“Un juego de niños”. Para Eric Cantona actuar ha sido como jugar al fútbol, con sus pequeñas diferencias, pero sus inmensas similitudes. Frente a las cámaras, interpretándose a sí mismo en Looking por Eric, fue, irónicamente, otra persona, un Cantona distinto, porque, sin más ni más, tuvo que repetirse. En la cancha, cuando en los años 90 se ponía la camiseta del Manchester United y se olvidaba de sus problemas, miedos, deudas y rencores, y a fuerza de goles llegaba al éxtasis, jugaba a abandonarse. Tal vez por eso Eric Bishop lo buscó hasta la saciedad para abandonarse en él, y con él olvidar su triste y gris vida de cartero eternamente pisoteado.
“Un juego de niños”, dijo en mayo de 2009, cuando su película fue presentada en el Festival de Cannes y él resultó elegido por el público como el gran protagonista. Nadie dio tantas entrevistas, nadie firmó tantos autógrafos, nadie se vio tantas veces en viejas escenas. Inmerso en un mundo que comenzaba a conocer por sus papeles comerciales como verdugo del diablo y mafioso de barco con Nike, y porque fue él quien buscó a Ken Loach, su director preferido, para ofrecerle la idea de una película y candidatizarse como productor, Cantona desfiló por Cannes con una sonrisa entre irónica y tímida.
Era él, en últimas, el personaje que casi todos los hombres que estaban allí querían ser, el único que se acostaba a dormir y tenía jugadas reales para recordar, toque tras toque, gol tras gol. El único que en diminutos instantes de la vida había tenido que resolver una o miles de situaciones complejas con decenas de miles de tipos viéndolo, insultándolo en ocasiones, esperando un milagro suyo. Por eso lo buscaban. Por eso querían aprehenderlo. Por eso, un año atrás, 1998, Loach y Paul Laverty, el guionista, le habían propuesto actuar de él en una película en la que un agobiado cartero de Manchester lo necesitaba. Cantona respondió que sí y le añadió a la historia algunas líneas.
A Eric Bishop, el cartero, la vida, o el gusto por la vida, se le había ido diluyendo. Su esposa lo acababa de abandonar, sus dos hijastros adolescentes oscilaban entre el desorden y la licencia, y su casa, entre tanta decepción, se había transformado en poco menos que un muladar. En un momento dado, como suele ocurrir, en el peor de los escenarios posibles, Bishop le prometió a su hija Sam que cuidaría de su bebé mientras ella estudiaba, una tarea que debía compartir con su ex esposa Lilly, el amor de su vida, y a quien no veía desde que ella lo abandonó, precisamente el día del bautizo de Sam.
Bishop intentó todo lo sensatamente posible para que su viejo amor volviera. Quiso cambiar de vida, pero solía quedarse en el anhelo. Una tarde, angustiado, sin salida, se fumó un cacho de marihuana para dejarse guiar por lo imposible, y lo imposible y el delirio fue que entre brumas se le apareció Eric Cantona, su ídolo del Manchester United, el único ser sobre la tierra que había sido capaz de convertir lo imaginario en realidad. Cantona era “la magia”. Cantona era, como todo buen ídolo, el espejo en el que los simples mortales querían verse, y en la primera fila de aquel grupo estaba Bishop.
“Aunque esta es una película acerca de un cartero que sueña con su ídolo (a través de una bocanada de humo de marihuana), es sobre todo una película de Ken Loach. Y aunque no tenga la sutileza o la nostalgia de otras cintas anteriores, Buscando a Eric es sin duda la más popular de las películas de Loach desde que empezó a trabajar en 1964. Pues como dice el viejo dicho: Sólo se tarda 45 años en anotar un gol, Ken”, escribió The Guardian sobre el filme.