28 Oct 2015 - 3:33 a. m.

En memoria de Fernando Garavito

El periodista y escritor, conocido como “Juan Mosca”, murió hace cinco años, en un accidente de tránsito en Nuevo México, EE. UU. Perfil.

Gonzalo Guillén

Cuando llegué al primer trabajo de mi vida, en El Tiempo (mayo de 1975), fui asignado por don Enrique Santos (jefe de redacción) a la planta de “Departamentales” (lo que ahora en los periódicos se llama “Nación” o “País”). La sección era un hueco exquisito al final de la redacción del viejo edificio de la Avenida Jiménez de Quesada, en el que trabajábamos cinco personas, cada una con un escritorio metálico diferente, sendas sillas de rodachines y máquinas de escribir bien mantenidas con las que grandes plumas habían descrito los sucesos de los últimos 64 años. El jefe era Félix Marín, un paisa de mala leche que habría de escribir el libro El tío, historia secreta, prohibida, intrascendente y escabrosa, pero cierta y divertida, sobre el diario y sus propietarios. Los otros cuatro éramos el ex recluta de infantería Óscar Tafur, cuyo mayor orgullo fue una escalera “semicaracol” que construyó en su casa de Fontibón; Helenita Bautista, secretaria, y Alejandro Moya, reportero de la oficina en Bogotá de la mítica United Press International (UPI), quien había llegado para hacer la guardia nocturna con el poeta Rogelio Echavarría y el redactor Guarino Caicedo.

Nuestro placentero tugurio de “Departamentales” estaba separado del resto de la redacción por una mampara de vidrio y tabla y dentro de él teníamos dos enormes archivadores de lata en los que se guardaban las credenciales en blanco para acreditar a los corresponsales de las provincias; resmas de cuartillas, botellas de aguardiente, quesos en descomposición que nos traían de regalo los corresponsales de algunos pueblos y la correspondencia de la sección, en su mayor parte conformada por cartas airadas de alcaldes y gobernadores que decían sentirse calumniados, perseguidos o injuriados con nuestro trabajo. No pasaba semana sin que nos acusaran de confundir “la libertad con el libertinaje” o de hacer parte de planes concertados con la oposición de cada pueblo o departamento para desprestigiar (“por decir lo menos”, se leía en muchas de las quejas) a las autoridades política, eclesiásticas, sociales, militares o científicas.

El periódico nos regalaba el almuerzo y la cena a los empleados en una cafetería humeante, alojada en el sexto y último piso, contigua a la dirección, que ejercía don Roberto García-Peña, caballero decimonónico, decentísimo, corpulento y cordial, caracterizado por su infaltable corbatín, su calor humano y su estado sosegado de embriaguez consuetudinaria. Por su oficina transitaban, haciendo reverencias, las más poderosas personalidades del país: desde el presidente del Congreso y los ministros hasta el arzobispo, vestido con su mejor sotana recién planchada, pasando por el cuerpo diplomático, los banqueros más pícaros y poderosos, así como los mandos de las Fuerzas Militares, siempre derrotados en el campo de batalla y tratando de ganar la guerra en los titulares de los periódicos. Todos (incluidas las autoridades de provincia que se quejaban por escrito contra nuestro trabajo) soportaban sin queja los hedores de la carne asada, el arroz con camarones, las mazamorras, los pucheros… que pasaban de manera inevitable de la cafetería a la Dirección.

Quien cargaba la mayor parte de los bultos de comida cruda hasta el sexto piso era el estibador Eduardo Santos y en muchas ocasiones, debido al terror reverencial que se desataba al mencionar ese nombre sacro, le permitían montar la carga de líchigos y carne en el único ascensor existente. Eduardo Santos murió ciego en una pensión del barrio Las Cruces, debido a una borrachera con aguardiente adulterado. Su esposa, María Amparo Amaya, lustraba zapatos en la cercana Plaza de Bolívar y escribía poemas con el seudónimo de “Alma de la Calle”.

Aunque la comida en el periódico era regalada, todos teníamos quejas: la ensalada solía estar podrida; la sopa, fría, y el arroz, mazacotudo, además de seboso y cenizo. Sobre el piso desgastado de parquet, además, permanecían regados hasta la noche los desperdicios de la comida.

–Si quiere quejarse contra la cafetería, puede mandarle una carta a don Carlos Pinilla, el gerente –me aconsejó una tarde Helena, nuestra secretaria–.

Dudé en hacerlo, pero ella me animó sacando de uno de los archivadores un manojo bien clasificado de cartas en papel periódico contra la cafetería que los anteriores jefes de la sección ya habían mandado en vano. Me puse a revisarlas y en cada una de ellas sentía representados mi asco y mi ira por ese servicio. No obstante, opté por no mandar nada cuando me topé con una carta de Fernando Garavito Pardo. En ella hacía un inventario detallado de los olores y el aspecto del comedor. Antes del “Con un cordial saludo”, contó que estuvo a punto de desnucarse al resbalar sobre un espagueti, “del tamaño de una tenia”, que no vio. “Un espagueti, don Carlos, enorme, baboso, amarillento. Un espagueti tan grande y repugnante que nadie quiso comerse…”. Por último, antes de firmar la carta de tres cuartillas al gerente general, Fernando dibujó el espagueti. La queja de Fernando estaba archivada con la respuesta del concesionario del comedor en solicitud de respeto y consideración con su familia, que se esmeraba por alimentarnos a todos los empleados de ese gran templo de las letras, esa caja de herramientas de la cultura, ese faro de la democracia que era El Tiempo. El cruce de cartas sumaba unas diez y en algunas de las suyas Fernando citó versos clásicos e impecables de poetas inexistentes (ni uno solo de “Alma de la Calle”, a pesar de que ella le entregaba a Fernando algunas piezas de su inspiración cuando de vez en cuando le embolaba los zapatos).

Una noche de diciembre de 1975, mientras la sala de redacción era una sola borrachera navideña, me robé las cartas de Fernando contra el servicio de cafetería, las saqué del país años después y las tuve conmigo durante dos décadas, hasta cuando el fenómeno de El Niño de 1998 dio cuenta de ellas en la inundación de una bodega en la que guardaba algunas cajas para regresar a Colombia.

Con la lectura de esas cartas, Fernando se convirtió en uno de mis escritores favoritos. Seguí el rastro de su obra y de sus incontables peleas, incluida una con Hernando Santos (subdirector de El Tiempo) que terminó con un intento de Fernando de lanzarse por la ventana del sexto piso, desde donde, decían, sí arrojó al vacío la máquina de escribir de un periodista que no quería aprender el oficio.

–La primera vez me dijo que me tragara una crónica que le entregué –me contó aquel periodista, que en paz descanse.

–¿Y usted le hizo caso a Garavito de tragársela? –le pregunté.

– Claro que no. Le dije que se la tragara él y se la tragó. Después botó mi máquina por la ventana.

Gabriel García Márquez, lo mismo que el concesionario de la cafetería, le tuvo pavor a Fernando Garavito porque, con una sensibilidad de escáner de última generación, se especializaba en detectar errores en sus libros, que eran corregidos en ediciones subsiguientes . Conocí a Fernando Garavito creo que en 1979 y desde 1988 tuve el placer de trabajar con él en La Prensa, el inolvidable periódico dirigido por Juan Carlos Pastrana. Antes de que el diario viera la luz, Fernando me pidió que le entregara las cartas, pero pasó el tiempo y nunca lo hice.

Fernando Garavito fue mi gran amigo. Viajé a Miami con él y con Manuela, su hija menor, al exilio, cuando, en 2002, el sombrío candidato presidencial Álvaro Uribe Vélez mandó una pareja de sicarios a buscarlo en la Universidad Sergio Arboleda.

Su destierro comenzó como consecuencia de una columna cuyos dos primeros párrafos dicen así:

“Con bombos y platillos El Tiempo lanzó esta semana a Álvaro Uribe Vélez como su candidato presidencial. Cuatro columnas en primera página, foto desplegada con puño afirmativo y gesto intenso, preguntas concretas, respuestas ambiguas. El candidato anunció que va a asumir la defensa de los colombianos. Muy bien. Pero, ¿quién nos defenderá a los colombianos del candidato? Su hoja de vida es más bien una hoja de muerte. Fue estudiante pobre del colegio Jorge Robledo, hijo de don Alberto Uribe Sierra, uno de esos personajes de los que está llena la historia de Antioquia, que le ponen la trampa al centavo y viven un poco de echar el cuento, de comprar al fiado, de captar dineros, de deber un poco aquí y un poco en la otra esquina. Pese a que don Alberto se convirtió en el corredor oficioso de finca raíz de ciertas yerbas del pantano y que era ostentoso como una catedral, con helicóptero y rejoneo incluidos, murió más pobre que el padre Casafús, quien fue tal vez el autor del milagro. Porque si no es un milagro, ¿cómo se explica que haya dejado esa inmensa y oportuna riqueza que sacó de problemas a sus tres vástagos, el candidato, el Carepapa y el Pecoso, que hasta el momento habían pasado las duras y las maduras para explicar la procedencia de algunos dinerillos?”.

La primera vez que Fernando regresó a Bogotá durante el exilio, lo recogí en El Dorado y lo llevé a conocer a su primer nieto, recién nacido, hijo de Melibea, su hija mayor. Tomé fotos del encuentro y son las únicas que existen de él con el niño, bisnieto y réplica asombrosa del poeta piedracelista Eduardo Carranza. Lo mismo que las cartas a la cafetería, guardé esas fotos por años, las perdí, las rescaté con un técnico que las devolvió a la vida extrayéndolas de una tarjeta de memoria averiada. Las volví a extraviar y las reencontré entre los restos de un computador que se me fundió en Buenos Aires, pero puedo decir que están a salvo y copias de ellas ya llegaron a manos de la familia y de María Elena Triana, amiga entrañable y ángel de la guarda de Fernando, bogotano inconfundible.

El 28 de octubre de 2010 me llamó Juan Carlos Pastrana. Llevábamos al menos media hora hablando cuando me entró una llamada al celular. Era Melibea para decirme que Fernando había muerto en un virtual accidente de carretera, en Nuevo México.

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