Todos, necesariamente, para bien y para mal, somos hijos de alguien y es en eso que radica Sin título 1977, la más reciente novela de Margarita Posada.
De la mano de Magdalena, una artista con un marido distante y una hija que llegó a su vida antes de tiempo, y Antonio, un padre con alzhéimer y lleno de fallas como todos, la novela entrelaza dos voces que se aman y se odian por ser tan distintas pero, a la vez, inevitablemente idénticas.
“Lo que quiero demostrar es que al fin y al cabo en estas historias nunca hay un bueno y un malo, no hay víctimas ni victimarios, todos somos unas ratas cuando queremos y hay dinámicas que se van estableciendo sin que nos demos cuenta hasta que, de repente, por más que no queramos, uno termina pareciéndose y siendo esa persona”, cuenta Posada.
Con la idea de reivindicar la figura paterna que tanta mella hace en cada uno de nosotros a través de una historia de ficción que, sin embargo, nace —como todas las buenas historias— de la entraña más íntima y personal, Margarita Posada escribió una novela que termina siendo, en últimas, la de todos.
Era apenas natural que la voz de ese personaje fuera la que surgiera primero. “Aunque después me pareció demasiado melosa, necesitaba la otra voz, para hablar del amor pero también del odio, todo revuelto”, cuenta la escritora bogotana acerca de la elaboración de ésta, su segunda novela.
Ya con dos personajes vociferando y peleando, el círculo habría de cerrarlo una tercera voz, la del hermano que vive la misma historia pero que narra todo con una visión ingenua, sin juicios de valor y periférica a esa relación padre-hija.
“Ser el hijo de alguien siempre termina siendo un drama. En verdad el único gran problema del ser humano es ser hijo y papá de alguien, de no ser así estaríamos todos mucho más sanos. Seríamos completamente felices, aunque supongo que la felicidad debe ser como un estado de aburrimiento, un letargo increíble. Si uno no está en permanente conflicto no se siente vivo”, dice Posada con la satisfacción de haber acabado esta novela —“sin título” y con año como en las obras de los artistas plásticos— y de seguir escribiendo, cada vez, como si nunca hubiera publicado un libro.
Si acaso una resolución del conflicto es posible, para Posada ésta se da en el arte.
Es sólo en la medida en que el personaje, el autor, el lector, o cualquier de nosotros se esculca a sí mismo y llega a esos lugares donde nadie ha estado, se busca en la entraña y se opera sus propios tumores, que se puede crear algo y abrir una salida. “Porque al fin y al cabo es para lo único que sirve el arte, porque no sirve para nada más”.