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“En esos 18 días en los que permanecí en coma, a mi madre le llegó el olor de la muerte”

El testimonio de Julián Giraldo Mejía, que estuvo en estado de coma y con el 70% del lado izquierdo de su cerebro afectado. “Milagrosamente bien” es el libro en el que cuenta cómo volvió a la vida. Fragmento. Publica Mediapluma editorial.

Julián Giraldo Mejía / Especial para El Espectador

24 de febrero de 2026 - 01:00 p. m.
Esta es la portada del libro que relata la historia de Julián Giraldo Mejía, quien debió aprender de nuevo a hablar, a caminar y a amar.
Foto: Cortesía de mediapluma
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Capítulo 3. U319: 18 días con sus noches

Permanecí dos meses en la Clínica Fundación Santa Fe de Bogotá, donde me salvaron la vida. Estuve 18 días en coma. Inconsciente. Conectado a aparatos que monitoreaban cada uno de mis signos vitales, mi pulsación cardiaca, mis niveles de respiración y saturación, y mi actividad cerebral. Me habían hecho una cirugía que más parecía una compleja operación interplanetaria dirigida por la NASA que un procedimiento quirúrgico para salvar la vida de una persona. Como consecuencia del ACV, parte de mi cerebro estaba destruido, quemado, pero, a su vez, estaba tan inflamando que existía el riesgo de que ya no cupiera dentro del cráneo y, literalmente, explotara. Una de las primeras decisiones que debieron tomar Lagu y mi mamá era si me sometían a una cirugía en la que era posible que tuvieran que extraer una parte importante del hueso del cráneo e incrustármelo en una parte del estómago, para que el hueso “no muriera” y el cuerpo siguiera reconociéndolo como suyo. Era extraño: fragmentar una parte de mí, para injertarla y así salvarme. ¿Valdría la pena?

Ante esa gran decisión, el criterio de Lagu fue preguntarse qué pensaría yo. “¿Si fuera decisión de Juli, ¿se sometería a la cirugía?”, se preguntaba él mil veces, con el tono reflexivo que lo caracteriza y de siempre ver las opciones de cada caso. ¡Ay mi amor!, mi Lagu, mi Poso, en las que te puse, lo que te tocó vivir. Pero fuiste valiente también, estuviste a la altura de las circunstancias. Me salvaste la vida. Y ahora mi vida es para ti y para Noah.

—Por siempre.

—Para siempre.

Este ha sido quizás nuestro diálogo más breve pero más intenso en los años que hemos sido pareja, socios, amigos, esposos, padres. Sobrevivientes.

Ante una decisión de ese calibre, necesitas a tu lado a alguien que te conozca mucho. Que pueda casi que pensar por ti y tomar los caminos que seguramente tú tomarías. Era lo que me sucedía con Lagu. Nos conocíamos muy bien, habíamos pasado demasiado tiempo juntos. Además, sin pensarlo, como socios nos habíamos anticipado a una situación así, y por eso, seis meses antes del accidente, habíamos firmado un documento conocido como “declaración de gobierno corporativo”, en el cual, en caso de que él o yo no pudiéramos tomar decisiones conscientes sobre la empresa o sobre nuestra propia vida, nos autorizábamos mutuamente a tomar las riendas de la situación. No puedo dejar de pensar en la canción de Rafael Escalona: “Si yo moría primero, él me hacía un retrato, o, si él moría primero, le sacaba un son”.

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A Lagu le tocó hacerme un retrato, y yo, por fortuna, no le he sacado el son.

Así las cosas, la decisión de adelantar o no la cirugía estaba en manos suyas; sin embargo, el cuerpo médico fue enfático en decir que, aunque él se presentara en la clínica como mi pareja, legalmente no tenía autorización de tomar decisión alguna, puesto que para entonces no existía en Colombia ninguna validación legal para las parejas del mismo género.

Sin embargo, Lagu sabía que ante cualquier mínima oportunidad de vivir, yo optaría por tomarla. Así había sido en la vida de pareja, en los negocios, en la familia. En una situación difícil, siempre hay un lado positivo, pero hay que aprender a verlo. Yo siempre he sido del grupo de personas en el mundo que vemos el vaso más lleno que vacío. Él me conocía y lo sabía. Yo hubiera hecho lo mismo por él, y por esa razón doña Rubiela y Lagu le confirmaron al cuerpo médico que tenían la autorización de abrirme el cráneo y el estómago y llevar a cabo esa operación de tan alta complejidad.

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A partir de ese momento mi vida y mi futuro estaban en manos de los médicos y de Dios. Estoy convencido de que es la combinación perfecta. La cirugía fue ejecutada con maestría. Los “doctores de la Nasa” habían puesto todo su conocimiento y toda su experiencia para intentar salvar lo que quedaba de mi cerebro. ¿Qué quedaría en ese 30% del lado izquierdo que no se había afectado? ¿Alcanzarían a quedar los recuerdos de mi infancia en Pereira? ¿Si me despertaba reconocería a mi madre, a Carlos? ¿Me perdonarían y me darían la oportunidad de resarcirme todos aquellos a quienes tal vez habría dejado un poco de lado antes del accidente por cuenta de una vida de fiestas, de gente nueva, de un círculo social que me había capturado y del cual debo reconocer disfrutaba? ¿Recordaría alguna imagen de mi padre?

Al tercer día de su muerte, Jesús resucitó entre los muertos, dicen las Escrituras. Al tercer día moví un pie. Era ese hilo que estábamos todos esperando, era esa luz al final del túnel, lejana y demasiado pequeña, pero luz al final y al cabo. Era visualizar tierra firme luego de mucho tiempo perdidos en altamar. Sin embargo, la incredulidad e incertidumbre de los médicos aún era desalentadora. Con esa lesión tan profunda era casi seguro que iba a quedar cuadripléjico. Era prácticamente imposible que volviera a caminar o que pudiera comunicarme. Una de las tantas preguntas que todos se hacían era si yo escuchaba lo que se hablaba dentro de la habitación.

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La respuesta a esa pregunta llegó una tarde. Aquel día, Lagu, inmerso en un momento único lleno de cariño, de preocupación, de angustia, me declaró su amor para siempre. Me lo dijo al oído. Me prometió pasar el resto de nuestras vidas juntos si yo me levantaba de esa cama, si yo volvía a abrir los ojos, si volvía a decirle una vez más “te amo”. Una lágrima, gruesa, lenta, cayó por mi mejilla. “¡¡¡Julián está escuchandoooo!!! ¡¡¡Julián está escuchandoooo!!!! ¡¡¡Julián me oye!!!”, gritó emocionado y esperanzado.

A partir de ese momento, y como buen publicista que es, comenzó la campaña más alentadora en beneficio de un paciente que cualquier enfermera o médico hubiera conocido antes en un centro clínico. Decidió que, de la puerta de la habitación U319 hacia adentro estaba prohibido llorar o referirse de manera negativa a la situación, estaban prohibidas la tristeza y la desesperanza. Así se lo hizo saber a todos: familiares, amigos y al personal que nos atendía en la clínica. “Por favor, acá adentro, nada de mala vibra, ni malas noticias, ni tristeza”.

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Mi buena amiga Angélica Quintero, una de las fisioterapeutas de la Fundación Santa Fe lo recordó en una de las tantas entrevistas que hicimos para reconstruir esta historia, mi historia, nuestra historia. “En esta profesión se ven muchas experiencias donde los familiares están siempre tristes, agobiados y todo es oscuro. Pero uno entraba a la habitación de Juli y todo allá era blanco, todo era esperanza, era optimismo y el punto negro, que era la enfermedad cerebrovascular por la que ahora atravesaba Juli, era minúsculo”.

Fueron 18 días con sus noches. Mi mamá, Carlos Laguna, Jessica Sánchez, Ángela, Milton Campo, Diana Gaviria, Rubiela Mejía, Nancy Peña, Angélica Laguna, Marisol Laguna, Sandra Giraldo, Ana Proaños, Diana Giraldo, Hernán Cáceres, Mónica Arcila, Eliana Grajales, Fernanda Bernal, Daniela Villada, Juan Pablo Gaviria, Adriana Agudelo, Sandra “La flaca” Mejía, mi hermana, Joao, Natalia —VP de cuentas—, Jimmy León, Diana Restrepo, Janneth, la sicóloga,siempre estuvieron ahí. Mi padre también. Fueron a la clínica, nos visitaron, acompañaron, oraron.

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Muchos de ellos dejaron de lado parte importante de sus vidas por acompañarme mientras intentaban salvar la mía durante los 18 días en los que permanecí en estado de coma. Monitoreado. Conectado en aquella Unidad de Cuidados Intensivos, que es la última puerta. Me sentía como en Ghana, en la punta más oriental del continente africano, donde hay una pequeña ventana que da al Océano Atlántico. Desde ese puerto millones de esclavos africanos salieron encadenados de pies y manos para luego ser vendidos en el mercado de esclavos en tierras americanas. Se le llamaba “La puerta del no retorno”. Me sentía así, viendo por una ventanita mi último viaje. Cuando pienso en la UCI pienso en esa ventana, en esa imagen, en ese momento cuando millones de esclavos inocentes sabían que iban a morir en el trayecto o que serían entregados a colonialistas españoles, ingleses y portugueses que por entonces saqueaban las tierras “recién” descubiertas de América. Así era la UCI. Era la última puerta antes del viaje definitivo.

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Hago memoria y también recuerdo aquel viaje a Brasil, a Río de Janeiro, a sus playas, a sus aguas. De ese viaje paradisíaco e inolvidable, que quedó indeleble en nuestra memoria, surgió una canción, una banda sonora. Los recuerdos de los mejores viajes suelen tener un plato que se recuerda siempre, y por lo general, una canción, que al oírla, nos lleva de regreso a esos momentos. Nuestra banda sonora de Río sonaba así, y volvía a retumbar en nuestra mente en la situación más difícil que estaba, que estábamos atravesando.

BOLA VIVA*

Para a vida guiar, a vida guiar, a vida guiar

Para a vida guiar, a vida guiar, a vida guiar

Para a vida guiar, a vida guiar, a vida guiar

Olha o azul, olha o azul

Esse povo, esse fogo

Essa terra, esse mar, esse mar

Olha o vermelho, olha o azul

Olha o vermelho, olha o azul

Vamos vencer, vamos vencer

Olha o azul, olha o azul

É minha tribo, é minha força

É meu rito, é meu grito de gol

Foi difícil montar esse time

Não vamos perder

Vamos vencer, vamos vencer

Vamos vencer, vamos vencer

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Vencer, vencer, vencer, vencer...

É muita vida, é mão pra cima

É muita vida, é bola viva

É de viver, é de viver

* “Bola Viva” de Carlinhos Brown, parte de la banda sonora de la película “Rio 2” (2014).

En la UCI, mi madre, doña Rubiela, lo entendía a la perfección. Ella iba asimilando poco a poco que para llegar a una UCI antes el paciente debe haber pasado por una cantidad de puertas antes, pero que ante la gravedad en la que yo me encontraba ese paso había sido muy rápido. “Si toca pasar tantas puertas para llegar hasta dónde está mi hijo es porque está muy grave. Después de esas puertas está la muerte”. Ay, mamita. Te tocó traspasar muchos días seguidos esas puertas, permanecer horas en ese búnker que es una UCI, escuchar el sonido del monitor principal, ver en esa pantalla el ritmo cardiaco y estar pendiente de que el ruido que emitía se mantuviera constante. El mayor miedo: que se hiciera realidad aquella escena que todos hemos visto desde pequeños en las películas, en las que una línea horizontal atraviesa el monitor y emite un sonido, grave, final, ininterrumpido. Es el bip de la muerte.

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La muerte se escucha y también se huele. En algunos de esos 18 días en los que permanecí en coma, a mi madre le llegó el olor de la muerte. “Olía a flor de muerto. Yo conozco muy bien ese olor”, les dijo a los presentes en la clínica. Mi mamá, fiel a sus creencias, pensó que ese olor era el anuncio de mi fallecimiento. “Juli se me va a ir”, decía mi mamá. “Se me muere”. Y para ella, yo no me podía ir sin llevar a cabo lo que manda la tradición católica. Tenían que buscar urgente un sacerdote para que me aplicaran los santos óleos. Concretamente, la extremaunción, que es uno de los siete sacramentos de la Iglesia católica y tiene un significado profundo y consolador en la vida espiritual de los creyentes. Este sacramento ofrece a quienes se encuentran en un momento de enfermedad grave o en el umbral de la muerte una gracia especial, buscando fortalecernos, purificarnos y prepararnos para el encuentro con Dios. Es un sacramento de despedida, pero también una acción de esperanza y fe.

Ver al párroco caminar por los pasillos y acercarse a la UCI, era como si el show terminara, las luces se encendían, se bajaba el telón, y la esperanza desfallecía. “Julián se murió”, comenzaron a decir en los chats de WhatsApp de los familiares y amigos. “Ya vinieron a ponerle los santos óleos”. Pero no, no me iba a rendir tan fácil. Si la votación de la junta médica había quedado 3 a 2, yo iba a darlo todo de mí para continuar inclinando la balanza en mi favor.

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“Todo va a estar bien”, era una frase que yo solía decir cuando las situaciones en la casa, en la oficina, o en la vida, se ponían más complejas de lo normal. Porque, aceptémoslo, siempre la vida nos pondrá retos enfrente. La vida se trata de eso, o se ha tratado siempre, durante los últimos 8.000 años de existencia de la humanidad, de cómo los enfrentamos. Desde hace 8.000 años los seres humanos hemos estado arreglándonoslas para encontrar el sustento, para contar con ropa para cubrirnos, abrigarnos y protegernos, para encontrar un lugar donde resguardarnos de las inclemencias del clima, para socializar. Llevamos siglos buscando una pareja de la cual enamorarnos y que se enamore de nosotros en el mismo nivel. Llevamos décadas encontrando las curas a nuestras enfermedades del cuerpo, de la mente, del alma y del corazón. A nosotros nos tocó el siglo XX y el XXI, pero nuestros antecesores que han pasado por esta Tierra han tenido que enfrentarse a retos muy similares.

Por eso, siempre he pensado que, ante una decisión difícil, es importante mantener la calma, transmitirles a quienes nos rodean esa percepción de tranquilidad, ante el derrumbamiento de los castillos o el hundimiento de las naves. Estando en calma es la única manera de reaccionar, de solucionar, de pensar. Siempre se lo dije a Carlos. Quienes nos conocen aseguran que somos la pareja perfecta, porque mientras él es más acelerado e impaciente, yo mantengo la tranquilidad. Mientras él se preocupa, yo me tranquilizo. Siempre le he dicho “todo va a estar bien”. Sin embargo, tendido en esa cama, conectado y sin poder hablar, la voz que siempre le decía “todo va a estar bien” ya no estaba, ya no se escuchaba. Él tomó la decisión, a los ocho días de mi accidente, de tatuarse en el brazo izquierdo, la frase “todo va a estar bien”. Eso le recordaría, cada segundo, lo que yo posiblemente quería decirle en todo momento.

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Karen Ann Quinlan fue una estudiante estadounidense, que entró en coma en 1975 debido a una sobredosis por consumo de drogas. Duró 10 años inconsciente, hasta que falleció en 1985. Ann se convirtió en uno de los primeros casos en el mundo que abrió la discusión sobre la eutanasia, el derecho a morir dignamente. Terry Schiavo fue otra mujer estadounidense que sufrió un paro cardíaco en 1990 debido a un desequilibrio de potasio y quedó en estado vegetativo. Este caso causó un gran debate en los Estados Unidos, pues duró 15 años en coma y falleció en el año 2005. Bobbie Kristina Brown, la hija de Whitney Houston, fue encontrada inconsciente en el año 2015. Estaba en la bañera. Brown estuvo en coma durante seis meses y falleció en el año 2016. Gustavo Cerati sufrió un accidente cerebrovascular en mayo de 2010 y estuvo en coma durante más de cuatro años. Su estado era vegetativo, y tanto sus familiares, como millones de seguidores y fanáticos alrededor del mundo esperaban su recuperación, sin embargo, nunca respondió a ningún estímulo. “¿Lo desconectamos?”. Cerati nunca despertó. Yo, Julián Giraldo Mejía, desperté a los 18 días, luego de haber estado con traqueotomía para respirar y gastrostomía, para alimentarme a través de una sonda. Comenzaba mi segunda oportunidad.

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Por Julián Giraldo Mejía / Especial para El Espectador

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