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Tras la caída de Troya, la Odisea (publicada originalmente hacia el siglo VIII a. C.) traza el largo y arduo retorno de Ulises hacia Ítaca, un camino que se abre entre dioses caprichosos, criaturas imposibles y mares indómitos que encarna una de las grandes epopeyas de la literatura occidental. Esta edición especial del clásico eterno de Homero, enmarcada en la esperada adaptación para el cine de Christopher Nolan, revitaliza el mito y nos invita a adentrarnos de nuevo en la obra que ha moldeado el imaginario de la narración heroica a lo largo de los siglos y que sigue cautivando a lectores de todas las generaciones.
LA ODISEA
CANTO I
[Invocación]
Habla, Musa, de aquel hombre astuto que erró largo tiempo
después de destruir el alcázar sagrado de Troya,
del que vio tantos pueblos y de ellos su espíritu supo,
de quien tantas angustias vivió por los mares, luchando
por salvarse y salvar a los hombres que lo acompañaban;
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mas no pudo, ¡ay!, salvarlos, no obstante el esfuerzo que hizo.
¡Insensatos! La muerte a sus propias locuras debieron.
Se comieron las vacas del Sol, Hijo de las Alturas,
que apartó de sus vidas el día feliz del retorno.
Diosa, hija de Zeus, cuéntanos parte de sus andanzas.
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[La asamblea de los dioses]
Ya en sus casas se hallaban los héroes que habían podido
evitarse la muerte, escapar de la guerra y las olas,
y, anhelando el regreso y la esposa, él tan solo quedaba;
lo tenía en su gruta la ninfa Calipso, la augusta,
pues la diosa divina quería que fuera su esposo.
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Mas, al fin, cuando hubieron los años cerrado sus ciclos,
llegó el tiempo que, para el regreso a su patria, a Ítaca,
decretaron los dioses; empero, ni en ella ni en brazos
de los suyos debían cesar sus trabajos; los dioses
compasión le tenían, mas no Posidón que, irritado,
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se sintió contra Ulises divino hasta verlo en su tierra.
Mas entonces el dios fue al país de los Negros lejanos
que, en su doble dominio, en el fin del humano linaje,
hállanse, en los lugares que están al ocaso y al orto;
asistiendo a una ofrenda de toros y ovejas vivía
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jubiloso, sentado al banquete, mas los otros dioses
se reunían en tanto en las salas de Zeus Olímpico,
donde el padre de dioses y de hombres tomó la palabra,
pues pensaba en el ínclito Egisto, en el héroe intachable,
muerto a manos del célebre Orestes, el Agamenónida.
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Recordándolo, de esta manera habló a los inmortales:
—Los mortales se atreven, ¡ay!, siempre a culpar a los dioses
porque dicen que todos sus males nosotros les damos,
y son ellos que, con sus locuras, se atraen infortunios
que el Destino jamás decretó. Así ocurrió con Egisto:
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desposó a la mujer del Atrida, oponiéndose al hado,
y a él mató a su regreso, y sabía que era esto la muerte,
pues nosotros se lo previnimos por medio de Hermes,
el alerto Argifontes, diciendo que al rey no matase
ni a su esposa tomara, pues de él vengaríase Orestes
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cuando fuera mayor y añorase la tierra paterna.
Hermes, buen consejero, le habló de esta forma y no pudo
dominar los deseos de Egisto, y lo paga ahora él todo.
Y Atenea, la diosa de claras pupilas, repuso:
—¡Padre mío, Cronida, el más grande de cuantos imperan!
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Yace aquel en la tumba y su muerte justísima ha sido,
¡que así muera el que un día proceda de idéntico modo!
Mas a mí el corazón se me parte por un desdichado,
por Ulises que, ha tiempo distante de todos los suyos,
malandanzas padece en una isla de dobles riberas.
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En su tierra arbolada, un ombligo del mar, vive ahora
una diosa que es hija de Atlante, el terrible, el que sabe
cuáles son las honduras del ponto, y sostiene él tan solo
las enormes columnas que el cielo y la tierra separan.
Al lloroso infeliz en la isla retiene su hija
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y con dulces y tiernas palabras aturde su mente
porque quiere que olvide a su Ítaca, mas él, que quisiera
ver el humo otra vez de su patria, desea la muerte.
Y a ti, olímpico Zeus, ¿es que nada tu pecho conmueve?
Las ofrendas que Ulises hacía en los campos de Troya
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cerca de los argivos navíos, ¿no te han sido gratas?
¿Por qué entonces, ¡oh Zeus!, contra él de esta forma te airaste?
Y repúsole Zeus, el que nubes reúne, diciendo:
—¡Qué palabras, oh hija, se van del vallar de tus dientes!
¿Cómo quieres que pueda olvidarme de Ulises divino,
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más ilustre que todo mortal y el que más sacrificios
ha ofrecido a los dioses, los dueños del campo del cielo?
Posidón, el que ciñe la tierra, es quien odio le tiene
porque Ulises un día cegó las pupilas del Cíclope,
Polifemo divino, el más fuerte de todos los Cíclopes,
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que nació de la ninfa Toosa, la hija de Forcis,
consejero del mar infecundo, allí en cuyas profundas
espeluncas se dio a Posidón. Desde entonces no intenta
Posidón, el que agita la tierra, la muerte de Ulises,
pero, errante, lo aleja del patrio solar de los suyos.
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Mas venid; los que estamos aquí decretamos su vuelta
y busquemos los medios. Tendrá Posidón que aplacarse
pues no puede oponerse al deseo de todos los dioses
ni luchar contra su voluntad, sin ayuda de nadie.
Y Atenea, la diosa de claras pupilas, repuso:
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—¡Padre mío, Cronida, el más grande de cuantos imperan!
Si a los dioses dichosos complace que Ulises prudente
a su casa regrese, mandemos nosotros al punto
a la isla de Ogigia a Hermes, el mensajero Argifontes;
que al instante revele a la ninfa de pelo rizado
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cuáles son esta vez nuestros firmes deseos en cuanto
a la vuelta de Ulises paciente: que el héroe regrese.
Y yo a Ítaca, entretanto, me iré a dar aliento a su hijo
y a infundir en su pecho el valor de reunir en el ágora
a los viejos aqueos de largos cabellos flotantes
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y vedarles a los pretendientes la entrada en su casa,
que a diario le matan carneros y vacas cornudas.
Llevarémelo a Esparta y a Pilos, ciudad arenosa,
para que pueda allí preguntar si se sabe el regreso
de su padre, y alcance renombre entre todos los hombres.
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Así dijo, y atose a los pies las hermosas sandalias
[siempre jóvenes, y áureas; con ellas, igual que los vientos,
iba en vuelo veloz por encima del mar y la tierra.
La alta lanza de punta de bronce, maciza y pesada,
empuñó, con la cual esta hija del dios de la fuerza,
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si se irrita, destroza las largas hileras de héroes.]
Y partió descendiendo veloz de las cumbres olímpicas;
se detuvo en Ítaca, ante el atrio de casa de Ulises,
al umbral del cavedio, empuñando la lanza de bronce,
y en figura de un huésped, de Mentes el rey de los tafios.
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Y encontró ante las puertas a los pretendientes fogosos
que a los dados estaban entonces jugando, sentados
sobre pieles de bueyes que fueron matados por ellos.
Numerosos heraldos y siervos, con gran diligencia,
escanciaban el vino y el agua en las cráteras, y otros
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con esponjas de innúmeros ojos limpiaban las mesas,
las ponían ante ellos, y a rodo trinchaban la carne.
Quien primero advirtió su presencia fue el joven Telémaco,
el de rostro divino; sentado entre los pretendientes,
en su pecho pensaba en si el padre, si el héroe volviese
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[y si a los pretendientes allí dispersara en la casa]
y su real dignidad recobrase y reinara en su hacienda.
Tales cosas, entre ellos, pensaba cuando vio a Atenea
y fue al atrio porque le indignaba que un huésped tuviese
que esperar tanto tiempo a la puerta, y tendiole la diestra.
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Y tomándole luego la lanza de punta de bronce,
dirigiéndose a ella, le habló con palabras aladas:
—Bienvenido a mi casa, extranjero; acogida te brindo,
y, después de cenar, nos dirás qué es lo que necesitas.
Dijo, y la acompañó, y Atenea echó a andar a su lado.
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Y, ya entrados los dos en la excelsa morada, Telémaco
apoyó contra una columna la lanza de bronce,
dentro de una bruñida lancera donde otras había
en gran número y fueron un día de Ulises paciente.
A la diosa sentó en su sitial que cubrió con un lienzo,
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[un magnífico mueble labrado, con un escañuelo]
y acercó para él un sitial de color, y quedáronse
alejados de los pretendientes, no fuera que al huésped
el molesto bullicio pudiera el festín desabrirle
[y, además, él queríale hablar del ausente, su padre.]
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Con un áureo y bellísimo jarro, una joven doncella
les vertió el aguamanos en una jofaina de plata,
y ante ellos dispuso una mesa pulida, y la grave
despensera acudió con el pan y sirvió los manjares,
[y obsequiolos contenta con cuanto tenía guardado;]
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el trinchante sirvióles innúmeros platos de carne,
asimismo dispuso ante ellos las copas de oro,
y a menudo un heraldo acudía a escanciarles el vino.
Allí entrar se vio entonces a los pretendientes soberbios,
y en hilera tomaron asiento en sitiales y sillas.
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Aguamanos les dieron también los heraldos; y en cestas
las mujeres el pan colocaron en grandes montones;
[los mancebos llenaron de vino hasta el borde las cráteras,]
y ellos fueron tendiendo la mano a las cosas servidas.
[Los consejos de Atenea a Telémaco]
Cuando los pretendientes el hambre y la sed aplacaron,
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no otra cosa anhelaron entonces en sus corazones
que la danza y el canto, la gala de todo banquete.
Un heraldo dejó la más bella de todas las cítaras
en las manos de Femio a quien todos forzaron al canto,
y él, pulsando las cuerdas, dio entrada a un bellísimo cántico.
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Y Telémaco dijo a Atenea, la de ojos azules,
inclinándose a ella, de modo que nadie lo oyese:
—Caro huésped, ¿habrás de enojarte por lo que te diga?
Míralos, ellos solo se ocupan del canto y la lira;
les es fácil: impunes, se comen los bienes ajenos,
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los de un héroe de quien ya los pálidos huesos se pudren
a la lluvia, en alguna ribera, o a merced de las olas.
¡Ah, si todos le vieran hallarse de vuelta en Ítaca,
de qué modo darían sus áureos tesoros y ropas
por tan solo poder disponer de unas piernas ligeras!
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Mas he aquí que está muerto por causa de un hado funesto,
y ninguna esperanza nos queda siquiera; aunque un hombre
afirmase su vuelta, ida es ya la ocasión del retorno.
Mas veamos, respóndeme, dime con toda franqueza.
Mas ¿quién eres, cuál es tu país, tu ciudad y familia?
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[¿En qué clase de nave viniste? ¿De qué forma a Ítaca
te trajeron las gentes del mar? Mas ¿qué clase de gentes?
Imagino que a pie no pudiste venir a nosotros.
Y respóndeme sinceramente, pues quiero saberlo:]
¿por primera vez vienes, o acaso tú ya has sido huésped
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de mi padre? Pues muchos venían a nuestra morada,
porque Ulises también visitar a los hombres solía.
Y Atenea, la diosa de claras pupilas, repuso:
—Sí, deseo contarte estas cosas con toda franqueza.
Jáctome de ser Mentes, el hijo de Anquíalo el sabio;
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soy aquel que gobierna a los buenos remeros, los tafios.
A esta tierra acosté mi navío con mis compañeros;
surco el ponto vinoso, hacia hombres de lenguas extrañas;
cargaré bronce en Témesa, y hierro luciente les llevo.
Ancoré mi navío ante el campo, del pueblo distante,
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en el puerto de Retro y al pie del selvático Neyo.
Ufanarnos podemos ahora de que antes ya fueran
mutuos huéspedes nuestros abuelos, y puedes saberlo
preguntando a Laertes, el héroe, quien, dicen, no viene
a la villa, pues mora en el campo, agobiado de penas,
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junto con una vieja criada que sirve su mesa
y le da de beber cuando tiene sus miembros cansados
de arrastrarse por esa colina en que tiene la viña.
Vine aquí porque dicen que ha vuelto tu padre a su pueblo;
mas, sin duda, lo impiden los dioses poniéndole obstáculos.
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No, no creo que Ulises divino haya muerto; está vivo
en la tierra, cautivo en el fin de la mar procelosa,
[en una isla de dobles riberas, y allí lo retienen
unos hombres salvajes, en contra de sus intenciones.]
Mi presagio ahora quiero decirte, tal como los dioses
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en el ánimo mío lo inspiran, y así ha de cumplirse.
No es que sea adivino, o un hombre entendido en presagios;
mas te digo que Ulises bien pronto en la tierra paterna
estará de regreso, aunque lo aten cadenas de hierro;
él, que es hombre ingenioso, sabrá hacer posible su vuelta.
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Mas, veamos, respóndeme, dime con toda franqueza
si es verdad que eres tú como dicen el hijo de Ulises.
Ciertamente eres él: su cabeza y sus ojos bellísimos;
bien me acuerdo de Ulises, pues ambos reunirnos solíamos
antes de que embarcara con rumbo a la tierra de Troya,
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donde fueron los jefes argivos en cóncavas naves.
Desde entonces no he visto yo a Ulises ni Ulises me ha visto.
Y, mirándola plácidamente, repuso Telémaco:
—Voy a hablarte, ¡oh mi huésped!, con toda franqueza. Mi madre
dice que soy el hijo de Ulises, mas yo nada digo;
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nunca nadie logró por sí mismo saber su linaje.
¡Ojalá fuera yo el descendiente de un hombre dichoso
que en su casa, con todos sus bienes, hiciérase viejo!
Mas, pues quieres saberlo, te digo que todos ya dicen
que desciendo del más infeliz de los hombres del mundo.
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Y Atenea, la diosa de claras pupilas, repuso:
—No, los dioses jamás han podido negarle su gloria
a un linaje del cual ha parido Penélope un hijo.
Mas, veamos, respóndeme, dime con toda franqueza:
¿qué festín, qué reunión, di, son estos? ¿Forzáronte a ello?
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¿Se celebra un banquete, unas bodas? Pues nada es a escote.
Digo yo que, a la mesa sentados, en tu propia casa,
estos hombres el límite pasan de toda insolencia;
ante tanta vergüenza airaríase un hombre sensato.
Y, mirándola plácidamente, repuso Telémaco:
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—Ya que quieres saberlo, ¡oh mi huésped!, y así me interrogas,
sabe, pues, que esta casa fue rica y también respetada
en el tiempo en que el héroe se hallaba viviendo en su tierra.
Mas mudaron después sus deseos los dioses; sus males
de él hicieron el más invisible de todos los hombres.
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Porque nunca su muerte doliérame tanto, sabiendo
que ante Troya cayó y entre sus compañeros de armas,
[o entre amigos murió, cuando se hubo acabado la guerra,]
pues hubiese tenido una tumba de los panaqueos
y le hubiera dejado a su hijo una gloria infinita.
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Mas, ya ves, las Harpías sin gloria me lo arrebataron;
ignorado, invisible, ha partido, y pesares y llanto
me dejó; mas no solo por él me lamento y sollozo,
que otras nuevas funestas desdichas los dioses me enviaron.
Porque todos los jefes que en las islas nuestras gobiernan,
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en Duliquio y en Same y en la nemorosa Zacinto,
y también los que en la áspera Ítaca gobiernan, pretenden
desposar a mi madre, y están arruinando mi casa.
Y mi madre ni sabe negarse a estas nupcias odiosas
ni acabar con todo esto, y están devorando mi hacienda
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con los dientes, y también a mí acabarán devorándome.
Y repuso la diosa Atenea con tono de cólera:
—¡Ay, en qué situación te ha dejado la ausencia de Ulises!
¡Bien sabrían sus manos dar fin a tan gran impudicia!
Si volviera y mostrárase en esta mansión, a la puerta
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con su yelmo, su escudo y dos lanzas, una en cada mano,
al igual que en mi casa lo vi por primera vez cuando,
a mi lado, bebiendo y alegre, venido ya de Éfira,
de regreso se hallaba de casa de Ilos Mermérida
—pues a ella fue Ulises un día en su rápida nave,
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deseoso de hallar un veneno mortal que tiñera
sus saetas de bronce, mas Ilos no quiso buscárselo
por el miedo que a las inmortales deidades tenía,
y mi padre se lo procuró pues lo amaba muchísimo—;
si así Ulises pudiera mostrarse ante los pretendientes,
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fueran cortas las vidas de todos y amargas sus nupcias.
Mas que venga o no venga a su casa y se tome venganza,
es designio que ya en las rodillas está de los dioses.
Sin embargo, te invito a que pienses de qué forma puedes
arrojar de tu casa enseguida a los pretendientes.
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Y óyeme, si te place, y medita muy bien mis palabras:
citarás a los héroes aqueos mañana en el ágora;
háblales, y de todo los dioses serán testimonio.
Haz que los pretendientes se vayan cada uno a su casa,
y si el ánimo mueve a tu madre a tomar un esposo,
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que regrese al hogar de su padre, que es hombre influyente;
[dispondrá así su boda, y su dote será tan cuantiosa
como es justo que sea la dote de una hija amadísima.]
Mas a ti también quiero ahora darte un prudente consejo:
la mejor nao que encuentres de veinte remeros, equipa,
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ve a saber de tu padre, que larga ya se ha hecho su ausencia,
y tal vez un mortal te hable de él, o a tu oído se acerque
la palabra de Zeus, portadora de fama a los hombres.
Parte a Pilos primero y a Néstor divino interroga,
y en Esparta háblale a Menelao, el de rubios cabellos;
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es el último aqueo de peto de bronce que ha vuelto.
Si tú oyeras decir que tu padre está vivo y regresa,
aunque estés afligido, soporta paciente otro año.
Mas si oyeses decir que está muerto, gastada su vida,
prontamente regresa a la patria y erígele un túmulo,
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hazle muchas exequias, pues bien se le deben y es justo,
y ya puedes entonces buscar un esposo a tu madre.
[Luego que hayas llevado estas cosas a término, ponte
a pensar con el ánimo y mente en la forma en que puedes,
en tu casa, la vida quitarles a los pretendientes,
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ya de ardides usando, o de frente, porque es necesario
que de juegos prescindas; no tienes ya edad para ello.
¿Desconoces acaso la gloria que Orestes divino
alcanzó entre los hombres, vengando en Egisto el astuto,
matador de su padre, la muerte del noble ascendiente?
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También tú, amigo mío, pues eres gallardo y apuesto,
sé valiente para que te elogien los hombres futuros.]
Yo me voy a mi rápida nave, pues tiempo es que parta,
y mi gente ya debe, de tanto esperar, fatigarse.
Haz, pues, cuanto te dije y medita muy bien mis palabras.
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Y Telémaco dijo, mirándola plácidamente:
—¡Oh, mi huésped! Bien sé que me hablas benévolamente,
como un padre a su hijo, y que no olvidaré tus palabras.
Mas te ruego, por mucho que ahora te apremie el viaje,
que te quedes un rato, te bañes y alegres tu espíritu.
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Volverás a tu nave, feliz, con un rico presente,
algún bello regalo que puedas guardar como mío,
el que siempre es costumbre que un huésped dé al huésped amado.
Y Atenea, la diosa de claras pupilas, repuso:
—No demores mi marcha, pues debo partir enseguida.
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Lo que tu corazón te ha impulsado a que a mí me ofrecieses,
yo vendré a recogerlo y llevármelo a casa a mi vuelta,
mas escógelo bello; tendrá una respuesta apropiada.
Y esto dicho, Atenea, la diosa de claras pupilas,
como un ave partió, dados ya al corazón de Telémaco
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osadía y valor, reavivado el recuerdo del padre.
Y, pensando en todo ello, Telémaco atónito estaba,
porque dábase cuenta de que una deidad le había hablado.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Homero (c. siglo VIII a. C.) es el nombre por el que se conoce al poeta griego a quien se atribuye la autoría de la Ilíada y la Odisea. Junto a estas dos grandes epopeyas de la Antigüedad, que narran hechos legendarios supuestamente ocurridos muchos siglos antes de la época en que fueron escritas, figuran también los llamados himnos homéricos, que fueron una influencia fundamental en la tradición de la poesía oral. Existen numerosas hipótesis sobre la identidad de Homero y sobre el hecho de si su obra fue escrita por uno o varios poetas, pero todos los expertos coinciden en que la tradición tiene un peso crucial en su imaginario. En el siglo XIX el célebre arqueólogo prusiano Heinrich Schliemann demostró que gran parte de la civilización descrita por Homero no es ficticia y que, hasta cierto punto, los poemas se podrían considerar como documentos históricos. Este hallazgo arqueológico ha abierto un debate todavía vigente.