21 Mar 2021 - 2:00 a. m.

Entre las huellas de los trámites y las del arte

Jaime Roa, muralista colombiano, entendió que las huellas puestas en las registradurías implican compromisos con el Estado, así que se inventó la forma de ponerlas al servicio de un proyecto artístico y en pro del medioambiente.

En alguno de los días de 2017, Jaime Roa salió de su casa hacia la Registraduría: quería averiguar qué debía hacer para sacar la tarjeta de identidad de su hijo. Estando allí se dio cuenta de que nunca había sido consciente de todos los compromisos y deberes que se adquirían con el Estado a través de una huella. Por qué será que las personas solo nos comprometemos por imposición o compromiso con alguien más, pensó. Por qué será que nos afana más cumplirles a los otros. ¿Esta velocidad incontenible con la que nos han convencido de que el éxito se logra a través de una esclavitud productiva para los poderosos nos habrá perjudicado tanto? Y sí, la respuesta fue que, lamentablemente, ya estábamos muy contaminados al momento de su pregunta, pero quiso insistir con lo único que para él valía la pena: el arte y su efecto en la mente, en la forma de asumirnos vivos.

Se le ocurrió que la silueta y el relleno, y todo lo demás en su próxima obra, se haría con huellas. Logró convocar a más de 8.000 personas, la mayoría menores de 18 años, para que dejaran el rastro de sus dedos en la pintura: cada pinchazo de color en el lienzo simbolizaría un compromiso con el medioambiente. Era un pacto que les recordaría, por el resto de sus vidas, que la naturaleza necesitaba su promesa. “Les dije que no me tenían que contar, pero que ese cuadro se quedaría en ese pueblo para que, 20 años después, recordaran que habían prometido sembrar un árbol por año, por ejemplo. Nadie los estaría persiguiendo para que le cumplieran al planeta, que era lo mismo que cumplirse a ellos mismos”, contó Roa, que tiene un hijo y vive con él.

Todos los días se levanta a las 7 a. m. para preparar el desayuno, que generalmente se compone de huevos con pan y chocolate caliente. Viven en una casa que queda al lado de un hotel, que a su vez queda al frente de la iglesia de La Capilla, un municipio de Boyacá. Antes de que comience el día, Roa se asegura de que su hijo tenga lo básico para entrar a sus clases virtuales, encontrarse con sus amigos o descansar. Primero el niño y después viene su día: una jornada extensa de dedos y ropa untada con la pintura del mural de turno.

Tiene 48 años y está convencido de que el arte se relega por descuido de los adultos en la infancia de sus hijos, alumnos, sobrinos, nietos. “Si a un niño se le muestran las bondades, ganancias y sumas del arte, será muy difícil que no las extrañe cuando se convierta en adulto”, dice, probablemente porque sabe que cuando se crece la fragilidad pesa con más fuerza.

El sentido de la vida, que el capitalismo hábilmente supo “embolotar” con aquellas atractivas ideas del éxito a través del consumo y la felicidad por medio de ascensos hacia cimas inexistentes, puede buscarse de formas más largas, pero más dignas y más profundas: alternativas para explorar lo que se siente, preguntas sobre esas sensaciones y miles de señales o estímulos en forma de respuestas.

Cuando Roa fue estudiante de bachillerato veía pinturas que parecían fotografías en los libros de sociales y filosofía. Le hablaron del Renacimiento, pero nunca de las obras que en esa época se produjeron. No entendía cómo unos trazos podrían convertirse en una pintura como las de sus libros, y nadie pudo explicarle. Su curiosidad se mantuvo y cuando salió del colegio se propuso estudiar artes plásticas, una carrera que, en su época y entorno, era absolutamente desconocida.

Sus papás no sabían a qué se dedicaría y los que sabían decían que lo pensara antes de lanzarse a un vacío en el que solo obtendría frustración y pobreza. Según ellos, este no era un país para artistas. ¿Dónde, cómo y para quiénes trabajaría? Si aquí no había tiempo para apreciar ninguna obra de nadie. Aquí se tenía que enfocar en no ser tan pobre para no padecer tanto la guerra, la injusticia, la desigualdad o cualquiera de esas calamidades que amenazaban (y siguen amenazando) la vida de los colombianos más frágiles. Qué tiempo de arte ni qué nada. Si había guerra y hambre, cuál arte, para qué.

A pesar de las miles de alertas que le lanzaron, se decidió. Estudió artes plásticas en la Universidad Pedagógica Tecnológica de Colombia, en Tunja. Se graduó, fue profesor durante un año y se fue para España. Al parecer, los que lo advirtieron tenían razón. Eso fue lo que pensó en ese momento, justo antes de irse para otro país a buscar oportunidades. Fue vigilante, auxiliar de piscinas, ayudante de cocina y muchas otras cosas por las que le dieron dinero a cambio de un trabajo que no tenía nada que ver con su formación.

Por las noches y los fines de semana estudiaba en Carlos diez, una academia de dibujo y pintura, además de asistir al Círculo de Bellas Artes de Madrid. Fue al Museo del Prado y al Reina Sofía. Vio cómo las personas hacían filas largas para entrar a ver esas obras que en su país, según algunos, no tenían tiempo de producir ni contemplar. Vio también que todos ellos estaban dispuestos a pagar por arte y que no era tan difícil ni tan exótico que un niño se interesara por unas disciplinas en las que no le hablaban de otra cosa distinta a su existencia y la existencia de los demás. Tuvo un hijo que poco después se fue para Colombia con su mamá. Extrañó su país y se convenció de que era imposible que en donde más se necesitaban ayudas para entender el dolor propio y el del otro, menos se tuviera en cuenta a los pintores, escritores, directores de cine, dramaturgos...

Roa regresó al pueblo en el que ha vivido casi toda su vida, La Capilla. Desde allí les presenta proyectos a los municipios de Boyacá, en los que intenta convencer que, a través de sus obras, será capaz de que otros entiendan por qué cuidar al planeta no es un favor o una elección, sino la única posibilidad de preservar nuestra vida y la vida de los que vienen. Cuando le compran su idea, se acomoda a las paredes que le asignan: dibuja los bocetos, hace los fondos y comienza a aplicar color.

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Trabaja con pintura acrílica tipo 1 y no usa aerosoles. Se monta en un andamio y comienza a darle forma a su reto del momento. Mientras él está encaramado en un andamio, dos personas le pasan pinturas o le reciben pinceles. Sus descansos son cortos y los momentos en frente de su obra, muy largos. En el día número dos del proceso para terminar el mural (son cinco de trabajo) eligió un buzo negro con un estampado de Iron Maiden, un jean azul claro, tenis y una gorra para protegerse del sol.

Cuando no trabaja se va para una finca alquilada en la que tiene un cultivo de lulo y otro de papaya. Va con su hijo, a quien cada vez que puede le recuerda que su humanismo se refuerza con arte. Le gusta la cazuela de mariscos, así que recorre pueblos para encontrarla. Cuando se cansa del lulo, la papaya y la comida de mar, elige el río de Garagoa para pasar el tiempo, pero siempre regresa. Todos los días, después del desayuno de su hijo, sale en busca del próximo mural o la próxima huella que sume más tiempo para el arte y compromisos con la tierra.

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