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Publicada en 1995, El lector, de Bernard Schlink, se convirtió en una novela útil para transformar las referencias sobre el nazismo, al menos desde la ficción. El terror que surge de la Segunda Guerra Mundial y la culpa que cruza como una sombra sobre la mentalidad alemana, fueron registrados en una historia que reúne:
1. La pasión de los instintos —y por la literatura— como el tema de su primera parte.
2. La pasión de la razón que intenta comprender los motivos de la guerra, en la segunda parte.
3. La conclusión acerca de la historia leída y vivida por su protagonista, el joven Michel Berg, que reflexiona en la tercera parte de la novela, cuando ya es un adulto y su biografía puede considerar la perspectiva del tiempo transcurrido: “No es cierto, como pueden pensar quizá los que ven el asunto desde fuera, que ante el pasado tengamos que limitarnos a observar, sin participar, como hacemos en el presente”.
El lector es la novela de un juez que dictamina sobre la devastación moral del holocausto, sin conceder la solución de señalar quién es el culpable o la víctima de su relato, incitando antes que adoctrinando.
2008: trece años después, la novela fue adaptada al cine siguiendo la ecuación bestseller = taquillazo. Su director, Stephen Daldry, arrastró años atrás a los espectadores de cine para que compraran la novela de Michael Cunningham The hours, adaptada en 2002. La literatura al servicio del cine lograba renovar así las invenciones narrativas de la pantalla; le otorgaba la capacidad de salvar con su talento los relatos rutinarios de la gran industria —¿sorprende entonces que Daldry sea quizás el director a cargo de la adaptación que se haga de Las asombrosas aventuras de Kavalier & Clay, firmada por Michael Chabon, nada chambón cuando escribe las novelas que lo han situado en el estrellato de la literatura norteamericana reciente?—.
Como en Sophie Scholl (Rothemund, 2005), Alemania se observa a sí misma en el espejo de sus calamidades, acaso para comprenderlas, juzgarlas y considerar las motivaciones de su tragedia durante la guerra.
Con El lector, más allá de la pasión adolescente que vive el joven Berg con la enigmática Hanna, sumergidos en la ficción hecha erotismo, y del posterior enjuiciamiento que aterriza el encantamiento juvenil en el drama y la brutalidad de los adultos a la sombra de la barbarie, la novela y su adaptación proponen otro veredicto: la ignorancia impuesta por el analfabetismo hace aún más frágiles a sus víctimas, dominadas por un mundo en movimiento ante el cual pueden quedarse rezagadas y cometer torpezas inverosímiles.
Schlink es categórico cuando habla a través de Berg en la novela: “Quería deshacerme de los tópicos con ayuda de la realidad”.
A principios del siglo XXI, los lugares comunes y sus repeticiones deben transformarse para evitar la monotonía de lo ya leído, visto y percibido emocionalmente, buscando otras formas para temas conocidos, que exploten en la conciencia del público con la efectividad que obliga a revisar las pesadillas de la historia —¿recuerdan La vida de los otros (Henckel von Donnersmarck, 2006), con su espía en conflicto en Alemania Oriental a mediados de los años 80?—.
Para conjurar el patrimonio fosilizado de la imaginación, Schlink escribió El lector y Daldry popularizó aún más su novela, aprovechando el rostro de Kate Winslet como Hanna y de un actor que avanza desde 2002 en el cine, David Kross, como el joven Berg, con una gama emocional más amplia que el rostro de mármol del Berg adulto petrificado en la imagen de Ralph Fiennes.
Mientras la novela se permite variaciones cuando gira alrededor del conflicto entre los personajes, la película rescata lo esencial de la trama sin admitir los desvíos literarios. En ambos escenarios —el libro y la pantalla—, la visión de Schlink es beneficiosa y quiere brindar los argumentos necesarios para sobrevivir a las miserias humanas con los matices de la historia.