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‘En busca del tiempo perdido’

Internet, a pesar de su carácter efímero y temporal, pareciera ser la herramienta adecuada para dejar inscrito en piedra todo aquello que merece ser inmortal. Por ello, Véronique Aubouy, cineasta francesa, lleva 15 años tratando de atrapar la obra de Marcel Proust y eternizarla en lo que ella sabe hacer: documentales.

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Dominique Lemoine Ulloa
25 de septiembre de 2008 - 09:03 p. m.
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Enamorada del escritor y de su obra En busca del tiempo perdido, Aubouy recibió un día el comentario de que sus filmes eran muy ‘Proustianos’, y ahora cree que el tiempo de rendirle un homenaje a este grande de las letras, llegó. “He buscado la manera cinematográfica de devolverle lo que me ha dado con la materia increíble de su obra. La idea se me vino a la cabeza, literalmente, un día: voy a hacerle leer En busca a gente de todos los horizontes, de todos los medios, durante varios años”.

Aubouy empezó en 1993 a filmar a sus amigos más cercanos y luego a los amigos de sus amigos hasta que el círculo se fue ampliando y se comió su vida entera. Este trabajo se fue convirtiendo en una necesidad básica como comer, respirar, dormir: “Es un ritmo de vida, una línea de conducta. Como las vías férreas extendidas ante mí cuando me hago demasiadas preguntas esenciales, este proyecto de ‘Proust Leído’ me da siempre todas las respuestas y creo que es algo que no va acabar realmente nunca”.

Mañana, 27 de septiembre a las 12 horas de Greenwich, se abre por internet el portal www.lebaiserdelamatrice.fr y empieza el rodaje simultáneo del documental más largo del mundo. Hasta el 24 de octubre, los internautas francófonos inscritos (y por inscribirse) podrán conectarse y pedir una página –que les será asignada  durante un período de seis horas para preparar la puesta en escena o el cuadro y la lectura– de En busca del tiempo perdido.

Siguiendo el orden del libro, todos los cuadros obtenidos serán organizados página tras página, dando una vida a la primera y única lectura en vivo y en directo de una de las obras menos leídas en su entereza de la literatura. Sumando más de 170 horas, ‘Proust Leído’ sería el documental más largo y la obra  estaría en ojos y en boca, por primera vez, de, literalmente, todo el mundo.

Las magdalenas

“Pronto, maquinalmente, abrumado por el monótono día y la perspectiva de un triste mañana, me llevé a los labios una cucharada de té en la que había dejado remojar un trozo de Magdalena. Pero en el instante mismo en que el trago mezclado con migas del ponqué tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en lo que de extraordinario pasaba en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción alguna de su causa. De la misma manera como opera el amor, llenándome de una esencia preciosa, me hizo indiferente frente a las vicisitudes de la vida, sus desastres inofensivos, su brevedad ilusoria: o más bien, esa esencia no estaba en mí, era yo mismo. Cesé de sentirme mediocre, contingente, mortal” (extracto de Por el camino de Swann, Marcel Proust).

Ese es el pequeño bizcocho esponjado y perfumado, es la pequeña magdalena que ha logrado burlar el olvido, develar los mecanismos secretos de la memoria y anclarse por siempre en el horizonte de la gran literatura.

Nacido el 10 de julio de 1871 en Auteuil, en el número 96 de la Rue La Fontaine, Valentin Louis Georges Eugène Marcel Proust es quizás el escritor francés de más trascendencia.

Hijo mayor del médico Adrien Proust y de Jeanne Weil, el escritor creció en un ambiente educado y con un rico bagaje cultural. No obstante, tras el acontecimiento de La Bastilla en mayo del mismo año, Adrien Proust recibe un balazo en una


pierna y Jeanne Weil entra en tal crisis nerviosa que el niño que habría de dar a luz dos meses después pareciera haber cargado toda su vida con los estragos emocionales.

Con crisis asmáticas violentas que le hacen vivir experiencias cercanas a la muerte desde los nueve años (la primera siendo en la primavera del 81, mientras jugaba en el Bois de Boulogne), Proust siente –y nos lo hace sentir a medida que leemos, entrelíneas, su obra– vivir con la inminente amenaza. En cualquier momento de la llegada de cualquier primavera, en lugar de renacer y surgir de nuevo con la tierra, la muerte podría llegar y ahogarlo con los paseos y los correteos, con el aire supuestamente vital, fresco y florido.

De allí su afán de escribir casi que obsesivamente, de estar en sociedad aunque verdaderamente nunca se sintiera del todo parte, de crearse un nombre y darse a conocer. Bachiller literario en 1889, Proust empieza a entrar a hacer parte de los círculos intelectuales dos años después cuando empieza a conocer a escritores tales como Oscar Wilde y Anatole France, para terminar más adelante codeándose con artistas como Stravinsky, Picasso o Joyce.

Tras la muerte de sus padres y con su salud cada vez más frágil y deteriorada, Proust se recluye en su casa –sin casi salir de su cama y sin soportar cualquier tipo de cambio en la organización de su cuarto y de su ambiente– y se embarca desde 1908 hasta su muerte en la gestación y escritura de la obra que le permitió aprehender el paso del tiempo (con toda su inminencia y su inevitable sentencia) y derrotarlo con su inmortalidad: En busca del tiempo perdido. Con cuatro tomos publicados en vida (Por el camino de Swann, A la sombra de las muchachas en flor, El mundo de las Guermantes, Sodoma y Gomorra) y dos publicados de manera póstuma (La prisionera, la fugitiva y El tiempo recobrado), Marcel Proust logró consagrarse como el escritor por excelencia y, sobre todo, como él buscaba, logró llevar a cabo un libro que recogiera en su regazo lo universal de la memoria, del tiempo y del hombre.

Asmático, enfermizo, hipocondríaco, con un amor tan exaltado por su madre que hace de él un pequeño Edipo y con una homosexualidad que se descubre poco a poco, Marcel Proust se aísla en sus palabras y busca, como en un pozo, su yo interior y el yo que –muchas veces sin saberlo– tenemos todos. “Así, toda mi vida hasta este día hubiese podido ser y no ser resumida bajo un título: Una vocación. No hubiese podido serlo en el sentido de que la literatura no había jugado ningún rol en mi vida. Hubiese podido serlo en la medida en que esta vida, los recuerdos de sus tristezas, de sus alegrías, formaban una reserva igual a ese álbum que se aloja en el óvulo de las plantas y del cual éste se nutre para transformarse en grano, en ese tiempo en el que se ignora todavía que el embrión de una planta se desarrolla (…)”, nos dice el narrador en El tiempo recobrado

Como Proust, el proyecto de Véronique Aubouy busca jugar con la memoria y hacerle contrapeso al olvido: rescatar, de entre los escombros del tiempo, de entre las más de tres mil páginas, el libro que nos habla de los misterios del corazón y del alma. “Proust habla del alma humana. Proust toca y hace sensibles motivos vitales que me parecen esenciales: el amor, la muerte, el sexo, la relación entre los seres, el arte, la creación. Es el único libro al cual es posible consagrarse toda una vida sin cansarse. Es completamente inagotable: uno encuentra todo y con cada relectura, se siguen encontrando todavía cosas que no habíamos visto. Es un libro de vida”.

Por Dominique Lemoine Ulloa

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