La familia Makhmalbaf debe sentirse orgullosa. El padre, Mohsen Makhmalbaf, desde principios de los años 80 es un héroe cultural de la cinematografía iraní. Su hija Samira deslumbró al público a finales de los años 90 con La manzana (1998), confirmando con El tablero (2000) que el milagro no había sido un golpe de suerte.
El año pasado, Hana, la niña que Mohsen alzaba durante el rodaje de Un momento de inocencia (1995), presentó su primer largometraje, Buda colapsó por vergüenza (2007), después de filmar un corto, El día que mi tía enfermó (1997), y un documental acerca de su hermana Samira cuando dirigía su tercer largometraje, A las cinco de la tarde (2003). La herencia del padre no ha sido en vano, así como tampoco sus lecciones en la Escuela de Cine Makhmalbaf, donde Hana y Samira aprendieron a narrar historias con imágenes.
Siguiendo el sentido del cine a la manera de los Makhmalbaf como un testimonio elocuente para revelar la condición humana, Hana recuerda la destrucción que hicieron los talibanes en marzo de 2001 de los budas gigantescos que existían en el valle de Bamián (Afganistán). Los dos gigantes —de 52 y 36 metros—, su simbolismo y la magnitud de su presencia, contrastan con la aventura de una niña llamada Baktay, ansiosa por asistir a la escuela para aprender a leer y a escribir.
El conocimiento en contra del salvajismo; la cultura como recurso para evitar el deterioro absoluto; la figura diminuta de la niña agigantándose como los budas en contra de la intolerancia, es narrada por el guionista, Marziyeh Meshkini, como una metáfora en la que se representa la guerra a pequeña escala cuando Baktay se enfrenta con un grupo de niños que la acusan simultáneamente, de manera precozmente esquizofrénica, de ser una espía norteamericana y una espía de los talibanes.
La puesta en escena que identifica al cine iraní, el interés por resaltar la presencia del ser humano en la aridez del paisaje o en escenarios escuetos, la suma de anécdotas que definen la dimensión de la historia, los personajes infantiles que ayudan a comprender las torpezas del mundo según los adultos, la tradición visual de su padre y de su hermana, continúan amparados en manos de Hana.
No requiere de palabras para expresar la ansiedad de Baktay cuando trata de intercambiar los huevos que ha conseguido por un cuaderno para asistir a la escuela. La cámara describe las emociones y el temperamento de la niña. En el valle de Bamián la vergüenza se percibe por el ultraje a la memoria representada por los budas y por la amenaza que significa su destrucción, que afecta tanto a Baktay como enardece a los niños que la persiguen.
Según Mohsen Makhmalbaf, autor del título de la película, “incluso una estatua se puede avergonzar de presenciar la violencia y la crueldad que soporta la gente inocente y, por lo tanto, colapsar”. Vergüenza que abruma también a los niños. Sometidos por las circunstancias, reaccionan según el ejemplo de sus mayores. Baktay avanza al contrario. Busca en la escuela, que también la rechaza, una solución a la barbarie, que no comprende pero que padece con una intensidad capaz de quebrantar su vida.
¿Por qué el cine iraní se ha convertido, con la sobriedad de sus imágenes y el ritmo de sus historias, en un patrimonio del público que descubre en sus películas una lección semejante a la que dejaron en la pantalla los directores italianos de los años 40 —Rossellini, De Sica, Lattuada—? Su permanencia y el interés por una cinematografía que no aturde sino estimula las reflexiones del espectador, sin agobiarlo de manera agresiva, se debe a la manera como describe el mundo contemporáneo reflejando las huellas que traza en sus personajes; creando ficciones antes que alegatos sociológicos; destacándose el trabajo de sus directores, honrados por el talento de una familia como la Makhmalbaf.