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Su libro, que serviría de adelanto a este estudio de Luis Pancorvo, concluye nada más que una verdad irrefutable: “Un hombre como yo, después de cuatro mil años de historia de canibalismo, ignorando esto al principio, hoy he comprendido, ¡cuán difícil encontrar un hombre!”. Sin ser este libro, El banquete humano, un estudio que detente alguna crítica social específica, bien vale sumarle a la lista de los textos de orden histórico-antropológicos que, por lo demás, revisan los diversos mitos y cosmogonías a la vez que toman de las sociedades modernas y su vademécum de atrocidades —acaso sus legislaciones y aquellas metafísicas por las que muchos célebres asesinos han hecho de las suyas en diarios o en la internet— para esbozar un cuadro, tanto más diciente que en los estudios de orden propiamente académico y estructural. Los antecedentes sobre canibalismo, incluso responsables, según se lee, del paso de algunos ancestros al estado de Homo sapiens, llevan a Pancorvo a concluir con algo de gracia: “Venir de caníbales no es a lo mejor algo que agrade tanto como venir de simpáticos monos, o de maíz, como dicen los indios quichés, o de barro, como dicen los cristianos”.
Resultado de constantes viajes a la vera de tribus indígenas en lugares como la Orinoquia venezolana, Papúa Nueva Guinea o las islas Fiyi, este libro va por igual al encuentro de disímiles aspectos culturales, clínicos, forenses, legislativos, ontológicos, mágico-religiosos y filosóficos, que han ayudado a alimentar toda clase de especulaciones o tabúes en torno a la antropofagia como una práctica posible o como síntoma inequívoco de la degradación humana. Acudiendo también a la literatura o a las tecnologías actuales, Pancorvo no deja de equilibrar su estudio al poner en consideración algunos pequeños canibalismos socialmente aceptados, esto es, en prácticas sexuales de cierta índole, en el acto impulsivo de comerse las uñas o en el acudir a los fluidos corporales para buscar alguna medicina sanatoria. De alguna forma, su objeto de estudio podría ser, en broma y en serio, la solución más a mano ante una catastrófica hambruna. Luego, da cuenta de perversiones, crímenes, ritos y crea así un fundamentado cuadro crítico sobre el porqué de dichos apetitos.
“Mi(s)” Descartes
No encontrará el lector en este texto de Valéry un tratado sobre la obra del Descartes. Si eso es lo que usted busca, diríjase al libro de Spinoza Principios de filosofía, de Descartes, o al libro de Husserl, Meditaciones cartesianas.
Valéry se concentra en los “combates interiores” de Descartes. Se esfuerza en mostrar los trances más herméticos de su “proceso” en pos de la razón. Allí está el mérito de la lectura: preguntarse por la manera como fue tomando cuerpo la obra de Descartes y no asomarse a ella como un todo homogéneo y estático. El propósito es claro, “no soy filósofo y no me atrevo a escribir sobre Descartes, acerca del cual se ha trabajado tanto, más que impresiones absolutamente primeras, pero ello es lo que me permite encontrar en la meditación de aquellos instantes tan preciosos, y tan dramáticos, interés más real e importancia actual, o mejor dicho, actualidad eterna”. Valéry no quiere quedarse solo estudiando a Descartes, le interesa incursionar más en las oscuridades del ser cartesiano que en su lucidez. Percibe a Descartes en un “teatro del pensamiento” según sus propias palabras. Sin duda sería una apuesta arriesgada, si ésta buscara convencer de algo al mundo académico. Sin embargo, su mirada poética no busca a “los filósofos con caspa”, como dijera Joaquín Sabina, sino a Hamlet.
El Descartes de Valéry es un pensador de la potencia que no puede reducirse a la geometría ni al mayor de los silogismos (pienso, luego…). ¿Qué es lo que le interesa entonces? “No es, lo confieso, su metafísica lo que puede reavivarse así y ni siquiera su método, tal, por lo menos, como lo enuncia en su Discurso, (sino) lo que, en su obra, os vuelve hacia vosotros mismos y vuestros problemas… lo que comunica a su obra nuestra misma vida”. Algo similar dijo en su momento Borges sobre Spinoza.
Valéry construye un Descartes “egotista”, casi retratado por Stendhal: con su “doble” yo en la lengua francesa (el je y el moi).