Un detective bogotano, viejo y calvo, comienza a fantasear con la secretaria de su oficina. En ese sueño esa mujer lo provoca. Se mueve lento y exagera algunos movimientos mientras se acerca. Le da un beso en la frente. Su cabeza, que parece prenderse como un bombillo, queda marcada. Él se inquieta cada vez más y la sigue. Ella se abre el vestido y le muestra el color de su brasier, que es blanco, tan blanco que, por un momento, parece suplir la luz que falta para que se vean mejor. Lo toca, se acerca, lo aprieta. Cuando están a punto de besarse, ella lo esquiva, pero no lo suelta. La fantasía de ese detective comienza a concluirse cuando, al ritmo de “El negrito del Batey”, se mueven como si él hubiese aprendido a bailar y ella lo quisiera de verdad.
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Así va desarrollándose “Policiaco sin crimen”, la ópera prima de Darío Vargas, que se estrena el viernes 17 de abril durante el Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI).
En este filme, lo que se inicia como una investigación de rutina se transforma en un entramado de pistas diseñado para guiar a los protagonistas hacia un fin oculto. “Al final, toda película policíaca es un engaño, muchas veces es inconsciente. En “Policiaco sin crimen” hay un plan urdido por la mente del guionista que termina siendo el mismo: aquel que aparece urdiendo toda la trama”, explica Vargas, quien saltó a la dirección cinematográfica con una obra que prioriza la inteligencia sobre la fuerza bruta.
En la película se narra la historia de una pareja de detectives privados, retirados de la policía, que aceptan un encargo: localizar al abuelo desaparecido de una mujer enigmática. A medida que avanzan en la investigación, con la ayuda de su secretaria y un informante, empiezan a notar inconsistencias en la historia. Pronto descubren que el hombre que buscan podría no existir. Sin un desaparecido ni un crimen que resolver, los detectives se ven obligados a replantear el caso y descubrir por qué fueron manipulados para investigar una mentira.
Darío Vargas habló para El Espectador sobre esta parodia del noir, que resulta manipulando las herramientas del suspenso, la investigación y hasta el periodismo para burlarse de la experiencia de los años de dos hombres torpes, la cotidianidad de Colombia, tan adornada de nuestros intentos porque tenga sentido, y de la típica mujer fatal de cualquier película detectivesca: aquí sus curvas quedan en segundo plano y aparece la técnica.
Aquí los que se dedican a investigar, perseguir y descubrir son engañados… Y ese engaño se desarrolla en una ciudad evidentemente colombiana, que a mí, por supuesto, me hizo sentir una nostalgia muy grande por lo que era Bogotá, pero no solo por las locaciones, sino por las expresiones, los dichos, los diálogos…
Voy a usar una frase que le oí alguna vez al expresidente Belisario Betancur. Le preguntaron cómo escribía los discursos y él dijo: “Yo pongo colombianas y colombianos, y ahí va saliendo”. Y la película más buena fue así. Por curioso que parezca, no tenía muy claro para dónde iba. Hay algunos cuentos o algunas narraciones que tienen un principio y un fin, pero en esta debo confesar que empecé sin saber muy bien para dónde iba. Me parece muy curioso que te pareció bogotana, porque la mayoría de los dichos que usé son de mi papá, que era barranquillero, muy barranquillero, de origen santandereano. Deliberadamente no he querido que se reconozca una ciudad.
Aún mejor: su papá era barranquillero de origen santandereano. Soy bogotana de origen paisa, es decir, llegamos al mismo punto: son dichos que provienen de la mezcla que somos todos en Colombia.
Me parece delicioso que lo digas, realmente. La época que retraté es de finales de los 50, comienzos de los 60, antes de que aparecieran los Beatles. Y eso se ve en la indumentaria de Esperanza, que tiene una pinta que es casi pop. Y si bien la nostalgia es un tema que no debe ser tan fuerte, a mí sí me gusta mucho mostrar épocas distintas a las que vivimos.
¿Por qué dice que la nostalgia no debería ser tan fuerte?
Porque la nostalgia es el pasado que no vuelve. Y creo que uno es siempre, desde luego, producto del pasado, pero también es producto de lo que espera que venga en el futuro. Y claro, uno puede sentir nostalgia de esa época que fue revolucionaria: estábamos “ad portas” de la Revolución Cubana, el movimiento del Propaz, la liberación femenina. Y en eso quiero destacar una cosa de la película que no sé si percibiste: las mujeres son las que resuelven los problemas.
La inteligencia sale de las mujeres: la ironía, las miradas calculadas, ellas son las que tienen los contactos, la delicadeza estratégica…
La mujer atractiva se hace más lúcida, más perspicaz y, sobre todo, más técnica. Es la que más sabe técnica de investigación. En ese juego de sombras y desconocimientos el dominio sabroso es femenino. La audacia y el ingenio es de ellas, pero ellos no lo saben.
En la película hay dichos extraños, como al revés: “Si sigue así, va a llegar muy cerca” es uno de ellos…
Mi papá, que era muy cercano a García Márquez, les decía eso a ciertos novelistas. Lo complementaba con otra frase demoledora que decía: “su novela decae desde el comienzo”. Y mi papá también decía eso: “como sigas así, vas a llegar muy cerca”. En general, la narrativa se apoya en la idiosincrasia colombiana, utilizando mucho humor sin ser una comedia.
Hablemos del humor: estos detectives no son brillantes. Es evidente que tienen una experiencia que seguramente proviene de su trabajo como policías, pero para mí son hombres más bien obvios, torpes. El personaje de Calvo es el colmo de la ternura, pero por la evidente inocencia, ingenuidad…
Sí, es un personaje que lee cómics. Finalmente, si uno ve completa de alguna manera la película, es un cómic, por el comienzo y por el final. En la costa, a los cómics les decíamos paquitos, diminutivo de Paco, nunca supe por qué. La película es un paquito grande de una hora y media. Y también una parodia.
Es que hay pausas de cómic. Las transiciones son lentas, como los recursos del libro o de ese género…
Exacto. La tira cómica está repleta de puntos suspensivos, signos de interrogación, signos de exclamación, hasta estrellitas. Estos personajes de la película son muy grecocaldenses en su expresión y en lo que dicen también. Pero todo eso con humor de situación, un humor dinámico, un poquito absurdo, que refleja a todos los colombianos del mundo. Eso es lo que somos a pesar de nuestras inmensas dificultades.
¿Por qué hacer una “subversión del género negro” como ópera prima en el cine? Y por qué está tan influenciado por su papá…
Mi papá murió hace casi 30 años ya, y lo siento presente. Mi papá, y lo dice García Márquez en sus memorias, leyó todos los libros, todos. Y es permanente el recuerdo que tengo de él, desde las expresiones hasta la actitud de los personajes. Esta mañana, al levantarme, me preguntaba qué hubiera pensado mi papá de verme haciendo películas. Creo que se hubiera divertido mucho.
Ahora que tiene su película y la presenta al mundo en un festival colombiano, como el FICCI, ¿qué piensa de la industria? ¿Cómo la encuentra?
Hay que reconocerle a la Ley de Cine el impulso que le ha dado a la producción. Definitivamente los beneficios tributarios han ayudado mucho a crear ideas de propuestas. Me parece muy valioso. Me alegra muchísimo estar en Cartagena, así sea un festival que tuvo unos esplendores distintos. Este festival sigue teniendo un reconocimiento importante y permite hacer cosas como esta: estrenar una película. Me parece que es un sitio ideal para tener esta reunión.
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