.

Por las noches lloraba a escondidas, abrazada a su hermano menor, Javier, mientras el recuerdo de su padre la enternecía con una mezcla de ternura y rabia.

Un día, mientras lloraba en su cuarto, su madre entró furiosa.

—¡Ya, Paula, deje esa lloradera! Han pasado más de dos meses y usted sigue con esa cantaleta. Se va a enfermar. Paula se levantó como una fiera herida.

—¿Sabe qué pienso, mamá? Que usted no quería a mi papá —dijo con la voz temblorosa pero firme.

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—¡Niña insolente, cállese! —gritó Gloria mientras le lanzó un trinche caliente, recién sacado del caldero de los patacones.

Paula logró esquivarlo y salió corriendo, entre lágrimas, rumbo al colegio. Ya no era la misma. Y su madre no podía —o no quería— comprenderla. Aquella mañana fue dura; encontró algo de consuelo en una profesora que se había convertido en su refugio, pero la fractura con su madre era cada día más profunda.

Cuando regresó a casa al mediodía, se encontró con una escena que le revolvió el estómago: Gloria estaba en el patio tomando trago con un hombre extraño.

—Mamá, ¿qué hace ese señor aquí? —preguntó Paula, molesta.

—¡Cálmese! Yo hago con mi vida lo que me da la gana —respondió su madre con tono desafiante.

—¡Así se habla, mi amor! —dijo el tipo, ebrio, con una sonrisa torpe.

—¡Usted cállese, viejo imbécil! —Paula estaba al límite.

—Paula, respete a Julián. Él es mi novio —dijo Gloria, abrazando al tipo como si fuera un trofeo.

—¿Sabe qué, mamá? Usted no tiene alma. Mi papá murió engañado por usted.

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—¡No le voy a permitir escenas en mi casa! Si no le gusta, ya sabe lo que tiene que hacer.

Paula se fue llorando a su cuarto. La casa le quedaba grande, o quizá demasiado chica para tanto dolor. No quería seguir viviendo bajo ese techo donde la indiferencia y el vicio gobernaban. Aquella noche fue de perros. La fiesta siguió, con música, alcohol y hasta marihuana. El hombre de su madre fumaba porros entre risas mientras la joven se abrazaba con su hermano en el estrecho cuarto que compartían. Solo tenían el uno al otro. Los días pasaron y Paula empezó a comportarse con rebeldía. Perdió interés en estudiar y se juntó con muchachos de mala fama. Fue uno de ellos quien la llevó, sin saberlo, a una encrucijada. La condujo a las afueras del pueblo, donde conoció a un hombre de mirada dura y pistola sobre la mesa. Era un guerrillero.

—Sabemos lo que los paracos le hicieron a tu padre —le dijo sin rodeos, moviendo la pistola con la mano.

Paula lo miró, entre asombro y rabia.

—Tú debes vengar su muerte. Y la única forma de hacerlo es uniéndote a nosotros. Aquí te podemos dar todo el apoyo. Ese hombre había leído sus pensamientos más oscuros.

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Paula le pidió tiempo para pensarlo y salió de allí como quien huye de un destino anunciado. Recordó el rostro de su padre ensangrentado, el cadáver del campesino, la cruz hecha con sogas en medio del monte. Pero también sabía que no estaba preparada. Tenía apenas pocos años, y el odio la estaba empujando a un abismo.

Una semana después, tras noches sin dormir y días sin paz, volvió sola al lugar. El sol era despiadado, y el camino largo, pero sus pasos eran decididos. Al llegar, lo encontró en la misma silla, esperando.

—Acepto la propuesta —dijo sin vacilar. El hombre se levantó, le estrechó la mano con fuerza.

—Has tomado la mejor decisión. Vas a luchar por tu país. Vamos, te llevaré al campamento para que empieces el entrenamiento.

—Un momento. No vine para quedarme ya. Necesito recoger unas cosas y hablar con mi madre.

—Entiendo. No traigas nada. Allá te daremos lo necesario. Te espero mañana, después del mediodía.

Paula regresó con el alma hecha trizas. Debía enfrentar a su madre y contarle todo. Gloria la esperaba con el almuerzo servido. Al verla tan rara, le preguntó qué le pasaba. Paula tomó agua de un vaso plástico reusado de margarina Mavesa, apartó el plato y le soltó la verdad.

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—¡¿Quéeee?! ¿Te volviste loca? ¿Cómo se te ocurre eso?

—Mamá, estoy cansada. Ya mi papá no está. No tengo futuro en este pueblo. Quiero que esos asesinos paguen.

—¡No digas estupideces! Yo no quiero tener una hija guerrillera. ¿Quieres que nos maten a todos?

—¡Pero mamá! —gritó Paula, manoteando la mesa.

—¡Nada de “pero mamá”! Y a mí no me manoteas. No quiero más problemas. Apenas se enteren los paracos, me matan a mí también. ¿Eso es lo que quieres?

Paula se fue al patio a llorar, lejos de la mirada de su hermano. Minutos después, Gloria salió a buscarla.

—Hija, sé que te he tratado mal. Pero también entiéndeme, todo esto ha sido muy duro. Me siento sola. Pero prométeme que no te vas a ir con esa gente.

Paula, por primera vez, vio a su madre con ojos distintos. Le creyó. Y aunque el corazón le pedía otra cosa, le prometió que no se iría. No fue una decisión fácil. Pero quizás fue la más sensata. Y con ese acto, madre e hija, tan heridas y distintas, comenzaron a tender los primeros puentes de una reconciliación que ambas necesitaban. Cuando amaneció, el sol apenas se asomaba entre las tejas caladas del barrio, filtrando su luz tímida por la ventana de madera desvencijada. Paula, desvelada y con los ojos hinchados por la vigilia, se asomó en silencio, buscando respuestas que no estaban ni en el cielo ni en la tierra. La noche anterior le había robado el sueño con la angustia de decidir si asistir a la cita con el comandante o no volver jamás. Su madre, que la observaba desde el fogón, notó la duda dibujada en su rostro.

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—Hija, fue la mejor decisión que tomaste —le dijo con una serenidad nueva en la voz—. Más bien acompáñame al mercado, tengo que comprar unas cosas.

Paula aceptó. Salir de casa, cambiar de ambiente, distraerse. Quizá así las sombras que la acosaban desde dentro se disiparían. Caminaron por las calles polvorientas, compraron frutas, verduras y luego fueron al puerto, donde los pescadores ofrecían bocachico fresco recién sacado del río. Allí, entre los botes amarrados y el olor a agua estancada, Paula no pudo contener el llanto: recordaba a su padre, al pescador de manos ásperas que tantas veces la llevó a ese mismo sitio. Gloria, queriendo consolarla, le preparó su plato preferido: una viuda de bocachico con yuca y limón. Fue un día diferente, de esos en los que la vida parece dar tregua.

Pero la calma en tierras violentas es siempre el preludio de una tormenta. Una semana después, ya cuando Paula comenzaba a sentirse más tranquila, llegaron dos hombres en moto. Se detuvieron frente a la casa al anochecer, con los cascos colgando del manubrio y la mirada fija. Paula los vio desde la ventana y, sin pensar, le hizo una seña a su madre para que dijera que no estaba. Gloria salió con el corazón agitado. —Dígale a Paula que nos dejó esperando. El comandante la espera mañana a la misma hora —dijo uno de los hombres sin bajarse de la moto.

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Gloria quiso responder algo más, pero ellos ya arrancaban con un rugido que dejaba polvo en el aire. Paula, en shock, comprendió que no cumplir con su palabra había sido un error. Aquella gente no era de las que se olvidan. Su rostro palideció.

—Mamá… debo hablar con ellos. Decirles que ya no voy a ir —susurró. —¡No seas boba! Esa gente es muy peligrosa. Si vas, te pueden secuestrar. Yo los conozco —dijo Gloria, temblando.

—¿Entonces qué hacemos?

—Vamos donde la policía.

—¡Eso es peor! —respondió Paula. Su voz se quebró.

No había salida fácil. Al amanecer siguiente, Gloria decidió llevarla donde Irasema, su madre, la mujer sabia del pueblo. Al verla, Paula se le lanzó al cuello, llorando como una niña.

—¿Qué pasa, mija? ¿Qué le hicieron?

—Ay, mamá —dijo Gloria—. Paula lo único que me da es problemas. Quiero que le leas las cartas.

—Siéntate, hija. Parte la baraja.

Paula lo hizo con manos temblorosas. Irasema colocó una a una las cartas sobre la mesa. Primero apareció el tres de bastos. Luego el cuatro de espadas. Ni una sola carta de oro. El ceño de la anciana se frunció.

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—Esta niña tiene cartas muy peligrosas. Mira este caballero de espadas… la desea, pero no tiene buenas intenciones.

—Lo sabía… —dijo Gloria, clavando las uñas en la palma.

—Debes llevarla donde Gertrudis, en Aguachica. Mira estas cartas… esta gente viene en camino.

* Se publica por cortesía del autor. Jacobo Solano (en X: @JACOBOSOLANOC) vive en Italia. Como periodista y columnista, ha publicado sus investigaciones en diferentes medios colombianos. Además de escritor, es diseñador gráfico, documentalista y pintor. Ha publicado ocho libros con diferentes enfoques: “La Maldición de Fiorella Moratti”, novela; “Serie: Juglares Contemporáneos I y II”; “Diomedes Díaz: El Ídolo”; “Hermanos Zuleta: Una Historia Cantada”, todos de investigación folclórica. Incursionó en la literatura infantil con la serie de cuentos “Los Totumos Mágicos” y en la investigación ambiental con el libro “Río Guatapurí: Caudal de Sueños”. Su sueño inmediato es llevar “La Diabla del Clan” del libro a la gran pantalla.

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Por Jacobo Solano * / Especial para El Espectador

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