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Ensayo: Los 112 años del poeta Nicanor Parra

Un poeta chileno recuerda a su maestro y su obra poética, un clásico de la literatura hispanoamericana.

Francisco Véjar* / Especial para El Espectador

05 de septiembre de 2026 - 08:00 a. m.
Nicanor Parra y Francisco Véjar. Véjar recuerda: "Tuve la fortuna de compartir con él desde 1988, cuando le llevé "Fluvial", mi primer libro de poemas, hasta su muerte.
Foto: Archivo Particular
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Nicanor Parra, el poeta, antipoeta, neodadaísta, matemático y traductor de El rey Lear de William Shakespeare, cumpliría hoy 5 de septiembre 112 años. Sus primeros años transcurrieron en San Fabián de Alico, que fue el lugar en que nació. Es un pueblo cercano a Chillán, ciudad campesina a 400 kilómetros al sur de Santiago. Creció con sus hermanos Hilda, Violeta, Eduardo, Roberto, Elba, Lautaro y René, casi todos ligados al arte como cantantes, juglares, artistas de cine.

Ya en Santiago de Chile, concluyó sus humanidades en el internado Nacional Barros Arana, donde años más tarde fue inspector y profesor. Allí conoció a Jorge Cáceres, a fines de los años treinta, en un lugar que llamaban ‘El Martillo’, en dicho recinto. Ahí se reunían con Jorge Millas (filósofo), Carlos Pedraza (pintor) y Luis Oyarzún (escritor). Era parte de la ‘Generación del 38’ en pleno. Cabe afirmar que Parra perteneció a dicha promoción de escritores y poetas entre los cuales anotamos a Gonzalo Rojas, Eduardo Anguita, Ludwig Zeller, Juan Godoy y Carlos Droguet, por citar solo algunos de sus miembros.

Ya sabemos que estudió matemáticas y física, en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Esto hizo posible que el año 1949 viajara a Inglaterra a estudiar mecánica racional en Oxford. Allí, más que asistir a las clases, Parra se dedicó a visitar la tumba de William Shakespeare, donde según él: “sentía unas vibraciones indescriptibles”. También descubrió a John Donne y su célebre verso: “Muerte no seas soberbia”, lo que deja atrás su “pescadillo” de Juventud como le llamó a su primer libro de poemas, titulado Cancionero sin nombre (1937), en donde se evidenciaba el influjo de Federico García Lorca.

Ya en otra vereda lírica, aparecen sus primeros antipoemas en la antología compilada por Hugo Zambelli: 13 poetas chilenos (Valparaíso). En esas páginas, tres textos fundamentales en su obra poética: La trampa, La víbora y Los vicios del mundo moderno. En este último, escribe: “Los delincuentes modernos / están autorizados para concurrir diariamente a parques y jardines. / Provistos de poderosos anteojos y de relojes de bolsillo / entran a saco en los kioskos favorecidos por la muerte / e instalan sus laboratorios entre los rosales en flor. / Desde allí controlan a fotógrafos y mendigos que deambulan por los alrededores / procurando levantar un pequeño templo a la miseria”.

Lo cierto, es que estando becado en Oxford concluyó el mayor proyecto literario de su vida: la antipoesía. Sin embargo, tuvieron que pasar seis años para que su libro, Poemas y antipoemas fuera publicado por el sello editor de Nascimento. El poeta chileno Enrique Lihn fue el primero de su generación, en dar cuenta de aquellos innovadores textos de Parra, dados a conocer en el compendio de Zambelli. En Introducción a la poesía de Nicanor Parra, publicada en la revista Anales de la Universidad de Chile, en 1951, puntualizó: “Los vicios del mundo moderno es una vasta tela en que se manifiestan todos los recursos de su autor. Parra sustenta una estética que lo coloca al margen de nuestra tradición literaria (…) Leyéndolo no se puede sino recordar a Kafka, el gran encubridor, el gran maestro”.

CH01 - SANTIAGO (CHILE), 06/09/2014. El nieto del poeta chileno Nicanor Parra, Cristobal Ugarte Parra, ofrece un concierto en piano durante el acto de clausura de las celebraciones del centenario del poeta chileno Nicanor Parra hoy, sábado 6 de septiembre de 2014, en el frontis del Palacio de La Moneda de Santiago de Chile (Chile). EFE/Sebastián Silva
Foto: EFE - SEBASTIAN SILVA

Se hace necesario consignar que el ámbito poético hispanoamericano de entonces estaba copado por el influjo Pablo Neruda y su Canto General (1950), y su llamado a asumir el compromiso político desde la poesía.

Y el primero en romper con el canon nerudiano fue Parra con la publicación de Poemas y antipoemas (1954). Otro texto memorable es Soliloquio del individuo. Allí escribió: “Yo soy el individuo. / Primero viví en una roca / (allí grabé algunas figuras). / Luego busqué un lugar más apropiado. / Yo soy el individuo. / Primero tuve que procurarme alimentos, / buscar peces, pájaros, buscar leña, / (ya me preocuparía de los demás asuntos). / Hacer una fogata, / leña, leña, dónde encontrar un poco de leña, / algo de leña para hacer una fogata, / Yo soy el individuo. / Al mismo tiempo me pregunté, / fui a un abismo lleno de aire; / me respondió una voz: / yo soy el individuo”. Como podemos constatar, el sujeto lírico que narra la sucesión inexorable del tiempo, desde los orígenes del hombre, pasando luego por la revolución industrial y época moderna en adelante.

Vemos después, cómo el hombre trata inútilmente de conquistar a la naturaleza, construyendo ciudades, muebles, fonógrafos, pero escindido de lo humano y espiritual. Hacia el final del poema, Parra sentencia: “Mejor es tal vez que vuelva a ese valle, / a esa roca que me sirvió de hogar, / y empezar a grabas de nuevo, / de atrás para adelante grabar / el mundo al revés. / Pero no: la vida no tiene sentido”.

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Cuatro años más tarde, publica La cueca larga y en 1960 participa en ‘El primer Encuentro de Escritores Americanos’, organizado por el poeta chileno Gonzalo Rojas y por la Universidad de Concepción. Entre los invitados estaba el poeta norteamericano Allen Ginsberg, representante de la beat generation. Ya Nicanor había leído el célebre libro de Ginsber, titulado Aullido (1958). Se hicieron muy amigos. Parra lo hospedó un mes en su casa de La Reina de Santiago de Chile.

Según él, Ginsberg se inyectaba y le pedía marihuana. Además, lucía un tarjetón donde se daba constancia de que era drogadicto. Pero lo interesante es que el propio Ginsberg junto a Lawrence Ferlinghetti, quedaron fascinados con la obra del antipoeta. Esto significó que, años más tarde, se publicara Antipoems en la editorial City Lights, en San Francisco, California, en 1960. Fueron varios los traductotes, entre los que destacamos a William Carlos Williams, quien vertió al inglés el poema Solo de piano.

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Fue su época esplendorosa, pues no solo era leído en Hispanoamérica, sino también en Estados Unidos donde participó de diversos recitales e incluso, impartió clases y vivió unos años allá. Y haciendo un trampolín en el tiempo, -después de haber editado Los artefactos (1972), nos situamos en los años ‘80’. La vida de Parra oscilaba entre Santiago y la costa central de Chile.

Publica en 1985, Hojas de Parra, libro que reúne su producción poética de a lo menos diez años. Ahí escribe, El hombre imaginario, lo siguiente: “El hombre imaginario / vive en una mansión imaginaria / rodeada de árboles imaginarios / a la orilla de un río imaginario (…) / Y en las noches de luna imaginaria / sueña con la mujer imaginaria / que le brindó su amor imaginario / vuelve a sentir ese mismo dolor / ese mismo placer imaginario / y vuelve a palpitar / el corazón del hombre imaginario”. Este poema se lo dedicó a Ana María Molinare. Ella fue una mujer muy especial y él amó.

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Ahora bien, Parra en la intimidad era una persona generosa. Tuve la fortuna de compartir con él desde 1988, cuando le llevé Fluvial, mi primer libro de poemas, hasta su muerte. En su casa de Las Cruces, balneario perteneciente a la V región de Chile, tenía exposiciones permanentes de sus trabajos prácticos. Una tarde llegué a su domicilio y me dijo: “Pancho, acabo de realizar un trabajo práctico que quiero que veas. Serás el primero en verlo. Me interesa tu opinión”. Me dirigí al living de la dependencia y vi en uno de sus muros, una plana del periódico The New York Times, con la estatua de libertad como centro y más abajo una leyenda que decía: “Soy frígida / Solo me muevo con fines de lucro”. “Nicanor, diste en el clavo. Es una bomba de hidrógeno”. Eran sus trabajos como neodaísta.

Él era una persona brillante. Como nada recitaba de memoria poemas completos en inglés de John Keats o de Dylan Thomas. Conocía la literatura chilena e iberoamericana por dentro. Sus últimos años los pasó en la costa central de Chile, desde el balcón de su residencia se veía ampliamente el mar y se divisaba la tumba de Vicente Huidobro en Cartagena. Su origen campesino y cercano al mundo mapuche, lo acompañó hasta el final de sus días. “De ellos aprendí la economía de la subsistencia. Por ejemplo, la importancia de tener una huerta”, sentenció una vez.

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Y ante los problemas actuales, me dijo: “La farándula se sustenta en la siguiente frase: ‘A bailar, a bailar, que el mundo se va a acabar’. Esto opera en el inconsciente colectivo. Después del colapso ecológico y la amenaza nuclear, quieren farrearse lo que les resta por devastar. No les importan las generaciones venideras. Más tarde vendrá la pornocultura y el basurarte”.

Murió el 23 de enero de 2018. Nos queda toda su impronta.

* Francisco Véjar Paredes. Nació en Viña del Mar, en 1967. Es poeta, crítico, antólogo y ensayista chileno. Incluido en diversas antologías, tanto en Chile como en el extranjero, sus textos han sido traducidos al inglés, italiano, portugués, croata, y catalán.

Por Francisco Véjar* / Especial para El Espectador

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