25 Oct 2008 - 10:00 p. m.

“En esta casa tengo que morirme”

A punto de dejar un autoexilio de 37 años en México, el escritor Fernando Vallejo regresó al lugar de Medellín que marcó su vida y su literatura. Dos novelas, una sobre los perros y otra sobre la vejez, rondan sus pensamientos.

Nelson Fredy Padilla/ Enviado especial, Medellín

Llego quince minutos después de la hora acordada. Mientras timbro en la casona, camuflada por una enredadera entrada en años, pienso en la posibilidad de que el propio Fernando Vallejo me abra el portón y me reciba con una retahíla sobre “la hijueputez” que reina en esta patria loca por lacras como la impuntualidad.

Me recibe Aníbal. Amable, serio. Nos conocemos desde que su hermano decidió donar los cien mil dólares del premio Rómulo Gallegos de 2003 a los perros callejeros de Caracas. Entonces me dijo que si quería entender qué es entregar la vida por los animales debía visitar en Medellín a Aníbal y a su esposa Nora.

¡Siga, pues! Los muros blancos están atiborrados con pinturas de los artistas de la familia, hasta en el comedor. Los Vallejo en pleno están desayunando. El maestro masculla frente a un café negro. En la mano tiene un cuchillo para cortar pan. No me regaña. Saludo a la dulce Nora y acepto el café amargo que se sirve en esa casa.

Fernando Vallejo averigua, inquisitivo, sobre la crónica que pienso hacer. Le hablo de mi interés por sus libros, de la vida de la familia en defensa de los animales. “De esas pobres víctimas es del único tema que me interesa hablar”. Aníbal y Nora hablan de las últimas denuncias que han conocido en la Sociedad Protectora de Animales que dirigen desde 1989. Un hombre mató a una mujer por alimentar a un perro. Envenenaron a 99 palomas en el sector de La Floresta. En una sala de velación un vigilante lanzó a un perro desde un tercer piso.

“Ellos hacen lo que no hace esta sociedad inmoral. No van detrás de algún puesto burocrático. Dan una lección de dignidad sin pedirle nada a nadie en un país limosnero en el que todo es gratis, las entrevistas son gratis”. Financian el programa con los derechos de autor de sus libros.

Dice que le acaban de pagar 70 mil dólares por la colección de biblioteca que editó Alfaguara este año —privilegio que sólo le concedió a Saramago y a Vargas Llosa—, que destinó 60 mil para los perros de Medellín y diez mil para España. “Recoger perros es una gotica que le cortas al mar, es nada, tendría que ser Bill Gates para ayudar de verdad”. ¿Los cien mil dólares de Caracas estarán bien invertidos? “Quién sabe”.

Me pregunta dónde está la grabadora. Le digo que grabo con el celular pero que prefiero no hacerlo demasiado sino charlar con los personajes y tomar notas. Tratar de entender sus vidas. Me mira como quien ve a un pretencioso. Protesta porque desconfía de las libretas de apuntes de los periodistas. “No saben de gramática. Siempre me citan mal. Cuidado porque me jodés”.

Deja en claro su odio a la voz omnipresente, a los libros de García Márquez, a todo menos a los animales. Queda latente un pacto en primera persona. Le pregunto si puedo acompañarlo todo el día. Responde que no sabe porque tiene un control oftalmológico.

Aníbal y Nora ayudan a que Fernando Vallejo se despoje de la armadura. Se para el apátrida, el irreverente, el grosero, el h.p., el magistral, el brillante, el culto, la conciencia del país, todos en uno los calificativos que se le atribuyen, y programa la jornada: primero recorramos la casa, luego vamos a visitar los perros y después voy a que me revisen los ojos. Además de los implantes de retina de sicario que dice tener, le pusieron un lente intraocular.

Ahí está la primera persona furiosa de sus libros. El soberbio. Flaco, frentón, con nariz de payaso digno, recién afeitado; vestido con un raído pantalón de dril, zapatos apaches viejos, camisa azul sin planchar y sin abotonar en los puños. Tiene manazas y nudillos de boxeador. Sin embargo, en su lenguaje agresivo hay inflexiones de calma y ternura familiar. La periodista Rocío Arias, su amiga,  me advirtió: “Hablar con él es como hacer rafting”.

Lo conocía a través de las yemas de los dedos. En “el gran basurero”, como llama a internet, cruzamos correos sobre literatura y sobre la Iglesia católica, hasta que accedió a este encuentro con motivo de su viaje a Medellín, pensando en regresar de México, donde vive desde 1971.

Eso fue en junio. Esperé hasta septiembre. Me confirmó que venía a operarse de los ojos por sexta vez y que iba a estar en la casa del barrio Laureles, donde los Vallejo hicieron y deshicieron su vida, en la misma cuadra de la Funeraria Betancur.


Conmocionado, releí El desbarrancadero, según los expertos la novela mayor de este maestro del arte de maldecir, elegida el año pasado una de las diez más importantes de los últimos 20 años en habla española. Transcurre en los “cubos de aire” que el propio Vallejo me muestra guardándose las emociones.

Empezamos por el patio. Yo también me contengo. Nos metemos de cabeza en El desbarrancadero. Ahí están el palo de mango y el ciruelo a cuya sombra se desarrolla la historia de Fernando Vallejo y su hermano Darío después de que los dos se hacen una prueba de Sida. La agonía de Darío a lo largo de la novela es la agonía de la familia, la agonía de Colombia, una mala madre encarnada en su propia madre —Lía—, la agonía que vive el escritor desde que perdió a su hermano y a su padre.

Habita la muerte. En esta casa se suicidó de un tiro en la cabeza su tercer hermano, Silvio, cuando tenía 25 años. Se siente la vida ahora que los sobrevivientes decidieron regresar, como dice Nora, “a enfrentarnos con los recuerdos”. Dos gárgolas se descuelgan hacia el empedrado por una pared con manchas de pintura que Aníbal ha hecho sobre los rastros de orina y excrementos que dejan los murciélagos. Explica que “estos seres guardan los espíritus y las buenas energías”. 

Se les ve felices jugueteando con sus mascotas. Conviven tres perros y once gatos. Pero el aguafiestas no soporta las vibraciones que lo atan a este pedazo de tierra que los Vallejo marcaron desde 1959. “En esta casa tengo que morirme. No creo que sea en México”. Se borran las sonrisas.

Este 24 de octubre Fernando Vallejo cumplió 66 años. Aníbal me cuenta que su hermano mayor duró varios días recogiendo sus pasos por Medellín, desde el barrio Boston, donde crecieron, hasta los lugares donde pensaba comprar “un árbol con casa”. Cada vez volvió más deprimido. Despotricó del caos en que se convirtió la ciudad. Atestada de taxis, motos y salvajes. Pero es el moridero que le tocó.

“Sería feliz si no hubiera descubierto el dolor de los animales”, me dice el famoso antes de llevarme al que sería el cuarto del servicio. Me presenta a Belarmina, una perra criolla que no para de rascarse. “Es lo que hace las 24 horas del día. Sufre de micosis fungoide”, dictamina este experto en genética y medicina sin ser graduado en nada, aunque domina filosofía, derecho, francés, latín y griego. Enumera las fórmulas norteamericanas que ha probado en ella sin éxito, la acaricia y recuerda cuando se le murió Bruja.

Extraña a Kim y Kina, las perras rescatadas que son su otra vida junto al escenógrafo David Antón, en México. Añora su piano Steinway, en el que se desahoga cuando no escribe. Aparte de imprecaciones en esta casa siempre hubo música. Fernando Vallejo carga su preferida en iPod. Senderito de amor, de Ventura Romero, es su himno, pero puede pasar de María Callas y Daniel Santos a los tangos, y de la milonga a un concierto para violín de Bruch. Odia el teléfono celular. Carga tapones para no oír a los taxistas. En esta casa manda el silencio.

Seguimos para la sala. Se detiene frente a una pared repleta de fotografías familiares enmarcadas. Descuelga la suya con Darío cuando eran niños, la portada de El desbarrancadero, y las de su papá Aníbal, que era suplente de Laureano Gómez en el Senado. ¿De Laureano?, se me sale el comentario. “Yo no tengo buen concepto de Laureano, todos los políticos son deshonestos por igual”. Le replico que en Los días azules le encontró el lado bueno desde la inocencia infantil.

Me señala a su hermano Carlos, el de Mi hermano el alcalde. Esa novela se lee de un solo chorro, le digo. “Es que la escribí en mes y medio. Sarcasmos, ironía, sarcasmos, ironía”. Temiendo que mi siguiente pregunta sea sobre la madre, doña Lía, Nora me pide que no le toque el tema para que no se riegue. Murió el año pasado. Accedo contra mi voluntad.

Ahora veo una biblioteca medio escondida. Aníbal me dice que ahí están los libros que deja Fernando. ¿Qué le gusta leer?, le pregunto al escritor. “Yo ya leí lo que tenía que leer. Hace más de un año que ni leo ni escribo”. Aníbal empieza a enseñarme una veintena de traducciones de La virgen de los sicarios y de El desbarrancadero. Abundan en francés y acaban de llegar en polaco, coreano, hebreo y portugués. El maestro mira a distancia. Le insinúo si quiere que le hagan una foto con los libros. Error. “No soy vendedor”.


Le pregunto si es verdad que escribe una novela sobre Aníbal, Nora, él y los perros. Me cuenta que quiere “pero por más que le doy vueltas no le encuentro el lado”. Es el único intento en el que la primera persona no le ha funcionado. ¿Por qué no le da voz a los perros? “Porque los animales no hablan. Hacer eso es un lugar común”. Confiesa que seguro sí escribirá una sobre la vejez. Le comento que estoy dedicado a estudiar literatura, para ser escritor. “Usted puede leer toda la vida y nunca aprender a escribir”. ¿Aparte de releer y reescribir qué debo hacer? “Dominar la gramática. Apréndase el Logoi —el tratado sobre el tema que él escribió—. Es la única forma de escribir en idioma literario”.

Hora de ir al baño, a esos baños estrechos de El desbarrancadero donde mientras uno orina casi puede tocar las paredes con los codos. También está lleno de cuadros, éste de desnudos. El principal, un carboncillo de una mujer masturbándose.

A la salida están los carteles de las películas que rodó Vallejo en México en los 80. Crónica roja, Barrio de campeones, La tormenta. Fue su primera manifestación artística sobre la degradación colombiana. Aquí las vetaron. Apenas se pudieron ver el año pasado durante la Feria de las Flores. Fernando Vallejo elude el tema del cine, le da la espalda a los carteles aunque por estos días su amigo, el director franco-iraní Barbet Schroeder —el mismo que dirigió La virgen de los sicarios— trabaja en una comedia con un guión de Vallejo.

Me invita al segundo piso por una antigua escalera de caracol, bajo la que cuelga un letrero: “Matar focas para vestir zorras”. A la derecha está la habitación que fue de su padre. En ella duerme estos días. Tal vez en ella muera. Por el pasillo de madera, pasando por el balcón desde el que ‘La loca’ —su madre— les gritaba hacia el patio, está el cuarto de Darío, el de sus últimos días en medio de la diarrea y una nube de marihuana. La muerte parece acechar entre lienzos.

En ese piso también están las habitaciones de Aníbal, Nora y  sus hijos. También hay un cuarto desde el que se coordinan las actividades de la Fundación San Martín de Porres, creada en 2004 por decisión del escritor para que su trabajo social no sólo beneficie a perros y gatos sino a todo tipo de animales. Vamos para la Protectora, reclama. Nos subimos al automóvil usado de Aníbal. Súbase nené, le dice Nora a su cuñado. Marchamos hacia la realización y el drama de los que quedan de esta familia. Vemos a una señora paseando a un criollo con correa. “En Medellín la gente se ha concientizado”, dice Nora. “No todos”, replica Aníbal que me muestra una venta de animales.

En la entrada de la Sociedad se cruzan la vida y la muerte. Sale una niña con su mascota en los brazos, conectada a una bolsa de suero. Llora una mujer del barrio Santa Cruz a la que acaban de sacrificarle a su perrita.

Fernando Vallejo la consuela. ¿Cuánto tiempo vivió con usted? Dos años, doctor. ¿Y sí ameritaba eutanasiarla? Ya el higadito no le daba. Pobrecita, pobrecita, dice el escritor y se retira porque no es capaz de ver el cadáver. “Aquí se me despierta la fe en el ser humano. Mire a la señora llorando. Entonces sí hay esperanzas en Colombia. Todavía se encuentra gente de corazón grande al lado de tanto mafioso”, alega mirando hacia los edificios vecinos, desde donde a punta de tutelas y amenazas han intentado expulsar a la Protectora de Animales sin éxito.

Al contrario, gracias a otra tutela la Alcaldía se vio obligada a construir el refugio La Perla. Los Vallejo albergaron aquí 600 perros y 130 gatos. Ahora les quedan 30 y 30. Su labor principal es la atención de urgencias con la ayuda de voluntarios de las universidades. No tienen ánimo de lucro. Parte del dinero de los libros se invirtió en un laboratorio clínico.

Aníbal actualiza el archivo de más de 4.000 hojas de vida, Nora le hace seguimiento al trabajo de empleados como Leonel Pulgarín, que lleva con ellos 18 años, Fernando le pasa revista a los pacientes: “Este perro tiene una infección en el ojo. Hay


que ponerle cloranfenicol oftálmico. Es una maravilla atenderlos con tal de que los esterilicen y se los lleven. Es una infamia reproducirlos”.

Llega una señora pidiendo auxilio porque acaban de atropellar a un perro. ¿Dónde?, pregunta angustiado. Antes de llegar al puente de La Iguaná. ¡Vamos! Nos subimos al automóvil y los veterinarios se adelantan en una camioneta. “Esto lo acaba a uno emocionalmente”, opina Nora. Se le escapan las lágrimas. Hay un gentío. “Esa es la vida de los perros de la calle por estos choferes de buses, unos cafres”. Fernando se niega a bajar, se agarra del cojín delantero del carro y mete la cabeza entre los brazos. Aníbal desvía el tránsito, Nora le acaricia la cabeza al animal mientras le aplican la inyección. Luego lo suben en un cartón a la camioneta. ¿Ya lo eutanasió? Sí, Fernando. “Siquiera descansó. Así me pasó con papá”. ¿La parte de El desbarrancadero en la que usted le aplica Eutanex al suero de su padre es verdad? “Sí. Póngalo para que me metan preso. Eso aquí no lo entiende nadie”.

Regresamos a la casona. Nora prepara pasta para el almuerzo mientras vemos imágenes de las 35 mujeres —desde una prostituta de Bello hasta señoras pudientes— que adoptan perros por decenas y que reciben apoyo de los Vallejo. Sentados a la mesa Fernando Vallejo hace progresiones geométricas de la superpoblación hacia la que va el planeta si no regula la reproducción animal y humana. “Hay que cerrar los mataderos, acabar los galpones, con el tráfico de animales, con las corridas de toros de los ricos. Pero qué vamos a esperar de esta sociedad infame, de un país con toros de lidia como los de la familia del Presidente, con paramilitares y ganadería, dos empresas criminales en una”.

El vegetariano levanta su plato, invita a lavarse los dientes y a acompañarlo al centro a que le revisen los ojos antes de que vayamos a conocer a dos ancianas muy especiales. Se demora una hora. Sale a la ventana del consultorio, sonríe y saluda como un niño. Baja molesto porque el experto volvió a fallar en la exactitud del lente. Trancón de taxis. Se queja de la desgraciada mancha amarilla que se tomó la ciudad. De los niveles de “inseguridad democrática”.

Llegamos donde sus amigas. Abre una anciana de piel blanca, ojos azules y pelo blanco. “Parece una princesa”, dice Vallejo. Nunca había oído ladrar a tantos perros al tiempo. Cierra rápido la puerta. Son 70 que cuidan tres hermanas ancianas. Los pasillos, la sala, los cuartos, el patio, todo está repleto de salvados de la calle. Ladran y ladran mientras las mujeres no paran de darle gracias a “doña Norita” y “al doctor Fernando”. La casa tiembla. No debo citar la dirección. A ellas les quitarían los perros y con ellos la vida, me advierte Nora. Nos despiden con besos y bendiciones.

De nuevo el quejoso: “Si esto no es la santidad entonces qué es. Esto me paraliza el alma, no soy capaz de describir esto, por eso no he podido escribir el libro”. Ahora quiere relajarse. Le pide plata a Nora. Imprudencia. ¿No le importa gastarse todo su dinero en los perros, mientras hay gente que muere de hambre? “Esa es una cretinada. ¿Usted cuántos niños ha recogido y cuánto de su sueldo les da a los pobres? Yo hago lo que me da la gana con mi plata”. Con lo que le queda va al parque Versalles o al Bolívar y se sienta en alguna banca a hablar con amigos de la calle. Los vendedores de llamadas lo abrazan y no le cobran. No juega ajedrez, ni dominó. Sólo mira, oye y come empanadas. Llueve. “Mejor vamos a la casa a tomar chocolate”. Así es su vida en Medellín, así quiere que sea hasta la muerte.

De regreso a Bogotá terminé de entender el significado de El desbarrancadero que él me autografió “afectuosamente”.

La eutanasia de mi padre

Así relata en El desbarrancadero la muerte de su padre. Ahora le revela a El Espectador que no es ficción sino verdad: “Me levanté de la cama y me dirigí a un rincón del cuarto donde no me pudiera ver. Allí saqué la jeringa del bolsillo y le quité el protector a la aguja. Luego regresé a su lado y a la botella de suero: sus ojos vidriosos, perdidos, miraban al techo. Entonces hundí la aguja en el tubo de plástico, presioné el émbolo y con la última gotica de suero que caía empezó a entrar el Eutanal.

–¡Ay! –exclamó.

No había transcurrido ni un segundo, ni entrado un mililitro siquiera de Eutanal al torrente de la sangre. Fue fulminante. Así había pasado con el perro. Lo miré cuando sus ojos se inmovilizaban en el vacío. El tiempo, lacayo de la muerte, se detuvo: papi había dejado el horror de la vida y había entrado en el horror de la muerte. Había vuelto a la nada, de la que nunca debió haber salido. En ese instante comprendí para qué, sin él saberlo, me había impuesto la vida, para qué había nacido y vivido yo: para ayudarlo a morir”.

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