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El jueves en la noche la emoción que transmiten las carreras de caballos pareció transformar la sala 4 del multiplex de Cine Colombia en la Avenida Chile en una de las abarrotadas tribunas del Hipódromo de los Andes, en las afueras de Bogotá. Espectadores gritando en ataque de nervios. Lágrimas. Aplausos. Una imagen que no se volvió a ver en aquel edificio abandonado desde hace más de 20 años, porque la pasión por este deporte no supo ser explotada por la industria y el Gobierno.
La exitosa llegada al país de la historia de Secretariat, héroe mundial de las pistas luego de ganar en 1973 la mítica Triple Corona de los Estados Unidos e imponer récords de pista todavía imbatibles, casi cuatro décadas después, obliga a recordar que Colombia fue uno de los países más importantes en el turf latinoamericano, que sus caballos (la yegua Galilea) llegaron a ganar el Clásico Internacional del Caribe, que jinetes como Marco Castañeda fueron estrellas en Norteamérica y que un potro criado por un colombiano estuvo a milímetros de la hazaña por la que Secretariat es leyenda.
Más allá de la nostalgia cabe preguntarse por qué se derrumbó una industria deportiva, incluida en los años 50 y 60 dentro de la canasta familiar de los colombianos por cuenta de la apuesta del 5 y 6 —equivalente en premios al multimillonario Baloto de hoy—. En nuestro país hubo hipódromos desde fines del siglo XIX y durante todo el XX en Cundinamarca, Antioquia, Valle, Caldas, Atlántico y Boyacá. Varios llegaron a funcionar de manera simultánea, como Hipotecho e Hipoandes. Generaban empleo para miles de familias, también caballos y jinetes de exportación. Hoy, a duras penas, sobrevive el Hipódromo de Villa de Leyva, prácticamente ya no se crían purasangres de carreras y el muchas veces laureado talento de los jockeys y entrenadores colombianos deambula por hipódromos de tres continentes.
Esa pasión fue capitalizada en cambio por países como Estados Unidos, hoy la principal industria hípica del mundo con más de 200 hipódromos. Y la construyeron a partir de símbolos como Secretariat, ídolo tan famoso en el mundo en los años 70 como el boxeador Mohamed Alí.
Secretariat era un Equus caballus, un verdadero caballo, un héroe absoluto, como definió lo bello y salvaje de este tipo de animal el escritor Fernando Alegría en Caballo de Copas, novela inspirada en un campeón chileno, cuya descripción le cae como herradura al casco a Secretariat o Big Red, como lo llamaban por sus 550 kilos de peso y su color: “Una revolución de organismo perfecto, una armónica combinación de patas delanteras y patas traseras, una distensión y una contracción de músculos soberbios, y un trabajar rítmico de sincronización absoluta, de corazón heroico y generoso”.
En esa época las revistas Time y Newsweek lo eligieron personaje del año y hace una década ESPN lo nombró el mejor atleta no humano del siglo XX, y le dio el lugar 35 entre los cien mejores deportistas de la pasada centuria.
Razones de sobra tenía Hollywood para rodar una conmovedora película sobre su vida y para que actores de la talla de Diane Lane y John Malkovich aceptaran encarnar a Penny Chenery, la mujer perseverante que en la vida real heredó a Secretariat y, sabiendo de su potencial, se negó a venderlo junto con un criadero improductivo, y a Lucien Laurin, el francés que lo entrenó.
Pero el personaje central del filme es el caballo que logró hazañas que nunca se han vuelto a repetir: corrió los 2.000 metros del Derby de Kentucky en un minuto 59 segundos y ganó el Belmont Stakes, la tercera carrera de la Triple Corona, en récord de 2:24 y por 31 cuerpos, el más largo margen de todos los tiempos.
Un colombiano hizo historia
No se debe olvidar que en 1998, cuando la industria nacional de las carreras se había declarado en bancarrota por exceso de impuestos y falta de visión, cuando nacían con la lápida al cuello los hipódromos de Villa de Leyva (Boyacá) y Los Comuneros, en Guarne (Antioquia), un caballo criado por uno de los exiliados hípicos colombianos casi emula las gestas de Secretariat. Se llamaba Real Quiet, otro alazán que ganó el Derby de Kentucky, el Preakness Stakes, y perdió el Belmont en foto finish, por una nariz, con Victory Gallop.
Eduardo Gaviria Segura, fallecido empresario químico, había instalado un pequeño criadero en Florida luego del cierre del Hipódromo de los Andes y, como en la película Secretariat, decidió probar suerte con un cruce de sangres del que nació el supercampeón. Contra todos los pronósticos, porque hasta se burlaban de su potro y lo apodaban despectivamente “fish”, contra las lesiones, lo entrenó y lo puso en el “río de la suerte” de la hípica. Empezó a ganar carreras y le vio tanta calidad que convenció a uno de los accionistas de la cadena McDonald’s de comprarlo e inscribirlo en las pruebas selectivas hacia la triple corona.
Sin demeritar a Real Quiet, hablar de Secretariat es como hablar de Pelé, Maradona o Messi en fútbol. El escritor español Fernando Savater, autoridad hípica mundial y autor de tres libros sobre la historia del deporte, dice desde Madrid: “El gran Secretariat fue un campeón de campeones”, aunque lo deja al mismo nivel de triplecoronados europeos como el inglés Nijinsky, el francés Gladiateur, el italiano Nearco y su paisano el invicto Ribot. Atletas animales merecedores de libros y películas, caso de Shergar, el irlandés ganador del Derby de Epsom en 1981, luego desaparecido por terroristas del Ira. Sólo ellos pertenecen al salón de la fama hípica, tan inmortales como Janto y Balio en la mitología griega.
¿Cómo se alcanza este nivel? Según el italiano Federico Tesio, legendario criador de corceles, es cuestión de años o décadas de trabajo para entender el negocio y, sobre todo, que “el caballo corre con sus pulmones, persevera con su corazón y gana con su carácter”. En todo caso es necesaria una cadena productiva que involucra un criadero, un dueño apasionado, un mozo de corral, un veterinario, un entrenador, un jinete, un hipódromo, un aficionado, un apostador, una cultura.
Jean-Francois Revel sentenció: “La maravilla de las carreras es que en ellas hay que unir la ciencia del jugador de ajedrez con el fatalismo del jugador de ruleta”. Por su parte, Savater es el primero en lamentar que en Colombia siga en coma el llamado “deporte de los reyes”, en especial por la afición de la monarquía británica, y ahora de los jeques, porque los árabes son quienes más invierten en el negocio. Millones y millones de dólares para vivir el vértigo en el tiempo que se toma un suspiro. Una carrera, dice Savater, dura un par de minutos, “algo más que el clímax erótico y algo menos que la agonía. Poesía de esfuerzo, fracaso y triunfo”. Una metáfora de la vida, como lo es Secretariat hecho película. Véalo y vívalo en una sala de cine, porque en hipódromos colombianos ya es un recuerdo.