Olivia es una cerdita y quiere ir al circo, la mosca Tse-Tse compite a ver quién es el que primero bosteza. Un Chigüiro grandote y gentil se pasea con una rama enredada en su cabeza sin entender por qué sus amigos de la selva se ríen de él. Fernando está furioso y su ira lo lleva a desaparecer, su habitación, su ciudad, ¡el universo! y cuando se ve solo colgando de una estrella quiere todo de vuelta. Hay una puerta por donde entran todos estos personajes y sus historias fantásticas, por donde entra el lenguaje más juguetón y los rayones de la pared. Una puerta, la de los libros, que muchos padres y maestros no saben cómo abrir.
“El libro infantil no es un asunto menor”, asegura María Osorio, editora de Babel, editorial especializada en libros para los más pequeños. “Si la literatura infantil interviene en la formación de la concepción del mundo que tiene o tendrá el niño, si lo liga con su realidad y lo proyecta en su historia, es extraño que sea común una gran ignorancia, incluso entre los más sabidos, sobre el universo fantástico de estos libros”.
Ante la urgencia de que “los padres dejen de ser compradores de mostrador” y paren de delegarle a maestros y bibliotecólogos la responsabilidad de lo que leen sus hijos, se ha organizado el Segundo Festival del Libro Infantil que hará que desde el 25 de octubre y hasta el 2 de noviembre, las librerías del país cambien sus estanterías de best seller para llenarlas de libros de imágenes y de personajes divertidos. Igualmente ocurrirá en las bibliotecas de las 28 ciudades vinculadas a la red de bibliotecas del Banco de la República, donde se harán actividades de lectura , pintura y conciertos entre grandes y pequeños.
La idea del festival surgió hace un año cuando editores y entidades encargadas de la promoción de la lectura vieron la necesidad de que el libro y todo su divertimiento no estuviera necesariamente ligado a la escuela. “Queremos que la literatura invada la vida pública de los niños, que sientan que su ciudad les cuenta historias y abre espacios para que compartan con sus padres y sus amigos”, asegura la venezolana María Fernanda Pazcastillo, una de las editoras más respetadas en el mundo de las letras infantiles.
Pero como en esta literatura las letras son más amigas de las imágenes y suelen pasearse por las páginas derramando tinta, se ha inaugurado, paralelamente, el I salón de ilustradores infantiles, que mostrará los dibujos reales y entrañables de Julián de Narváez (ganador del salón), las fantasías de Rafael Yockteng, los animales enclenques y divertidos de Rocío Parra, entre otras 30 ilustraciones de los nueve creadores seleccionados.
El tiempo de leer
Hubo tiempos en los que los niños y las niñas usaron los mismo vestidos obsoletos de los adultos, sólo que en tamaño miniatura. Hubo tiempos en los que los infantes eran un adulto pequeño, y la idea de infancia no se pasaba por la cabeza ni del más inquieto de los hombres. Hubo tiempos en los que los niños fueron a la guerra y lucharon como aguerridos soldados, los mismos en los que nadie escribió una letra pensando que la mente de los pequeños era diferente a la de los grandes.
“El reconocimiento del niño como un sujeto y un ciudadano aparece apenas en la época moderna, y sólo hasta entonces aparece también el reconocimiento del pequeño como un lector”, comenta María Fernanda Pazcastillo.
Sin embargo, mientras Inglaterra (cuna de la literatura infantil) y Europa en general despertaban, a finales del siglo XIX y principios del XX, a una explosión de letras para los chicos, en Colombia apenas hasta los años 30 se empezaron a hacer tímidos acercamientos a esta literatura.
Según Zully Pardo, máster en literatura infantil de la Universidad Autónoma de Barcelona, fue en esta década cuando el gobierno liberal propuso una nueva visión en la educación: “Este proyecto trajo la primera conciencia de la niñez como etapa formativa”. En ese contexto apareció la revista Rin Rin, ilustrada y dirigida por Sergio Trujillo Magnenat, que a pesar de tener un alto contenido liberal y de tener la intención de politizar a los más pequeños, hizo los primeros acercamientos al lenguaje fantástico y los animales animados cercanos a los niños.
Hasta finales de los 70 la literatura infantil en Colombia estuvo estrechamente ligada a los textos pedagógicos, con pequeñas excepciones como el primer libro de gran formato El conejo viajero, de María Eastman, o como los libros que surgían de la iniciativa de artistas plásticos como Lucy Tejada y hasta el mismo Enrique Grau, quienes se unían para ilustrar historietas.
“Pero es hasta los 80 que se da el verdadero boom de los libros para niños en el país”, comenta Pardo. “Se empiezan a fundar las bibliotecas; se funda Click, que luego se convierte en Fundalectura; se crea el premio Enka de literatura infantil y surgen autores como Triunfo Arciniegas y Jairo Aníbal Niño”, complementa la experta, quien resalta la labor que cumplió Carlos Valencia editores en su compromiso de publicar las historias de los pequeños.
Por estos años (1985), aparece también Chigüiro, de Ivar da Coll, que es considerado por muchos como el primer libro álbum de la literatura colombiana. La serie compuesta por seis historias narradas en imágenes y que tiene como personaje principal a un roedor gigante que habita la selva, se ha convertido en uno de los libros nacionales con mayor reconocimiento internacional.
Nuevas letras
Aunque en los años 90 la literatura infantil colombiana vivió un desaceleramiento, la editora de Babel, María Osorio, cree que durante los últimos ocho años hemos asistido a un verdadero renacer. “Llegó un momento en que la literatura infantil era un mundo fantasioso, de mentiras, en donde se creía que todo tenía que ser bonito”, comenta Osorio. “Sin embargo, la cantidad de prejuicios que había sobre los temas que se podían abordar se ha socavado”, explica la cálida editora, quien está convencida de que hoy en día los cuentos infantiles abordan temas difíciles como el divorcio, el conflicto, la soledad y “esto ha hecho que cambie profundamente la percepción de estos libros”, concluye la experta.
El florecimiento de pequeñas editoriales desde México hasta Argentina, la evolución en las artes gráficas y la necesidad de innovar en las ilustraciones para poder competir de forma más llamativa con la televisión, son, según María Fernanda Pazcastillo, las razones que han contribuido para que en América Latina el libro infantil cobre la relevancia que por años ha tenido en Europa.
Así, entre princesas y monstruos, entre lagarticos que recorren las ciudades aburridas, y muchachitos traviesos que destruyen la casa mientras están solos, el Segundo Festival del Libro Infantil intenta abrir la puerta de un universo fantástico que muchos grandes se niegan a ver.