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En la trastienda de la literatura

En ‘El arte de la distorsión’ el escritor bogotano Juan Gabriel Vásquez descubre los misterios con los que los libros seducen a miles de los lectores.

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Angélica Gallón Salazar
21 de mayo de 2009 - 11:00 p. m.
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“El público prefiere las novelas a los cuentos, según Todorov, porque cuando se lee un trabajo corto no hay tiempo suficiente para olvidar que se trata de literatura y no de la vida”. La consigna es sólo una de las cientos de ideas sobre las que el lector del nuevo libro de Juan Gabriel Vásquez, se podrá quedar navegando, sumergirse y chapucear hasta quizás entender algo más sobre ese extraño encantamiento que se apodera de aquel que abre y sostiene por horas un libro entre sus manos.

En su recopilación de ensayos, El arte de la distorsión, el escritor bogotano  radicado en Barcelona nos recuerda que “no es fácil, ni natural” eso que sucede entre un libro y un lector y que de hecho “el pacto de ficción por el cual los lectores deciden creer en lo que leerán, incluso a sabiendas de que todo es una gran fabricación, es la cosa más rara que existe”.

Después de sus dos más recientes novelas, Los informantes (2004) e Historia secreta de Costaguana (2007) , Vásquez da ahora un salto a un género que no por olvidado o inusual, resulta menos valioso. Con ensayos llenos de frases coquetas y pensamientos ácidos, el escritor toma a veces la mano de Joseph Conrad y adentra al lector en sus tiempo de marinero y de viajes por el Congo, a la vez que desarma, como si se tratara de un lego, las interpretaciones de Alejo Carpentier sobre Cien años de soledad , para luego visitar a Ribeyro y descubrir en sus diarios confesiones sentidas: “Para un sudamericano es más fácil hacer una revolución que escribir una novela”.

Y así, husmeando entre declaraciones olvidadas y novelas y haciendo gala de esa gran pasión que siempre ha sentido por hablar de libros, Juan Gabriel Vásquez parece sugerir a lo largo de sus 228 páginas que la literatura es una cuestión de método. “Hay dos tipos de escritores, los que tienen un interés por reflexionar sobre los mecanismos con los que se construyen las ficciones de los otros y las propias, y los que no, los que dan al mundo el producto terminado y prefieren guardarse todos sus descubrimientos” , explica el autor, que es un confeso integrante del primer grupo.

El arte de argumentar

Harto de contestar la pregunta de cómo se escribe con una voz propia después del realismo mágico, Vásquez en uno de los ensayos de su libro, Malentendido alrededor de García Márquez, va lanza en ristre contra la idea “pervertida y provinciana” de que la influencia literaria tiene un carácter territorial. “La noción de que una literatura debe definirse por los rasgos diferenciales del país que la produce es una idea relativamente nueva, también es nueva y arbitraria la idea de que los escritores deben tratar temas de sus países”, escribe el autor, para luego añadir, “en otras palabras, el malentendido se produce al creer que la influencia literaria es involuntaria. La influencia como gripe, la influencia como influenza, nada más absurdo”, concluye.

Después de adentrarse en los andamiajes de las novelas, de entender por qué “el novelista es amigo y aliado del escepticismo” y de caer en la cuenta “de la cantidad de veces que aparece el verbo comprender en los últimos párrafos de los cuentos”, el lector, al terminar el libro de Juan Gabriel Vásquez, puede quedar con una cierta sensación de haber visto la literatura en calzones y haberle descubierto un bello e íntimo lunar. Después de terminar El arte de la distorsión queda la certeza de que “leemos para ser hechizados, y el hechizo nos sirve para vivir las vidas que no hemos podido vivir”.

Por Angélica Gallón Salazar

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