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En el ámbito de la poesía

La película del director iraní Majid Majidi ‘Las cenizas de la luz’ narra la historia de Youssef, profesor ciego de poesía persa y de su viaje de hallazgos y sorpresas por el universo de la luz y la visión.

Hugo Chaparro Valderrama

14 de enero de 2010 - 05:39 p. m.
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La ceguera en el cine es una contradicción de términos: vemos a los personajes que sufren por la oscuridad de sus ojos, representando su historia en un arte que enaltece la visión, y su testimonio evidencia una forma de sentir el mundo que escapa a los videntes. El color del paraíso (1999) le permitió al director iraní Majid Majidi describir la cercanía al paraíso de un niño tocado por la gracia a pesar de su desgracia; celebrar a plenitud el hallazgo de las sensaciones que le permiten, más allá de la ceguera, escuchar, tocar, oler y saborear el mundo.

Titulada en español, con la exactitud que admite la fortuna poética, Las cenizas de la luz (2005), Majidi narra una historia de revelaciones que contradicen la esperanza de Youssef (Parvis Parastusi), profesor ciego de poesía persa en la Universidad de Teherán, cuando obtiene el privilegio de la visión y descubre tanto las sorpresas de lo desconocido —el rostro de su madre, de su esposa y de su hija; la miniatura asombrosa de una hormiga acarreando silenciosamente el rastro de una hoja; el don de la belleza que lo confunde y lo agobia—, como las pasiones que lo comprometen tras conocer, por el panorama que se abre ante sus ojos, que vive de una manera angustiosa, perdiendo la serenidad, abjurando de su pasado sin considerar lo que pudo construir en él gracias al apoyo solidario de todos los que acompañaron su biografía en las tinieblas.

Si El color del paraíso era la película de un director místico, ilusionado con la ficción divina, Las cenizas de la luz enjuicia otra ficción, cercana a la literatura fantástica, los milagros, como una manifestación que puede ser tan generosa como adversa para la experiencia humana y sus limitaciones.

El viaje de Youssef hacia la luz según la ciencia médica, en una clínica de París donde se somete a una operación, le muestra una amplia gama de grises —exteriores e interiores— después de que regresa a Teherán. No alcanza a comprender la sensatez de un amigo ocasional, paciente de la clínica en París, el buen Morteza (Mohammad Amir Naji), capaz de encajar con sabiduría el proceso inevitable hacia el deterioro de sus ojos. Tampoco la abnegada lealtad de su mujer (Roya Taymourian) y de su hija (Melika Eslati). Ante la belleza que dibuja en el paisaje el rostro de Pari (Leila Otadi), el tiempo es una carga que agobia a Youssef por la plenitud de la muchacha como otra visión imposible cuando vivía en la ceguera.

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La lectura en braille que le han permitido los libros de su biblioteca, se desvanece más allá de su casa, en la lectura de la realidad, donde asume de repente el papel de un actor protagónico con sus mezquindades, anhelos, congojas y virtudes.

El cine de Majid Majidi, desde que estrenara su primer largometraje, Baduk (1992), está filmado en contravía al espejismo de la técnica como pretexto artificioso. Sus largometrajes de ficción —Los niños del cielo (1997), Baran (2001)—, definieron la sencillez de las películas filmadas en Irán y la exploración de una cinematografía interesada en narrar historias comprometedoras para el espectador que supone, bajo la superficie de su sencillez, la sabiduría de la observación.

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El guión de Las cenizas de la luz y la puesta en escena de su historia, a las que contribuye la factura visual según el ojo de un veterano director de fotografía, Mahmoud Kalari, recuerdan las ventajas de los clásicos: una forma tradicional como recurso suficiente para permanecer en la memoria cuando las imágenes se apoyan en la inteligencia de sus personajes y en la compasión del autor ante sus vidas; en el patrimonio que comprueba la plenitud del cine contemporáneo según Majidi y otros directores cercanos al legado de la poesía en sus películas —Abbas Kiarostami, Mohsen Makhmalbaf, Dariush Mehrjui—.

Por Hugo Chaparro Valderrama

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