La idea de la historia salió de una simple premisa: una falsa orquesta del Bolshoi aterriza en París. Ésta la trabajó el director y guionista rumano Radu Milhaileanu con la colaboración de Alain-Michel Blanc y Matthew Robbins, quienes tuvieron que viajar a Rusia antes de filmar para inspirarse en los personajes, esos que se debaten entre una Unión Soviética decaída, de ideas políticas desgastadas y el consumo del capitalismo. Un contraste cómico y trágico a la vez.
Andreï Filipov (personaje inspirado en el reconocido director del Bolshoi Evgeny Svetlanov 1928-2002) fue un reconocido director de la Orquesta del Bolshoi, una de las más respetadas en Rusia, pero en la actualidad trabaja haciendo limpieza en el teatro que lo vio dirigir con batuta en el estrado. Durante la era comunista lo retiraron de su puesto por rehusarse a sacar a los judíos de la orquesta. Lo más duro del caso fue la manera como lo echaron, porque interrumpieron el concierto y no lo dejaron terminar la obra para violín en re menor compuesto por Tchaikovsky. Fue tanto el impacto, que se sumió en la depresión y en el alcohol.
Mientras limpia la oficina del director actual del Bolshoi, Filipov intercepta un fax del teatro Châtelet, en París, donde los invitan como recurso de último momento para cubrir la función cancelada de la Filarmónica de Los Ángeles. Lo que sigue será una carrera contrarreloj para suplantar a la verdadera orquesta y reunir a los viejos integrantes de hace 30 años para que viajen a París y logren tocar esa obra que le arrebataron años atrás. Filipov encuentra a estos músicos en oficios varios: uno se dedica a ponerles música a películas porno, otro es un taxista, otro vive en un campo de gitanos, entre otros.
Con el humor como herramienta para contar la historia se caen en ciertas caricaturas algo desafortunadas, porque sólo enfatizan los lugares comunes como el alcoholismo de los rusos, la poca honestidad de los gitanos, la avaricia de los judíos y su gusto por los negocios, la oligarquía corrupta rusa o los fervientes dinosaurios que aún levantan la bandera roja del comunismo.
Sin embargo, Milhaileanu, el director y uno de los guionistas, lo ve diferente. “Esta es la película: una banda de rusos, gitanos, judíos que aterrizan en París. Es el encuentro entre la cultura eslava y la occidental, que son ambas ricas y cartesianas. Desde el comienzo el shock es explosivo entre los bárbaros del este y el país civilizado. Al final, a pesar de la fricción, belleza y luz emergen de este encuentro donde el concierto musical expresa la armonía que nace del choque cultural”.
A pesar de los clichés, el tono jocoso de la película se mezcla muy bien con momentos muy emotivos que se adaptan a los crescendos musicales del concierto de Tchaikovsky con los crescendos emocionales de la película. Casi como una montaña rusa, que sube y baja entre risas y momentos conmovedores. Y lograr eso en una película no es fácil y es para destacarlo.
La actuación de Mélanie Laurent (Inglourious Basterds) como Anne-Marie Jacquet, la violinista que pide Filipov para la interpretación del concierto, le da el toque de celebridad a la película. Logra hacer el único papel realmente dramático en la historia a manera paralela de los giros de humor. Su rol requería volverse una virtuosa del violín. Para eso entrenó por tres meses con una profesora, Sarah Nemtanu, el primer violín de la Orquesta Nacional de Francia, con quien convivió para entender el funcionamiento de una orquesta y armar su personaje con más credibilidad . “Soy zurda y el violín es el único instrumento que no puede invertirse. La mano derecha mantiene el mango, lo cual se convirtió en una pesadilla. Fue una postura tan antinatural que casi me da tendonitis”, afirma Laurent.
Actores rusos, franceses y rumanos evocan los efectos resagados de un régimen totalitario en una historia idealista de contrastes que termina utilizando la energía vital del humor. Además, a través de la música clásica y de este gran concierto, logra tocar fibras internas del espectador que la vuelven muy conmovedora.