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Escribir es resistir

El escritor italiano Roberto Saviano es  perseguido por la Camorra napolitana.

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Hugo Chaparro V.
13 de noviembre de 2008 - 09:29 p. m.
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La ficción es un territorio seguro para comprender los motivos del asesinato hecho vicio y profesión. Sus autores enjuician la realidad. Señalan dónde están los monstruos. Permiten que sus lectores puedan tener más y mejores argumentos ante el caos generalizado. Lo que no evita el riesgo para ciertos escritores, incluso ajenos al tema, agobiados por el miedo ambiente que nos rodea. Algunos de ellos: Antoine de Saint-Exupéry, censurado por la junta militar de Jorge Rafael Videla, acaso fastidiado porque las flores hablan en El principito o quizás porque el rey de un asteroide nombra a un niño ministro de justicia; Salman Rushdie, un clásico de la intolerancia reciente, amenazado por el ayatollah Khomeini, verdugo de Los versos satánicos y de todos los que tuvieran que ver con su historia; el realizador holandés Theo van Gogh, asesinado en Amsterdam a finales de 2004 por un extremista musulmán, enfurecido con Van Gogh y con su guionista, la refugiada somalí Ayaan Hirsi Ali, luego de que presentaran en la televisión un cortometraje acerca de la misoginia en términos religiosos; el escritor italiano Roberto Saviano, perseguido por la Camorra napolitana mientras se leen estas líneas y su vida corre peligro tras la publicación de Gomorra, el libro que lo condenó por su descripción de la barbarie según la mafia y por las ventas millonarias que en progresión matemática multiplicaron el repudio ante la brutalidad del crimen organizado.

“Escribir es resistir”, declaró Saviano el pasado 8 de noviembre en Sevilla durante el Festival de Cine Europeo donde se proyectó la película de Matteo Garrone, Gomorra (2008), basada en su libro. Una adaptación que ilustra en la pantalla lo que el profeta Ezequiel, citado por Saviano, ennumera en la Biblia para explicar por qué se destruyó la ciudad del pecado según sus jueces: por su orgullo, voracidad e indolencia.

La Camorra, fundadora de una Gomorra contemporánea en los suburbios napolitanos de Scampia y Secondigliano, donde sus adolescentes parecen predestinados a seguir el rumbo de los matones y hacer del crimen una forma de vida, sumerge al espectador en una experiencia de claustrofobia criminal: el que entra a la organización no sale de ella si no es muerto o para esconderse por el resto de su vida. Obliga a que sus cómplices persigan de forma incontrolable el poder. Sin concesiones. Sumando cadáveres. Haciendo de las armas un sinónimo de “hombría”.

Il sottomarino, un burócrata de la organización, recorre casa tras casa entregándole dinero a las familias de los criminales que están en la cárcel. Chinos, colombianos e italianos entretejen una multinacional delictiva, donde todos trepan por encima de todos para humillar, vencer y triunfar. 135 minutos que agobian por su ritmo y por la certeza de un infierno semejante a la realidad. Nos recuerdan el salvajismo de la especie y demuestran, una vez más, el vigor del cine en el mundo contemporáneo para evidenciar lo que sucede fuera del teatro.

Por qué Roberto Saviano vive con guardaespaldas y hasta dónde el éxito es una amenaza. Cuando las celebraciones son otra afrenta para la mafia: Gomorra consiguió este año el Gran Premio del jurado en el Festival de Cannes. El talento al servicio de la denuncia. La nobleza vulnerada por la tragedia: Miriam Makeba, nuestra querida Mamá África, tras cantar en Italia el 9 de noviembre pasado en un concierto para apoyar a Saviano, sufrió un problema cardíaco que silenció para siempre su voz. La muerte nunca descansa. Escribir es resistir.

Por Hugo Chaparro V.

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