ALEJANDRA: Albalucía Ángel, Aihtara Arathía, Arathaia cumple 90 años. Vamos a conversar con ella para ver qué significa este momento, este haber pasado más de la mitad de un siglo y la cuarta parte del otro. Vienen los 90 años este 7 de septiembre de 2026. ¿Cómo es para ti?
ALBALUCIA: Aquí viene una frase muy divertida y me gusta mucho porque llegar al noveno piso es tremendo. Y hablando del noveno piso, para decirte cómo es para mí, te voy a comentar cómo se siente uno. En un quinceavo piso donde yo estuve hace muy poco se dañó el ascensor y no se pudo arreglar. Y me tocó ir por un mercado, no había nadie, era 24 de diciembre, el edificio estaba prácticamente vacío, ni un alma alrededor y entonces me dispuse a bajar los 15 pisos. Baje que no ha bajado, despacito. Me fui por un mercado. Subí esta vez los15 pisos con el paquete a cuestas: de a dos pisos cada vez, y en cada parada tenía que respirar y eso me daba una profunda sensación de cómo era el vacío que yo sentía en la subida a pie, pues en vez de estar en un ascensor y en medio segundo subir los 15 pisos, ir despacito, a paso de tortuguita, digamos… Sube que te sube. Como no había nadie, pues ni modo… siga subiendo, amiga, además con el mercado encima… ¿qué es lo que he llevado encima toda la vida? Todo ese peso encima prácticamente sola. Aunque sola no, porque por algo tengo el apellido Ángel. Entonces, eso me ayudó a saber que, si uno se apresura mucho en esas subidas, se ahoga, o se le atranca el pensamiento, mejor dicho. Y ahí mismo me llego en un flash esa reflexión. Tengo casi 90 años y estoy caminando paso a paso. Y despacio es despacito. Y en estos pasos lentos podía pensar mejor, para dilucidar con más profundidad y así y alcanzar el otro paso. Y otro más. Eso, creo yo, es llegar a los 90 año. Haber tenido esa capacidad de vivir cada espacio, sentarse un rato largo, agarrar nuevo aliento y esperar. Y así, de esa manera, no tener que llegar a toda la carrera a todas partes.
ALEJANDRA: En Wikipedia y en muchos lugares en la red uno encuentra varias confusiones con tu fecha de nacimiento, porque por un lado se habla que fue en 1936, pero en muchos de tus libros dice 1939. Entonces, Wikipedia dice que vas a cumplir 87 años, pero bueno, sabemos que no, sabemos que llegan los 90 y que naciste en 1936. Cuéntanos un poco el porqué de esa confusión.
ALBALUCIA: Uno de los grandes episodios de mi vida fue cuando yo le presenté Dos veces Alicia a Carlos Barral. Gracias a él, hay que anotarlo, soy escritora autónoma. Cuando me dijo: “Usted es una escritora con mayúscula” yo no tuve necesidad de que nadie más en la vida me dijera si era o no escritora. Eso fue fundamental. Y de repente veo que me manda el libro prácticamente ya hecho y veo que dice 1939. Le dije “Carlos, yo nací en 1936” y dijo “Albalú, a las mujeres les encanta quitarse los años”. No, tampoco, a mí nunca me ha encantado. Y me dijo, “mira, hay unas fechas muy importantes: Franco entró al poder en 1936 en septiembre, en tu cumpleaños. Hitler bombardea Polonia, en septiembre del 39 y me explicó cosas que yo no entendía. “Esotéricamente es muy poderoso que te dejes del 39 por si acaso.” Sin entender dije, “bueno, Carlos”. Sale el libro y lo primero que le digo a toda la gente: yo nací en el 36. Hace muy poco, en 2018 que estaba viviendo todavía en Estados Unidos en Mount Shasta, me llama una mujer uruguaya y me dice: “Albalucía, me dieron tu teléfono —el cual, fuera de mi agente literaria, nadie lo ha conocido nunca—, pero yo trabajo con Naciones Unidas, hay una cosa que se llama Wikipedia. Hemos visto a las mujeres y me mandaron a hacer un reportaje. ¿Por qué? ¿Por qué tú tienes solamente un párrafo en Wikipedia? A estás horas de la vida en 2018”. Y ahí empecé diciendo, mira, yo nací en el 36 y ella me repite, no, en el 39. Y ya era tanto el cuento del 39 que hay un momento que alguien dice que en realidad es en el 36, como en mi pueblo, y hace un artículo sobre el tema, degradando la información. Fue muy divertido, en cierto modo, ese lapsus, pero al mismo tiempo profundamente esotérico. Porque me di cuenta de que la numerología y su significado en el momento, señalaba a septiembre como una fecha clave. Y la memoria nos recuerda con horror la caída las Torres Gemelas en septiembre, justo en esa semana de nuestro cumpleaños, y entramos a añadir la matanza de los atletas judíos en los juegos olímpicos de Alemania, cuando los palestinos no dejan a ninguno de ellos vivo, y esa masacre la historia la calificó como “septiembre negro”, - y entonces, esa intensa y particular señal de septiembre y por qué 36 o por qué 39 me pudo, en realidad. Y de alguna manera me dije; dejémoslo así. Esta uruguaya me preguntó Albalucía, dime, ¿en serio cambio esta fecha en Wikipedia? Y como al azar le dije, “déjalo como quieras”. Pero cada vez que llego a un sitio, vuelvo y repito, yo voy a llegar al noveno piso. Y eso es lo interesante de esa fecha: que o porque si, o porque no, ha sido tan contradictoria.
ALEJANDRA: ¿Qué es la vida para ti hoy después de estos 90 años?
ALBALUCÍA: Primero que todo, diría yo, que es un milagro en el sentido de tener un cuerpo impecable que no me duele nada, que puedo respirar perfecto a pesar de que yo tuve un soplo del corazón de nacimiento. Para mí la vida en este momento es un milagro de poder ver, oír, estar presente ante todo y, lo más interesante es, no voltearme para el otro lado y entender por qué una mujer de mi edad ya se va alejando, alejando de tanto ruido y pocas nueces. Y yo he vuelto, cada vez vuelvo a Colombia o cada vez estoy recorriendo el mundo y para mí es un milagro porque yo veo gente de mi edad o menos en muletas, en sillas de ruedas, incapacitadas, ya no oyen, ya no ven y sobre todo ese tema tan impresionantemente triste que es que perdieron la memoria.
E insisto en reiterar: para mí es un milagro tener esta memoria, que mucha gente me lo repite “¿cómo te acuerdas de tantas cosas?” y yo doy gracias a la vida, como lo he dicho siempre parodiando a la inolvidable Violeta Parra y como suele decir mucha gente ahora. La vida es un milagro que puede ser también, a veces, muy oscuro, como lo he dicho muchas veces. Ayer me preguntaron, “¿Para ti que es un libro?” Y yo dije, “Una caja de Pandora.” Y para mí la vida también es una especie de sutil adivinanza. Puedes abrirla, puedes cerrarte, puedes estar con los ojos abiertos, puedes querer soñar. Hoy en día observo profundamente la generación de hoy y me pregunto qué será la vida para ellos. Y veo que sobre todo los niños que ahora son adolescentes, un libro puede ser un milagro muy poderoso. Se lo creen todo, pero a la vez les produce mucho miedo. Y también veo a una mujer muy joven que se llama Greta Thunberg, que es alguien que nace en el 2002, y es precisamente en ese año clave que yo trato de explicar en lo que he llamado La cartilla del Panda- que cada ser que nace en el 2002 es un ser que nunca vino antes a este a este planeta. Nadie me quiso entender. Ahora sí se habla de eso, que son seres galácticos, que no existen recuerdos, que se desenchufan. Me pregunto para qué es la vida. Y llega este personajito que se llama Greta y que hoy en día es conocida en todos los continentes. No creo que nadie deje de conocerla. Y es un milagro de la naturaleza que dice: “Soy autista, ¿y qué?” Y promueve a unos niñitos de su edad que entonces tienen 16 y mueve el mundo. Entonces para mí ya es la experiencia de la gran sorpresa, ¿qué es la vida en el momento de una Greta Thunberg? Es el milagro, es la parte más positiva, es la conciencia desde que tienen cinco años que fue la misma mía. Yo a los cinco años, ya te conté, le dije a mi madre, “No puedo tener hijos en este mundo tan horrible.” Era la época de Hitler y decía que no podía tener hijos. ¿Por qué? Porque era una niña de 5 o 6 años que tenía conciencia del horror y oía nomás por una radio que a unos niños los encerraban en cajas y como que los ahogaban. Y yo ya con eso tuve para saber que mi futuro no iba a ser madre y ahora soy madre de miles de personas.
ALEJANDRA: Bueno, pues estos 90 años los vamos a celebrar de muchas maneras, quizás después podemos conversar sobre qué te gustaría, pero antes yo quisiera que me contaras qué recuerdas de tus cumpleaños de otras épocas, de los 10, de los 20, de los 30, de los 40, de los 50. ¿Qué recuerdas de esas celebraciones?
ALBALUCÍA: Yo no tuve celebraciones de cumpleaños porque mi madre decía que para qué y era como invisible cualquier fecha que para la mayoría era especial. Ella también era Virgo, yo del 7 y ella del 12. Nunca la oí celebrar cumpleaños con sus amigas o nada, en mi casa no se hicieron fiestas de cumpleaños. Margoth, también Virgo, muy ascética, criada también —como yo— con las franciscanas suizas alemanas, tampoco celebrábamos Navidad como la demás gente, digo yo. Se les regalaban cosas necesarias para la vida cotidiana a todos a los campesinos. Todos los regalos eran para gente del entorno de la finquita. Mi padre como que sí trataba de darnos un regalito, pero mi madre austera decía, “Mira para abajo, a los niños pobres es necesario darles las cosas.” Y nunca me quejé. Pero mi padre hizo que el quinceavo cumpleaños sí se me celebrara. Ese fue el único que me acuerdo perfecto. Llegaron todos estos noviecitos, llegaron los de Manizales, que era con los que nos casábamos, con los manizaleños y fue un fiestononón organizado por mi padre. De eso sí tengo memoria. Y estos muchachos ya también tenían 16 añitos. No fue un vestido largo, nada especial. Mi madre, como reticente, pero habíamos tenido la fortuna de que San Judas Tadeo le hubiera por fin regalado a mi madre una casa. Ella le rezó a San Judas y poco antes de mi cumpleaños tuvimos una casa propia y fue hermoso. Otro cumpleaños me acuerdo, en Italia, Roberto Triana sí me organizó algo así de la nada, en Roma. Y me impresionó mucho, porque fue una fiesta de mucha gente, de todos esos deliciosos amigos locos italianos. Yo sola me celebré el de 50, de eso si tengo memoria indeleble. Estaba en Asís. Yo ya había dejado el mundo a los 49 años y me celebré los 50 años en esa especie de “escondite” que había escogido para seguir en esa búsqueda profunda del Espíritu. En una gran quietud me fui a la montaña y me lleve mi tiendita de camping, o sea el iglú. Allí dormí dos noches, y es cuando realmente le digo a Francisco de Asís: necesito que me ayudes a volverme loca del todo porque el 50% no me sirve. Y me acuerdo de que, a partir de ese momento, empecé a entrar en una especie de lo que un día traté de describir en La Pájara Pinta. Era algo así como una “burbuja incandescente”. Un mundo totalmente vacío, quizá esotérico para mucha gente, donde entendí que me adentraba en la Conciencia, en su expansión, digamos, fue un viaje intenso, profundísimo, y en el momento más inesperado, llego la esencia de Arathía. Y hoy, ya me permito destacar, o marcar, sería mejor decir, los 50 años de la Conciencia de ese Ser. Albalucía Ángel Marulanda se vuelve Arathía, la tigra, el Ser galáctico del que se burló tanta gente, digamos, que los dejaba turulatos esa mi manera de pensar y de decir cosas más allá de lo programado hasta el momento. Y me acuerdo de la celebración de los 50 años, conmigo misma y mis amigos-hermanos invisibles. No tenía champaña, nada de eso. Un día que una amiga me iba a celebrar el cumpleaños, de pronto se le olvidó. Fue a los 70, yo estaba en Barichara y entonces resolví que los 70 era el último momento en que yo iba a celebrar un cumpleaños. Creía, entonces, firmemente, que yo me iba a desprender del cuerpo a los 70. Y no… ¡vea pues…! Desde entonteces, para mí los cumpleaños se volvieron muy vagarosos. El de 50 te confieso, para mí, fue inmarcesible.
ALEJANDRA: Bueno, pero hay otra cosa con esa relación con el tiempo y los 90 años de tu vida, que es el proceso de hacerte una Mujer de Luz, una mujer sabia, una mujer que viene de la galaxia y que, de alguna manera, ha tenido mucho para entregar. Pero ha sido muy difícil porque en el siglo pasado eso significaba la locura y en este, por suerte, eso significa una Nueva Conciencia. ¿Cómo fue y cómo lo sientes ya hoy, en esta perspectiva, haber logrado hacerte una Mujer de Conciencia?
ALBALUCÍA: Estoy en el Perú en el 2012 cuando se anuncia mundialmente el fin del Kali Yuga, o Edad de gran Oscuridad y millones de personas salimos de nuestros diversos puntos espirituales. Y el mío en el momento era el Perú y allí nos encontramos mujeres de todo el continente latinoamericano y americano. Vino gente de Estados Unidos, Centro America y Canadá. Se anunció entonces ese encuentro, o ese trabajo de Conciencia, como la “Union del Aguila y el Condor”- A mí me tocaron unas venezolanas como compañeras de equipo. La presentación fue en casa de chamana mayor -en Peru se la denomina Machi- se formó entonces un círculo muy mágico, que ya en el Perú era ya una especie del pan de cada día, en casa de una señora mayor y su hija. “Vengo de tal parte, yo bailo con los delfines”, decía una, la otra decía, “Yo soy de la galaxia tal”. Estamos en el 2012 y yo ya he tenido este, no sé decirte si es peso, pero realmente los mundos occidentales y orientales son tan diferentes todavía, que sabemos que el mundo oriental nos mira como diciendo: “¿Y esta gente cuándo se va a despertar?” Y uno llega al oriente y están los Zen y está toda esta gente de la India con todas estas grandes proyecciones de un “futuro” que se dibuja omnipresente y nos preguntan, “¿Y ustedes cuándo se despiertan? Yel mundo occidental, que en su gran mayoría el dios supremo es el dinero, dormido en sus laureles. Y yo ya había aprendido a navegar en esa especie de dos mundos de una manera casi inverosímil. Cuando vivía en la India todo ese nuevo aspecto, o digamos que un cambio que comenzaba a repuntar era normal. Pero llego al Perú y me doy cuenta de que, mujeres de todo el continente latinoamericano están allí. Presentes y conscientes. Entonces me preguntan en el Circulo. “¿Usted quién es?” Y yo respondo: “Yo soy Arathía, vengo de Sirio.” Y es normal y corriente. A nadie le pareció nada estrambótico ni nada fuera de tiesto. Con el pasar de los días me hago muy amiga de una de las venezolanas, que se llamaba Gypsy Coromoto González. Y vamos haciendo trabajos al unísono. Bien extraños, por cierto. Pero estoy en mi salsa. Y me digo, “¿Cómo fue que llegué aquí? ¿Cómo es que sin pensarlo ni medirlo puedo mover las manos de esta forma y pronunciar este lenguaje tan extraño y con esa especie de gorgoritos? Y todo el mundo está absolutamente convencido de que si vengo de donde dije, que Sirio es la Galaxia Madre que va a marcar la Nueva Era, que soy una representante de su Escuela, y me muestran respeto y escuchan, observan muy atentas lo que traigo hace rato en mi mochila. Me empiezan a regalar cosas ellas también. Intercambiamos elementos hechos en cada uno de nuestros territorios de origen, cristales, tronquitos de árboles, hojitas, pétalos de rosas, en fin… reconocemos los orígenes de ancestros milenarios y un día de madrugada nos iniciamos en una ceremonia del agua y sus misterios. Es una cueva muy profunda el escenario de esta iniciación. Era de un familiar de la Machi peruana, nadie que no fueran los dueños la podía visitar, ni nadie conocía los poderes o peligros que en este sitio se asentaban, la cueva era profunda, no muy extendida, cubierta el fondo de árboles extraños, lianas gigantes, piedras luminosas, un lago pequeñito de aguas transparentes y en medio de todo caía una pequeña catarata ¡alucinante!
Las ceremonias fueron sucediendo con la ayuda de niños de la familia indígena que los traían como los guías de la Nueva Creación. Sonaban ocarinas, conchas marinas, flautas de caña, bailaban con ritmos de carnavalito o de sonidos guturales, respiraban profundo, nosotras todas comenzamos también a respirar del mismo modo, la Machi comenzó a repartir unas plumas de Cóndor de los Andes y de Águila del Norte. Una por una las fuimos recibiendo. Se formaban altares pequeñitos en las orillas del laguito, con símbolos de cada territorio de las Américas, banderitas, fotos de seres superiores, cada país representaba el aura de las cosas, de sus gentes, se me entregó la pluma mayor del Cóndor y entonces comprendí en toda su amplitud y en todo su poder ese por qué de mi silencio de años en Asís. Oía mi voz hablando en lo que hoy llaman “lenguaje de la Luz” y nunca más dudé, a partir de ese momento, de que mi llamada “realidad” cabría ahora en el espacio nuevo que comenzaba a abrirse, abrirse, aaaabriirse delante de mis ojos como se abre una puerta misteriosa que había cerrado alguien hace mucho tiempo y ahora la entrada estaba libre. Las águilas peruanas, pequeñitas, comenzaron de un momento a otro a volar en círculos concéntricos y los chamanes indígenas comenzaron a hacer sonar sus ocarinas, los niños agitaban pañuelos de colores, fue como si el firmamento respondiera y fue esa respuesta contundente lo que nos hizo a todas las presentes abrir los brazos, salir al descubierto y sin palabras abrazarnos, llorar con lágrimas de goce, al fin reconocíamos las raíces profundas que nos unían a todo, al infinito, fue un viaje único en su especie el de esa cueva mágica peruana. La iniciación marcó en mi vida el nuevo abecedario, si quieres que te diga. Y la confianza se asentó para jamás dejar el nido del Águila y el Cóndor. De allí no me bajé y por supuesto las “loqueras”, institutos psiquiátricos con que me amenazaron tantas veces quedaron en veremos. Jamás volví a dejar que nada se enredara entre mi Ser galáctico y mi sino de andariega.
La ceremonia del Lago fue también definitiva. Esta vez la superficie es gigantesca y sin pensar en cómo ni en por qué comencé a ser la guía de esa corriente como de luz que comenzó a envolverme: “te pusiste magenta”, me dijeron después, y luego fue dorado ese esplendor tremendo, apabullante, giraba en espiral y yo como absorbiendo el universo, no creas que fue tan fácil. “Entendí lo que decías, me resonó completamente”, dijeron muchas de ellas, ¿sabes que yo sí te ví? Me aseguraron otras. Y fue más que suficiente, como te dije antes. Y ni un paso atrás, como tú misma te has dado cuenta.
Más tarde cuando llego de nuevo a Colombia me dicen, pues que estoy loca. “Estoy loca. ¿Y qué?” Es más, en 1986 en Londres voy a un psiquiátrico. Porque vivo con una mujer que es inglesa, que estudia en Oxford, que es totalmente pragmática y me dice, “Yo oí al hombre que usted me llevó. Este hombre está hablando de unas cosas rarísimas, habla de Maitreya. Ese hombre está loco y usted también.” Y yo le dije, “Estoy loca ¿Y qué?” ¿Cómo que “y qué”? Que va para un sanatorio donde yo la voy a llevar. Llegaron enfermeros, pero yo me quedé tranquila y me tiré al piso. Me acuerdo de Inés, la hermana de Francisco de Asís, que se tiró al piso y 10 hombres no la pudieron levantar. Efectivamente, estos hombres se retiran, son de la clínica que queda cerca y dicen, “No la podemos tocar. En esta clínica psiquiátrica solo reciben voluntarios.” Y yo ya vi un milagro. Por supuesto, en los 80 en Londres yo me encontré lo que se me tenía reservado desde los tiempos de los tiempos. Ya iba a sitios donde había gente hablando mi idioma. La gente me decía cosas muy especiales. “¿Cómo es que usted tiene esta visión a esta edad suya?” Un hombre que se llamaba Benjamin Creme, aquel que hablaba de Maitreya, me dijo, “Usted viene de un sitio muy profundo y yo estoy haciendo lo de Maitreya, pero usted me tiene que contar cómo lo ve en su perspectiva.” Es que usted es pionera y es parte de un grupo pequeño que vino en los años 30. Así que de una parte me encontraba mucha gente que también estaba tratando de navegar en esta nueva corriente. Hoy todo el mundo habla en galáctico, a la gente no le pasa nada cuando dice, “Yo vengo de las Pléyades.” y otro dice, “Yo soy de Sirio” y como te has dado cuenta, se está normalizando mi “desvirole”.
Me voy un tiempo a la India, empiezo a entender la filosofía hindú, entonces comienzo a ver realmente paralelos, o diferencias esenciales en los dos universos donde las creencias marcan las grandes diferencias. O simplemente las complementan. A los 17 salí, dejé todo tipo de religión, sin embargo, me interesaron los líderes de las religiones y quise también mirar muy de cerca los líderes del mundo, los líderes políticos. Entonces no había internet, no había sino los periódicos. Y una que otra vez la radio. Pero mi ventaja, creo, es que desde muy pequeña leía a Ray Bradbury, Asimov y a Agatha Christie, tenía entonces una especie de olfato de detective, en eso también me ayuda Perry Mason, un mago, inolvidable. Esos fueron mis guías de la intuición aguda con la que crecí y la sigo aplicando en estos tiempos en que los intríngulis abundan. Eso me lanza a discernir entre la susodicha realidad y los alcances que hoy la Ciencia Pura admite. La lectura de autores como Lobsang Rampa, un maestro tibetano que hablaba de transfusión y transferencia de cuerpos. Y toda esa fusión me daba esta plataforma, digamos, para llegar a conclusiones que hoy en día ya pertenecen definitivamente al circuito normal de cualquier ser humano nacido hace 20 o 30 años.
Luego de aquel silencio de muchos años, en el 2002 regresé al escenario de la vida cotidiana, o como diría la mayoría de la gente; “la que provee el pan de cada día, que para mí sería en realidad: “la problemática y febril…” como decía el tango.
Vengo de la India y llego a Londres y una amiga me dice, “Mira esto.” Mete un disco en el computador, yo no tengo ni idea qué es eso. “Se llama CD.” Y para mi atortole en la pantalla sale una película, ella se va para el trabajo y yo me quedo en una especie de trance, te lo juro. Casi sin respiro voy asistiendo a aquella trama donde un hacker está mirando su programa y de repente todo se interrumpe y en la pantalla sale ese letrero que me deja pasmada. Patidifusa. “¡Sigue el conejo blanco!” Y solté un grito: “Uy, me empaté.” O sea, gran parte de mi vida el personaje de Alicia ha sido clave en esa interpretación que Lewis Carroll nos presentó a los infantes de mi época y por supuesto a todos los que ahora siguen leyendo aquellas aventuras a través del espejo y en el país de maravillas. Siempre creí en las cosas que parecían imposibles. Y en el momento en que “Matrix” se atravesó sin más ni mas en esa pantallita, no tuve duda que el destino me había hecho esperar los siglos de los siglos, o sea: casi toda una vida, para mostrarme que sí. Que sí tenía razón. Que lo imposible de entonces, era una realidad en este siglo XXI y que el que se quedó pendiente de la respuesta y no salió del otro lado del espejo, se iba a quedar mirando un chispero, como decíamos entonces. No tengo dudas ya. “Llegué porque venía”. Así también se explica tanto revuelo en los archivos que hoy en día se vuelven obsoletos. Y el que lo vió… lo vió.
ALEJANDRA: Bueno, vamos a terminar esta conversación sobre lo que significa llegar a los 90 años con un tema que, por supuesto, a tus lectores y lectoras les interesa muchísimo, y es: cómo te concibes hoy como escritora. De esos destinos que elegiste en tu vida, el destino de escritora, ¿qué significa en este momento?
ALBALUCÍA: Es, repito, un momento inmarcesible cuando Carlos Barral se demora nueve meses para poder leer Dos veces Alicia. Y cuando al fin yo llego a la puerta de su oficina, él está en unas escaleras altísimas arriba, y me grita desde allí: “Usted es una escritora con mayúscula”. Eso ya nadie me lo pudo quitar, por más que a diestra y a siniestra se me quería hacer sentir que yo me equivocaba, que lo de querer ser escritora era una nota falsa, que mejor siguiera cantando mis rancheras. Y yo quedé convencida de que si Carlos Barral me decía “usted es escritora”, yo lo era. Más tarde me lo dice Jorge Zalamea, en París y me lo dice Eduardo Caballero Calderón cuando ya había escrito Los girasoles en invierno y, sobre todo, Alberto Baeza Flores, el chileno, que me dijo, “Esta es una gran crítica de Picasso —porque yo era crítica de arte— pero este artículo de Picasso es escrito por una escritora”. Y cada uno de ellos me fue afirmando, con el poder de convicción que tienen los que saben y quieren regalar esa visión a quien la quiera recoger, que mi escritura, un día, cruzaría esa línea de tonos oscurientos y llegaría a la meta, porque sí. Porque lo merecía, según ellos. Jorge Zalamea me dijo, “si escribes como hablas, serás una gran escritora”. Y luego, comentando mis cartas, pues sostuvimos una conversación larga por escrito, me aseguraba; “eres una madame de Sévigné precoz”. Y si estos personajes que tenían alrededor de 60 años me predecían, apenas comenzando mi carrera, eso de “eres escritora”, yo no me iba a parar a conversar con esas otras voces que aseguraban lo contrario. Y como comprenderás, a mí eso me afirmó. Me puso un polo a tierra inamovible.
Y cuando algunos intelectuales, a raíz de haber ganado el “Premio Vivencias “en el 75, opinaron que La pájara pinta era un nido gulungo, pues según ellos “eso” no lo entendía nadie, o era simplemente “un salpicón”, o me andaba descrestando y creía que descrestaba a los demás, a mí eso me entró por un oído y me salió por el otro, si quieres que te diga. Todo tiene su tiempo, dicen los que saben. Y todo pasa. Y todo llega. Eso, lo creo como creer que no hay mal que dure cien años.
Y también te añadiría una anécdota llena de matices que todavía me anda resonando como una de esas campanas que tocan a rebato. No lo he querido pasar por un cedazo, pero quizás, a lo mejor, quién sabe… veremos que sucede en un tiempito menos atiborrado de celulares y redes variopintas.
Cuando, hace 15 días, una mexicana me hizo un taller con Misiá señora, hablé con gente en México por Zoom y mi conclusión es que muy poco se entendió de mi novela Misiá señora. Lo que más me impresionó fue el hecho de que casi todos los que estaban hablando allí eran colombianos, y no eran niños de 20, pero estaban en un laberinto tremendo leyendo mi lenguaje y no lo entendieron. Entonces a mí ahora me quitan el piso de nuevo y me dice gente nueva, ¿sabes qué? Es que no te entendemos.
ALEJANDRA: Pero no pasa con los jóvenes.
ALBALUCÍA: No pasará con los jóvenes, a lo mejor. No estaría tan segura. Esta era gente que tiene alrededor de 30 años. Y lo que me impactó, repito, es que el lenguaje colombianísimo de mi época y de la tuya, les era completamente desconocido, según entendí por sus preguntas. Y sus dudas a propósito de mi manera de “armar” ese relato, por qué espaciaba tanto esos renglones cortos. Por qué no producía algo más “consistente” y menos “laberíntico”. Les era muy difícil seguir una historia que no fuera lineal, era la conclusión. Comidito y mascado, mejor dicho. Considero a mi lector/lectora, siempre, un ser inteligente y por ende concibo mi escritura a ese nivel de entendimiento. No he ido nunca a una clase de “creación literaria”, por supuesto. Mi creación es libre de ataduras y así se fue esa barquita en mi momento, con ancla, a veces. Y otras no.
Y a propósito de mi subida eminente al noveno piso, qué significa, me preguntas.
Hace unos años en uno de los viajes al Perú, vamos subiendo en bus una montaña en esos tiempos que hacíamos trabajos chamánicos. Y ese vehículo subía y subía haciendo una espiral tremenda, que daba casi vértigo. En un momento dado le digo a mi amiga venezolana: “. Gipsy, mira el paisaje”. Ella lo mira por un rato. Y damos otra vuelta a la espiral, era una especie de cono esa carretera. Vuelve a mirar y dice, “Ay, sí” dije “¿qué ves?” Pues, es el mismo paisaje. Y dije, “No, no es el mismo paisaje. Estamos más altos. ¿Ves mucho más expansivo el paisaje y sobre todo más profundo? ¿No te das cuenta de que entre más subimos el paisaje se expande más y hay más profundidad?”.
Y eso para mí, en realidad, es llegar a los 90 años, subir y subir esa espiral, ver el mismo paisaje que, aparentemente, está mucho más amplio y hay mucha más profundidad porque le has dado toda la vuelta a esta espiral. Pero tienes razón, no los he visto, no sé los niños que tienen 20 años que opinan de mis cuentos ni de mis libros, espero verlos. Era un intríngulis. ¿Cómo te crees galáctica? ¿Cómo te crees escritora? Esta señora que no nombro mucho con su nombre que me dijo, “Usted no es escritora, usted es cantante” pero me lo repitió 40 veces en mi vida y me decía, “estúpida.” Y más de 10 personas en mi vida, “Usted no es escritora, usted es cantante.” A esta señora le respondí, “Yo nací cantando y me moriré escribiendo.” Uno tiene muchos destinos y uno escoge, yo escogí como 10, la loca, la cantante, la guitarrista, la pate´perro, que dicen en Chile, la escritora, la galáctica y cada vez me definía y no retrocedí jamás. Mi apellido Ángel en Pereira -decían por esas épocas- “Tiene más reversa un avión que un Ángel.” Y por supuesto, queda muy claro el por qué yo nunca retrocedo. Mi madre sí muy preocupada. Yo la oía con voz de angustia siempre repitiendo, “Por Dios, ¿usted de dónde salió?” Y me di cuenta de dónde salía y el porqué de mis ancestros. Una vez que llegué a Washington D.C. -por esas casualidades misteriosas de la vida-una profesora que visitaba a la amiga donde me alojaba me comentó que hacía una investigación sobre el apellido Grillo, que es el de mi abuela materna. Y entonces descubro que yo era parienta, de un hombre que se llamó Maximiliano Grillo, que era escritor, —pues algo debía tener de escritora— y por qué ese mismo pariente Grillo atrás, atrás, que era como de familia noble en Toscana resolvió ser una especie de hippie de su época, abandonó su casa y recorría los caminos con su parche tocando mandolina y era más que obvio, “¿Cómo no iba a ser hippie yo sí tengo esta sangre?” ¿Quiénes eran el apellido Ángel en Escocia? ¿Por qué eran guerreros? Todo ese hilo ya un poco más desenredado me lo dio la vida y así fui armando el rompecabezas de mi identidad tan rara y distinta a toda esa genealogía, que viene de ancestro paisa. Pereirana, además. Rechazada por la iglesia, por añadidura. Porque tengo tres libros en el Indice del Vaticano. O sea, prohibidos. Misiá señora está en el Indice, La pájara pinta está en el Indice y, sobre todo, Oh gloria inmarcesible. ¿Por qué? Porque no aceptaron cosas que estaban escritas allí contra la Iglesia Católica. Eso que me dijeron que era irreverente también. Esa irreverencia me nació espontánea. Era hija primeriza, con una abuela que todo me lo aceptaba; travesuras, risas a destiempo, loqueras a granel, porque era la primera nieta. ¿Cómo no vas a decir que una niña puede ser irreverente cuando es la mandamás? Esa raíz la agradezco profundamente y agradezco al universo que decide hacerme nacer en un pueblecito que mis ancestros fundaron. Esa raíz fundadora me viene después a decir, “Pero es fundadora de algo muy especial” y es que fui una pionera a mediados de los años 30 donde tuve que venir a reversar el mundo. Mucha gente como yo lo hizo, pero a mí sí me tenían que meter a un psiquiátrico, y por fortuna sigo loca, Alejandra, y que no me quiten esa locura.
ALEJANDRA: Bueno Aihtara, terminemos con esto. Vamos a celebrar los 90. ¿Qué quieres que hagamos?
ALBALUCÍA: Y tú, ¿cómo sabes que podemos celebrar los 90?
ALEJANDRA: Esperamos que sea posible.
ALBALUCÍA: Yo siempre digo, ¿tú estás segura de lo que va a pasar dentro de media hora? Alguien me quería invitar a una presentación en Bogotá y era para abril. Y estamos en enero. “Yo estoy agendada hasta mayo, todo bien,” me dijo tan oronda. Y resulta que llegó el COVID y esta persona se contagió y todo se fue al agua. Entonces, yo a esa pregunta del futuro siempre la pongo en puntos suspensivos. Cuando lo vayamos a celebrar, si acaso llegamos a eso, lo que ustedes quieran, mis amores, porque yo estoy en ese sentido ya, abierta totalmente. Yo ya no tengo gustos de ponqués especiales o de champañas especiales, pero sí, tal vez una champañita, eso sí.
* Alejandra Jaramillo Morales es una escritora bogotana, autora de las novelas La ciudad sitiada (2006), Acaso la muerte (2010), Magnolias para una infiel (2017), Mandala (2017), un proyecto de escritura digital, y Las lectoras del quijote (2022), su primera incursión en la novela histórica. Publicó los libros de cuentos Variaciones sobre un tema inasible (2009), Sin remitente (2012) y Las grietas (2017), ganador del Concurso Nacional de la Cámara de Comercio de Medellín y nominado al Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2018. Escribe novelas para adolescentes (sello Loqueleo): Martina y la carta del monje Yukio (2015), El canto del manatí (2019) y Los mundos distópicos de Camilo Chang (2022). Entre sus libros de crítica están Nación y melancolía: narrativas de la violencia en Colombia (2006) y Disidencias, ensayos para una arqueología del conocimiento en la literatura latinoamericana del siglo XX (2013).