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Entrevista, sin Ouija, con Virginia Woolf

Un aniversario más de su nacimiento, el 144, es buena excusa para esta entrevista soñada.

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Faoruk Caballero*, especial para El Espectador
24 de enero de 2026 - 09:12 p. m.
Entrevista, sin Ouija, con Virginia Woolf
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“<i>El sexo charlatán, en contra de lo que dicta el sentido común, no es el femenino, sino el masculino</i>”.

Virginia Woolf no obtuvo el Nobel de Literatura, pero sus letras le ofrendaron la inmortalidad. Ella se ganó, con tinta y papel, su puesto en la biblioteca universal de las palabras imprescindibles. Su vigencia tiene todas las pruebas y ninguna duda.

Incluso, me atrevo a decir que la progenitora de Clarissa Dalloway es más conocida por los lectores sudacas que sus compatriotas que sí ganaron el Nobel, como T.S. Eliot, Rudyard Kipling o William Golding. La vieja Virgy les da sopa y seco porque está presente en las lecturas y las batallas de hoy. El verdadero gran colombiano, Gabo, ya lo había anticipado en 1983. Un año después de que la caja, la guachara y el acordeón llevaran el vallenato a Estocolmo, el gran Gabito subrayó: “Al escritor no lo mata nadie. Ni siquiera la muerte. Fíjate lo que pasa con Virginia Woolf, que murió hace tiempo y sigue sacando libros”.

Gabo no se equivocó. Antes de que apareciera en este mundo la reina Isabel II, Inglaterra ya tenía a su majestad Virginia Woolf. Esta escritora, nativa de Londres, fue una especie de Sor Juan Inés de la Cruz, pero en el siglo XX inglés. Nació el 25 de enero de 1882. Su apellido fue el de su padre, Leslie Stephen, pero las “buenas costumbres” de época hicieron que Virginia tomara el apellido Woolf de su esposo Leonard. Y la verdad, le quedó mejor.

El legado de Virginia Woolf tiene ficción y no-ficción, pero, sobre todo, tiene una validez incontrovertible. Los temas liberales allí trabajados aún hoy no son bien vistos en diferentes regiones conservadoras, pero sí son empuñados y debatidos por militancias diversas en edades, geografías y colores. Ella tomó la escritura como arma y disparó contra todo. En sus párrafos la necesidad de una sociedad menos machista es lo que le sigue a evidente. Las libertades sexuales sin género específico son defendidas lejos de la castración que impone la monogamia cristiana. De hecho, La vieja Virgy fue una devota fiel y practicante ortodoxa de las libertades y el ateísmo. Para que me entiendan los lectores contemporáneos, Virginia bien puede ser pansexual. Su única religión, donde se bautizó y confirmó, fue la iconoclasia. Ella no creyó ni en dioses, ni en nada divino o sacro.

Hoy se suele decir que la estabilidad mental es casi imposible de tener y nos bloquea, no nos deja ser, pero la autora de Al faro (1927) padeció depresiones y trastorno bipolar, lo que no le impidió ofrendarnos una obra absolutamente necesaria, con las dosis de fuerza, profundidad y humor elegante que se requieren en una intelectual selecta y sabrosa.

Hasta su muerte fue dramática, tal como nos enseñaron las mejores tragedias griegas. No esperó a que se le acabara la vida y con autonomía decidió quitársela en el río Ouse. Sus cenizas alimentaron un árbol para decirnos, de forma literalmente poética, que está viva, viva en hojas, ramas y tronco, viva en sus párrafos de genia moderna.

Y este 25 de enero celebramos el cumpleaños 144 de una mujer inmortal. El regalo para el día de su festejo natal es esta entrevista simulada que vincula preguntas contemporáneas y usa respuestas sacadas directamente de frases literales escritas por la autora de Las olas (1931). No usé la Ouija, pero sí su rica bibliografía e intentamos adaptarla al 2026.

Con frecuencia a las mujeres se les sataniza como chismosas empedernidas y a los hombres, pese a las críticas justas de las herederas de Eva, no. ¿Qué opinión le merece?

El sexo charlatán, en contra de lo que dicta el sentido común, no es el femenino, sino el masculino.

Un autor joven sentenció que describir un día en el que la mujer compra lo que luego llama outfit podría tener más páginas que su libro Orlando: una biografía (1928). ¿Cree que es así?

La vestimenta de una mujer es tan sensible que, lejos de buscar que una determinada influencia explique sus transformaciones, hemos de buscar millares. La inauguración de una vía férrea, la boda de una princesa, el prendimiento de un canalla, son acontecimientos externos que dicen mucho de la ropa femenina”.

En el siglo XXI, la revolución de las hijas ha sido fundamental para refrendar las luchas anteriores de madres y abuelas. Sin embargo, en países con tanta diferencia económica, lamentablemente, estos derechos y libertades no son una generalidad garantizada. ¿Cree que el nivel socioeconómico de una mujer es proporcional a su compromiso social?

La mujer de clase media dispone ahora de tiempo de ocio, de una cierta educación, de algunas libertades para indagar el mundo en que vive; no corresponderá a esta generación, ni a la siguiente, ajustar del todo su posición ni dar una relación clara de cuáles son sus poderes.

¿La falda debe ir arriba o abajo de la rodilla?

Hay que tener en cuenta “la relación entre ambos sexos”. En 1867 la emperatriz Eugenia usó falda corta por primera vez cuando fue a dar un paseo en coche con los emperadores de Austria. Al subir las damas al carruaje, el emperador se volvió hacía su esposa y le dijo: “cuidado, que alguien podría veros las pantorrillas”. La influencia de la belleza y la influencia de la razón pugnan siempre en la indumentaria femenina. La razón se ha alzado, como la falda, con algunos triunfos dignos.

En una sociedad en la que la imagen manda, los hombres vivimos en la era de la barba. Parece que cuanto más prolija se lleve, más masculino es el hombre, pero ir al barbero es un privilegio de pocos. Una buena afeitada, en tiempos de gentrificación, no está al alcance de quien gana el salario mínimo, ¿qué piensa al respecto?

Ir afeitado era una señal de respetabilidad incontestable; una barba descuidada, e incluso una barba a secas, era muestra de que uno tenía opiniones descontroladas.

Uno de los libros más sentidos de los últimos tiempos en Colombia es La mirada de Humilda, del autor Alonso Sánchez Baute. Allí, él describe ese amor genuino que sintieron con su compañera de vida, una perra pequeña de orejas paradas. Ese tema le pasó a usted con Shag, su perro, ¿cómo lo recuerda?

“Yo no opino que al domesticar a Shag hayamos tenido culpa de ningún delito semejante. Era en esencia un perro sociable, que había tenido su contrapartida más cercana en el mundo de los seres humanos […] Era además todo un caballero, no apto por tanto para participar en el plebeyo desempeño de acabar con las ratas, para el cual se le quiso originalmente […] Rara vez salía a dar un paseo sin castigar la impertinencia de los perros de clase media que desatendían el homenaje debido a su rango […] Ciego y sordo, ni vio ni oyó el carruaje […] Nos despedimos de un amigo querido y fiel, cuyas virtudes recordamos. Pocos defectos tienen los perros”.

Hoy los jóvenes leen cada vez menos, pero saben todo sobre Taylor Swift, Mbappé y reguetón. Conocen mucho de Karol G y Maluma, pero muy poco de Gabriela Mistral y Cortázar. Si alguno de esos jóvenes leyera esta entrevista, ¿qué le diría?

La gran época para la lectura es la que va de los dieciocho a los veinticuatro años de edad […] Los poetas y los novelistas son los únicos de los que no podemos zafarnos.

Justo en las plataformas digitales se nota la pobreza creativa de los guionistas de cine y televisión. Se quedaron sin ideas y volvieron a la literatura. Las adaptaciones de relatos monumentales como Cumbres Borrascosas y Cien años de soledad así lo ratifican. ¿Cómo ve ese fenómeno?

Todas las novelas famosas del mundo, con sus personajes y escenas de sobra conocidos están a la espera de encontrar la película que las refleje. Pero los resultados son desastrosos para ambas. La alianza es contra natura.

Pero también las formas tradicionales o clásicas de literatura están mandadas a recoger. No se puede escribir como se hizo en los siglos anteriores. Hacerlo sería tedioso y un ladrillo para los lectores. Desde esa idea, ¿cómo ve los géneros literarios emergentes?

Las voces de los vivos son, a fin de cuentas, las que mejor entendemos. Podemos tratarlos en pie de igualdad: dan solución a nuestras adivinanzas y, lo que tal vez sea más importante, entendemos sus bromas.

Este 2026 inició con la noticia de la década: Estados Unidos secuestró al presidente Nicolás Maduro en Venezuela. Donald Trump bombardeó una nación libre, despedazó más de 80 venezolanos y se meó en los acuerdos de la ONU. ¿Cómo califica este episodio?

Solamente los reyes más antiguos, en los que era virtud esencial el coraje, llevan por sobrenombre “El Bueno”. Los posteriores, vueltos más sutiles, están deformados por el vicio, la estupidez, el fanatismo.

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Por Faoruk Caballero*, especial para El Espectador

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