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Antonio Dorado, el cineasta colombiano, terminó su película El Rey y después de gozar de buenas críticas esperaba que un nuevo tema lo asaltara para lanzarse otra vez a la aventura de una realización cinematográfica. Ideas iban y venían, pero nada lograba capturar su atención; lo único que, por entonces, le quitaba el sueño era la lectura del libro El río, ese que el antropólogo Wade Davis escribió reconstruyendo las aventuras incansables del maestro y mayor conocedor del Amazonas Richard Evans Schultes. Mientras Antonio Dorado devoraba el libro, su cabeza maquinaba la forma en la que podría convertir en una ficción ese misticismo del Amazonas y de la selva, ese que Schultes y luego Davis encontraron en sus plantas y gentes desconocidas.
“A pesar de que en el mundo del cine pasar de hacer un filme de ficción a hacer un documental es visto como un retroceso”, Dorado, se dio cuenta de que antes de contar cualquier historia inventada por su cabeza, él mismo debía entender, ver, oler y sentir ese río narrado. Primero debía hacer un documental, no importaba lo que pensaran sus colegas.
La tarea parecía titánica, era necesario lograr algún contacto con Wade Davis. Eran su conocimiento, su sensibilidad y sus consejos los que permitirían hacer realidad el nuevo sueño de Dorado de ir “en busca del río”. Su idea inicial, la que iría a discutir con Davis, era buscar las cenizas de Schultes para luego esparcirlas a lo largo de todos los territorios que había recorrido a través del Amazonas, ese lugar en donde el botánico fue realmente libre.
Dorado consiguió encontrarse en Harvard con Davis y ahí supo que su proyecto de las cenizas no era posible; entonces “Davis, quien estaba realmente sorprendido de que un colombiano mostrara interés por esta historia y por echarle una mirada a la selva, me sugirió que con mi cámara fuera en busca de esas fotos que Schultes había tomado, que viera cómo los años habían incidido en el paisaje y cuánto había cambiado ese idílico lugar retratado”, explica el cineasta colombiano, que inmediatamente empezó los preparativos del viaje.
Antonio Dorado y su equipo llegaron a Mitú, se internaron en el Vaupés, pasaron a Buenos Aires de Pacoa y durante 20 días no vieron más que selva. “Lejos del mito del ‘infierno verde’, nos encontramos con un lugar místico, maravilloso, ancestral, que sabe cómo guardar sus secretos y que ha sabido protegerse del hombre”, explica Dorado, para quien la intención de este diario de viaje es llamar a la conciencia de la riqueza de esas tierras que pertenecen a Colombia, pero de las que nadie se ocupa. “Este retrato respetuoso quiere develar esos paisajes increíbles que pocos nacionales se han atrevido a retratar”.
Después de las extenuantes jornadas, Antonio Dorado logró encontrarse de nuevo con Wade Davis y ver un primer adelanto de su documental Apaporis: en busca del río. Sus palabras lo reconfortaron: “Me parece que la experiencia de tu viaje revela en forma maravillosa el poder de la cultura nativa. Estoy impresionado de ver la integridad de la selva, la ausencia de colonización, la riqueza de los rituales que Schultes experimentó, las mismas danzas de creación de los tanimucas”.