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En memoria del gran escritor portugués: António Lobo Antunes visto por él mismo

Lobo Antunes murió la semana pasada. Este es uno de los relatos de su “Segundo libro de crónicas”, publicado en Colombia con el sello editorial Debolsillo (2012).

António Lobo Antunes * / Especial para El Espectador

09 de marzo de 2026 - 10:00 a. m.
António Lobo Antunes ​ fue un escritor y médico portugués. Entre otros galardones, recibió el Premio Camões, el de mayor prestigio en la literatura en portugués, y la Orden de las Artes y las Letras de la República francesa. Nació el 1 de septiembre de 1942 en Lisboa, Portugal, y murió el 5 de marzo de 2026 en esa misma capital.
Foto: EFE - JosÉ MÉndez
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Lo que solemos llamar circunstancias y solo son, simplemente, lo que permitimos que nos hagan la vida y las personas, lo obligaron cada vez más a reflexionar sobre sí mismo. A los veinte años creía que el tiempo resolvía sus problemas: a los cincuenta tenía ya conciencia de que el verdadero problema era el tiempo.

Se había jugado entero en el acto de escribir, sirviéndose de cada novela para corregir la anterior en busca del libro que no corregiría nunca, con tanta intensidad que no lograba acordarse de los acontecimientos que habían tenido lugar mientras las producía.

Esta intensidad y este trabajo hacían que no sufriera más influencia que la suya ni alzase como modelo nada fuera de sí mismo, aunque lo llevasen a estar más solo que una chaqueta olvidada en la habitación vacía de un hotel, mientras el viento y la desilusión hacen chirriar, por la noche, la persiana que nadie ha cerrado.

No conociendo la tristeza, sabía qué era la desesperación: su propio rostro en el espejo al afeitarse por la mañana o, mejor dicho, no un rostro sino pedazos de rostro reflejados en una superficie inquieta, incapaces de construir el presente, devolviéndole fragmentos sueltos de un pasado que no se ajustaban entre sí

(tardes en el jardín, babis, triciclos)

y transmitiendo más un sentimiento de extrañeza que un recuerdo conmovido, útil, según él, para ayudar a soñar a los que no tenían valor de soñar sin ayuda. A la ética del consumo de los demás contraponía una ética de la producción, no por especie alguna de virtud

(no poseía virtudes)

sino por su incompetencia para utilizar los mecanismos prácticos de la felicidad. El desprecio por el dinero derivaba de una malformación sin parentesco alguno con el amor a la pobreza. Consideraba la cuenta en el banco como los libros sin interés apilados en el fondo de la casa: cualquier día, guiado por un impulso higiénico, vendería los billetes al peso.

El aprecio de los jóvenes escritores y de los aspirantes a escritores que le enviaban manuscritos y cartas lo confundía: ¿cómo entender que hubiese mujeres y hombres dispuestos a existir, cotidianamente, en la congoja y en la angustia?

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Nunca había decidido hacer libros: algo o alguien le imponía que los hiciese y daba gracias a Dios porque aquellos que le gustaban fuesen seres libres y lo considerasen con esa especie de indulgencia que se siente en relación con quien ha perdido un brazo o una pierna al servicio de una causa insensata.

Los amigos tenían tendencia a guiarlo con la mano amable con la que se conduce a un ciego, avisándolo de los desniveles de la calle, seguros de que lo habitaba una inocencia desamparada que lo dejaba, indefenso, a merced de casi todo y principalmente de sí mismo.

Si hubiesen podido, le habrían quitado los cordones y el cinturón como se les hace a los presos para impedirles escaparse quién sabe adónde o morirse por descuido, porque no distinguía el azúcar de la arena ni los diamantes del vidrio, ocupado como estaba en grabar las palabras tan profundamente que se pudiesen leer, como en Braille, sin la ayuda de los ojos. Que el dedo se deslizase por las líneas y sintiera el fuego y la sangre. Para que sintiesen el fuego y la sangre hacía falta que él ardiera y sangrase.

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¿Sabrían los aspirantes a escritores cuánto se paga por una sola página? ¿La diferencia entre lo puro y lo impuro? ¿Cuándo se debe trabajar y cuándo se debe parar de trabajar? ¿Que el éxito no vale nada, primero porque ya estamos en otro lado y segundo porque las cualidades son, casi siempre, defectos disfrazados y es deshonesto satisfacernos cuando nos elogian por nuestros defectos hábilmente escondidos? ¿Sabrían los aspirantes a escritores que no alcanzar lo que queremos es, en el mejor de los casos, nuestro amargo triunfo? ¿Que la novela acabada nos ha dejado demasiado exhaustos como para darnos alegría y que comienza a perturbarnos, de inmediato, el pavor de no alcanzar el próximo libro?

Tardes en el jardín, babis, triciclos. Ahora que el tiempo ha resuelto los problemas y se ha convertido

él, el tiempo

en el problema, reparó en que sus hijas se habían transformado en mujeres y ya era de noche. Pero, con un poco de suerte, tal vez dejase tras de sí no un rastro, no su sombra, no una memoria: solamente aquello que, de más profundo, en sí escondía: lo que lo hacía distinto a los demás. Y entonces, cuando llegase la hora, podría acostarse en paz, cerrar los ojos, dormir: finalmente se había convertido en alguien igual a vosotros.

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* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. António Lobo Antunes nació en Lisboa en 1942. Tras estudiar la carrera de Medicina, sirvió en el ejército portugués durante la guerra de Angola. Su experiencia vital durante ese periodo marcó su destino y su posterior carrera. Tras su regreso a Lisboa, y después de abandonar la profesión de psiquiatra, Lobo Antunes se dedicó a desarrollar una carrera literaria de extraordinaria brillantez y ambición. Fue considerado por muchos críticos como uno de los escritores vivos más importantes, además de haber sido uno de los más firmes candidatos a la obtención del Premio Nobel de Literatura. Su obra fue galardonada con el Premio Rosalía de Castro del PEN Club gallego, el Premio de Literatura Europea del Estado austríaco, el Jerusalén en 2004, el Camões (el principal galardón en lengua portuguesa) en 2007, el FIL de Literatura en Lenguas Romances y la condecoración Comendador de la Orden de las Artes y las Letras Francesa en 2008 y el Premio Internacional Nonino en 2014.

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Por António Lobo Antunes * / Especial para El Espectador

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