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En el reino de la Fantasía

Hace 15 años falleció en Stuttgart Michael Ende, el autor de 'Momo' y 'La historia interminable', entre otros libros inmortales, de los que se han vendido más de 25 millones de ejemplares.

Fernando Araújo Vélez

14 de noviembre de 2010 - 02:59 p. m.
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Tanques, ejércitos, desfiles, himnos, uniformes… El individuo al servicio del orden, el orden como herramienta de una ideología, la ideología como única carta de la supervivencia. Michael Ende vivió y sufrió aquella Alemania nacionalsocialista de Hitler, y vivió y sufrió la amargura, el odio, la perversión, la muerte, la locura. Por un tiempo, se refugió entre los resistentes al régimen del Frente Libre Bavariano y, como oscuro espía de película, repartía panfletos y mensajes cifrados entre los habitantes de los suburbios de las ciudades bombardeadas. Había nacido en Garmish el 12 de noviembre de 1929 y se había trasladado a Munich, una ciudad mucho más sensible, artística y profunda, donde su padre, Edgar Ende, podría intentar sobrevivir de sus pinturas surrealistas.

El pintor se había enamorado tres años atrás de una profesora mucho mayor que él durante una noche de tormentas en Bahnhofstrasse, poco después de haber buscado algo de calor en una tienda de bisuterías donde ella, Luisse Bartholoma, trabajaba. Él le mostró sus obras. Ella lo escuchó, y más tarde, mucho más tarde, lo invitó a su apartamento. Hablaron de mitología, de Novalis, de los sueños y la fantasía, más o menos los mismos temas sobre los que conversarían infinidad de veces, noche tras noche, frente a las sonrisas, llantos, preguntas y silencios de su hijo. Michael Andreas Helmuth Ende creció entre ilusiones y personajes fantásticos. La magia, para él, era la realidad y viceversa. Se mezclaban y confundían, se entrelazaban, hasta que Willie, su mejor amigo en la escuela de Wilhelm, pereció por una neumonía.

Ende empezó a comprender entonces que existía el fin, que la magia no era infinita. Muchos años después revivió a Willie en La historia interminable. Lo hizo letras, carne y huesos, pensamiento y sensaciones con el nombre de Bastián, el emperador infantil que buscaba abandonar la Nada para conquistar el reino de Fantasía. Bastián era, de alguna manera, su manera de decirle, gritarle al mundo que la vida no era una simple y tortuosa obligación y nada más, que en ella cabían lo fantástico y lo mágico, las ilusiones y quimeras, las fábulas. “Un sueño no puede convertirse en Nada una vez que se ha soñado”, diría. “Nuestra memoria no es más que una imagen de la realidad, por lo que nuestra realidad es sólo nuestra imaginación”, diría.

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Fue actor de la Escuela de Otto Farkenberg, crítico y dramaturgo por algo más de una década. Soñó con paraísos artificiales y con artificios que pudieran ser creíbles. Una noche, un compañero de trabajos le pidió que le escribiera algunas notas para un libro ilustrado. Ende comenzó a bosquejar su clásico Jim Boton y Lucas el maquinista, e incluso ensayó uno que otro dibujo. Con sus obras en un viejo maletín, herencia de los pliegos que usaba su padre para garabatear sus borradores, recorrió diarios, revistas y casas editoriales. No, la respuesta siempre era No. En 1961 obtuvo el premio de literatura juvenil alemana y todo cambió. Se casó en el 64 con el amor de sus primeros años, Ingebor Hoffman, y con ella vio, leyó, palpó y comió cine, sobre todo a Kurosawa, y delineó en forma de ópera a Momo y los ladrones del tiempo.

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Momo pudo ser un amor platónico infantil de aquellos tiempos de preguerra, la mujer, el ser humano ideal que volvía inteligentes, valerosos, dignos y luchadores a sus interlocutores porque los escuchaba. Oía sus problemas, nada más que eso. Los oía con atención, como si quien le estuviera hablando fuera el ser más importante del universo, el único. Vivía en los bajos de un anfiteatro, hasta donde iban todos los vecinos a buscarla. Un día, de repente, sus visitantes comenzaron a diluirse. Iban, pero ya no hablaban tanto como antes. No sonreían como antes. El rumor de que había unos siniestros seres en la ciudad con oscuras intenciones se transformó en pánico. Momo supo, entonces, que aquellos seres, los hombres de gris, eran ladrones del tiempo, señores multiplicados y repletos de obligaciones que convencían a la gente para que dejara de charlar, reír, ir a fiestas, ver películas, leer y, ante todo, de soñar.

 El tiempo que conseguían era la savia para el humo que se fumaban sus jefes. De ese humo y por ese humo vivían. Momo, su tortuga y un viejo amante de los relojes, la encarnación de un nuevo romanticismo, vencieron a los grises, la materialización de lo comprobable, práctico y contable. Momo era Novalis, aquel irredimible romántico que había dicho “Donde hay niños existe la Edad de Oro”. Los hombre de gris fueron los estrictos y ordenados ejércitos que Ende combatió toda su vida. Los críticos, sin embargo, determinaron que Michael Ende era un gran escritor de obras infantiles. Él les respondió con un lacerante “puedes entrar a un salón literario por cualquier puerta que elijas: desde una prisión, un psiquiátrico, incluso desde un burdel, pero dentro del salón existe una puerta cerrada, la puerta de la estancia infantil”.

faraujo@elespectador.com

Por Fernando Araújo Vélez

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