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En busca del museo de los sentidos

La más reciente obra del vallecaucano Julio César Londoño, el mismo de ‘¿Por qué las moscas no van a cine?’, es un tratado poético a los ojos, la boca, el gusto, el olfato y la piel.

Angélica Gallón Salazar

12 de septiembre de 2008 - 04:56 p. m.
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¿Qué olor quisiera percibir si le dijeran que tiene una boleta de entrada a la sala del olfato, en el museo más extraño y amable del mundo, en el museo de los sentidos? ¡Un momento!, piénselo bien, qué pediría oler: ¿la bata de dormir de su madre cuando era niño?, ¿el olor de hierba recién cortada?, ¿o algún olor imposible como el del dolor? ¿Qué pediría tocar?, ¿qué probaría?

Proyecto piel es justamente la historia sobre la aventura de crear esta empresa impensable en la que se embarcan Manuel y Óscar, dos amigos de bar que, con un grupo de inversionistas dispuestos a soltar toneladas de capital, deciden crear cinco salas en donde los hombres devengan en meras sensaciones.

En su museo se podrá oler una de las flatulencias que quedó atrapada en los cucos subastados de Marilyn Monroe, se podrá tocar las joyas que guardan los jeques árabes bajo llave en enormes baúles, oír en vivo los cantos de las tribus australianas que limitan sus territorios con alaridos. Se escuchará el primer suspiro que un astronauta expelió en el espacio o el silencio absoluto.

“La culpa de todo la tuvo un poema de Horacio Benavides”, confiesa Julio César Londoño, el autor de Proyecto piel, quien quedó rendido ante un poema en el que se recordaba como algo magnífico el acto de orinar de la amada abandonada. “Fue la segunda vez que la palabra orinar me sonaba bella —explica—, la primera vez fue en el poema El tango del viudo, de Neruda”. Una vez esta idea se apoderó de su cabeza, Londoño empezó a pensar en piezas inverosímiles que encarnaran el recuerdo de sabores, olores, texturas que serían dignas de una colección, y se sentó en el patio de su casa, en Palmira, Valle, a escribir un cuento .

La historia se hizo larga, pasaron 18 meses y las páginas superaban las 50, entonces, se convirtió en novela. “No me gusta la novela, porque me abruma y me embroma toda esa hojarasca”, asegura Londoño, premio Plural de Ensayo (1992), premio Juan Rulfo de cuento (1998) y uno de los finalistas del premio iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica (2007).


Aunque cada noche se hacía la promesa de terminar, sentía que sus personajes aún tenían mucho que decir. Esta incapacidad de renunciar a la historia parece haberse replicado en sus primeros lectores: “Si tiene que madrugar mañana, no la abra esta noche”, dice Eduardo Escobar. Es “la novela que deberían darnos a todos al llegar a este mundo”, completa William Ospina.

Somos todo piel

“Mientras los innumerables matices cromáticos de la naturaleza están agrupados en siete colores perfectamente definidos, los olores del mundo se amontonan en un barullo que los hace anónimos, invisibles”.

La historia de Proyecto piel transcurre entre unas dateadas reflexiones sobre los sentidos, que hacen que el lector se empiece a preguntar por percepciones tan cotidianas que casi son invisibles, a la vez que adquiere información científica, como por ejemplo, que son los corpúsculos de Merkel los responsables de que sepamos si la cosas son tibias o frías.

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Todo, sumado a un fino humor que busca objetos insospechados para llenar cada una de las salas del museo. “Usted dirá que esto es fetiche, escatología, que lo sublime era ella misma y su cola dura y rosada, tiene razón pero tenga en cuenta que los originales son para unos pocos privilegiados, los demás tenemos que conformarnos… con los ecos y las sombras de las cosas”, argumenta el protagonista de la novela ante Óscar buscando su aprobación para que el oloroso vestigio de la diva Monroe pueda ingresar al museo.

El autor de ¿Por qué las moscas no van a cine?, de Los geógrafos y El arte de tachar asegura que en este reciente trabajo descubrió la torpeza del olfato, “que es la sensación más difícil de verbalizar”, y que  los ojos, los oídos, la lengua, también son piel, “somos todo piel, de ahí el título”, dice Londoño.

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Esta peripecia sensorial no estaría completa sin la existencia de Lina, la esposa de Manuel, una mujer que él define como “bella, pervertida y conversable”. Y  sin la existencia de Francisco, su hijo autista que se desvela como el motor de todo este alocado proyecto. A la final, son las inmensas ganas de Manuel de poder si quiera robar dos minutos de la atención -siempre extraviada- de su pequeño, la que lo lleva a querer descifrar con afán las minucias de las percepciones.

Por Angélica Gallón Salazar

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